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Felicidad


El niño viajaba en el columpio con la precisión de un reloj de péndulo. Reía a carcajadas, su encrespado cabello apenas movido por el viento generado por su bamboleo desenfrenado. Hoy era el día, su día. Había esperado con la paciencia de las tortugas, con la inconsciente sabiduría de los escarabajos, con la desesperada determinación de quien domina su tiempo. Vivió años largos y monótonos, vivió aguantando la respiración años interminables hasta que el destino lo liberó y pudo al fin gritar y reír y bailar en torno a su pasado, sin sentir melancolía por sus seres queridos, con la plenitud de saber que ahora ya era él mismo, de nuevo, viviendo otra epifanía sin nostalgias ni recuerdos, sin pasado. Su pelo blanco y encrespado surcando un huracán de alegría infantil pese a sus ochenta años. Una vez más se había producido el milagro, una vez más era por fin libre. Cuando los servicios sanitarios, avisados por alguna madre madrugadora, lo encontraron sentado en aquel columpio, no pudieron dejar de preguntarse cómo un hombre tan anciano se parecía tanto a un niño dormido.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Has incumplido tu promesa de escribir a diario.
Pero te compensa este microrelato intimista y cierto de lo que llegaremos a ser en unos años....
niños con cuerpos de ancianos.....
Luis Recuenco ha dicho que…
Casi siempre prometo para incumplir la promesa. Es uno de los placeres de la vida. Gracias por tu comentario.

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