Soy un gnomo. Pasó hace apenas una hora. Mientras paseaba por mis naranjales vi una estrella fugaz yb deseé un ilusión, porque desde chico me han dicho que siempre se cumple lo que pides tras ver a una estrella fugaz. Y eso hice,deseé. Pensé en lo mal que va todo, en las familias que sobrevivien apenas sobre el umbral de pobreza, en los niños de países pobres condenados a matar y a morir sin vivir una vida verdadera. Pensé en lo mal que hacen las cosas los países ricos para solucionar los problemas del mundo, sospecho que por miedo a que una reestructuración del sistema les arrebatase parte de su riqueza. Pensé en los enfermos que no tinen cama en los hospitales porque no cotizan ni nunca han cotizado, porque no saben ni han sabido cómo hacer eso, o porque no han querido, simplemente, hastiados de tanta burocracia inoperante. Pensé en los errores de Dios, en sus aciertos, en su posibilidad. Tanto pensé que terminé vacío de pensamientos, me convertí en el ciudadano mediocre que siempre he temido ser; por eso al ver la estrella fugaz he deseado ser un gnomo, porque si eso es posible cualquier cosa lo es. Y ahora soy un gnomo. Nunca hay que perder la esperanza. La última esperanza, ahora lo sé, somos los gnomos.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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