El mundo se conduce según sus propias reglas telúricas e indescifrables. Nuestros intentos vanos por asumir el control de los acontecimientos rozan lo obsceno, por imposibles y por insensatos. Los animales que hemos catalogado de irracionales saben por instinto lo que está bien y lo que está mal para sobrevivir, que es su única meta. Nosotros, que perdimos el instinto en algún momento de nuestro proceso evolutivo, somos pretenciosos e insensatos, y nos estrellamos de continuo con un sistema precognitivo e imprevisible que nos supera, del que no sabemos nada, ni su principio ni su incierto sentido, sólo intuimos su posible final, y ni eso es del todo seguro. Pero seguimos sintiéndonos el ombligo de lo desconocido, pensando estúpidamente que somos la culminación y el fin de cuanto existe, prisioneros de nuestra soberbia y de nuestro antropocentrismo descerebrado, necio y temerario. Seguimos sin sacar conclusiones de la historia convencidos de que el rápido progreso de los dos últimos siglos nos encamina hacia la dominación del destino, y que ese dominio nos librará de los miedos y las miserias que han acechado y acechan tras el tiempo imperturbable e inmisericorde, tras cualquier instante inesperado que siempre nos espera a todos, a unos antes y a otros más tarde, pero nadie avisado de antemano. Quimeras que queremos creer para convencernos de que podemos remediar lo irremediable, lo sempiterno, lo fatídico. Somos criaturas ilusas que sustentan su futuro en ilusiones que nunca son ciertas. Y así vamos tirando. Nuestra historia es la historia de un perpetuo engaño y ni los más desengañados pueden enseñarnos la verdad: que todo es pura irrealidad porque la realidad nos ha abandonado desde nuestros inicios y jamás la volveremos a recuperar.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...

Comentarios
El otro día me dijo una amiga:
-La gente vive de ilusiones.
Y tuve que resignarme a responderle:
-¿Y por qué no? ¿Es que existe otra cosa?
Un abrazo
P.D. Voy a ver cuando encuentro un ratito para leer tus relatos en Letralia, ¿sabes que a mi también me han publicado poemas?. Claro con mi verdadero nombre Pepa Mas Gisbert.