El mundo se conduce según sus propias reglas telúricas e indescifrables. Nuestros intentos vanos por asumir el control de los acontecimientos rozan lo obsceno, por imposibles y por insensatos. Los animales que hemos catalogado de irracionales saben por instinto lo que está bien y lo que está mal para sobrevivir, que es su única meta. Nosotros, que perdimos el instinto en algún momento de nuestro proceso evolutivo, somos pretenciosos e insensatos, y nos estrellamos de continuo con un sistema precognitivo e imprevisible que nos supera, del que no sabemos nada, ni su principio ni su incierto sentido, sólo intuimos su posible final, y ni eso es del todo seguro. Pero seguimos sintiéndonos el ombligo de lo desconocido, pensando estúpidamente que somos la culminación y el fin de cuanto existe, prisioneros de nuestra soberbia y de nuestro antropocentrismo descerebrado, necio y temerario. Seguimos sin sacar conclusiones de la historia convencidos de que el rápido progreso de los dos últimos siglos nos encamina hacia la dominación del destino, y que ese dominio nos librará de los miedos y las miserias que han acechado y acechan tras el tiempo imperturbable e inmisericorde, tras cualquier instante inesperado que siempre nos espera a todos, a unos antes y a otros más tarde, pero nadie avisado de antemano. Quimeras que queremos creer para convencernos de que podemos remediar lo irremediable, lo sempiterno, lo fatídico. Somos criaturas ilusas que sustentan su futuro en ilusiones que nunca son ciertas. Y así vamos tirando. Nuestra historia es la historia de un perpetuo engaño y ni los más desengañados pueden enseñarnos la verdad: que todo es pura irrealidad porque la realidad nos ha abandonado desde nuestros inicios y jamás la volveremos a recuperar.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...

Comentarios
El otro día me dijo una amiga:
-La gente vive de ilusiones.
Y tuve que resignarme a responderle:
-¿Y por qué no? ¿Es que existe otra cosa?
Un abrazo
P.D. Voy a ver cuando encuentro un ratito para leer tus relatos en Letralia, ¿sabes que a mi también me han publicado poemas?. Claro con mi verdadero nombre Pepa Mas Gisbert.