No sé si reírme o llorar, pero tengo un atasco en mis labores porque no sé cómo coño cambiar el formato de un texto y hacerlo más ancho. Nunca he querido someterme a la tiranía de los ordenadores -ni de ninguna otra máquina-, pero confieso que estoy, aunque no lo quiera, sometido. No se trata de una rabieta de niño perezoso o inepto sino de la constatación tremenda de que lo que hasta ayer tomaba por simple desgana de adentrarme en un mundo en teoría prescindible se ha revelado como la evidencia de que esa apatía hacia lo cibernético camuflaba una inseguridad ante la magnitud incierta de lo desconocido y una carencia de voluntad en mensurarlo. Tengo ante mí un texto de cierta anchura y quiero ajustarlo a las dimensiones de una nueva hoja virtual más grande, y no sé cómo hacerlo. Lo risible o lamentable es que a causa de mi impericia o ignorancia llevo empantanado casi un día -lo juro por Snoopy-. ¿Es justo, oh dioses, este castigo por mi desplante al ‘Progreso’? Reclamo hunildemente una columna de al menos treinta metros en mitad de un extenso desierto en la que, como Simeón ‘el Estilita’ pueda colgar mis muchas y vergonzosas carencias sin someterme al tormento de las risas de los filisteos.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...

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Un abrazo