El mundo se conduce según sus propias reglas telúricas e indescifrables. Nuestros intentos vanos por asumir el control de los acontecimientos rozan lo obsceno, por imposibles y por insensatos. Los animales que hemos catalogado de irracionales saben por instinto lo que está bien y lo que está mal para sobrevivir, que es su única meta. Nosotros, que perdimos el instinto en algún momento de nuestro proceso evolutivo, somos pretenciosos e insensatos, y nos estrellamos de continuo con un sistema precognitivo e imprevisible que nos supera, del que no sabemos nada, ni su principio ni su incierto sentido, sólo intuimos su posible final, y ni eso es del todo seguro. Pero seguimos sintiéndonos el ombligo de lo desconocido, pensando estúpidamente que somos la culminación y el fin de cuanto existe, prisioneros de nuestra soberbia y de nuestro antropocentrismo descerebrado, necio y temerario. Seguimos sin sacar conclusiones de la historia convencidos de que el rápido progreso de los dos últimos siglos nos encamina hacia la dominación del destino, y que ese dominio nos librará de los miedos y las miserias que han acechado y acechan tras el tiempo imperturbable e inmisericorde, tras cualquier instante inesperado que siempre nos espera a todos, a unos antes y a otros más tarde, pero nadie avisado de antemano. Quimeras que queremos creer para convencernos de que podemos remediar lo irremediable, lo sempiterno, lo fatídico. Somos criaturas ilusas que sustentan su futuro en ilusiones que nunca son ciertas. Y así vamos tirando. Nuestra historia es la historia de un perpetuo engaño y ni los más desengañados pueden enseñarnos la verdad: que todo es pura irrealidad porque la realidad nos ha abandonado desde nuestros inicios y jamás la volveremos a recuperar.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...

Comentarios
El otro día me dijo una amiga:
-La gente vive de ilusiones.
Y tuve que resignarme a responderle:
-¿Y por qué no? ¿Es que existe otra cosa?
Un abrazo
P.D. Voy a ver cuando encuentro un ratito para leer tus relatos en Letralia, ¿sabes que a mi también me han publicado poemas?. Claro con mi verdadero nombre Pepa Mas Gisbert.