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Entradas

La muñeca

En un intento desesperado por no perder a su esposa para siempre y tras un vano intento de retenerla suplicando de rodillas y jurando que no le daría más palizas, Aurelio se vio obligado a encerrarla bajo llave. Pasaron lentos, inacabables, los días para ella, pero la coraza que la protegía del dolor y que había ido construyendo su marido con cada bofetada, cada puñetazo, cada patada con que le había golpeado el cuerpo y el alma durante años, la ayudaba a no desmoronarse, a no sucumbir al hechizo de la locura, tal vez conveniente ya en su caso –un evadirse, un enajenarse de sí misma y de su mundo estrecho y opresivo, violento como una mazmorra de la inquisición, trágico y letal como un auto de fe-, tal vez esa escapada fuese la única posible ahora, pero ella eligió aguantar. Como estaba en la habitación que había sido de su hija Aurora antes de que se casara con aquel bendito que se la había llevado lejos, a vivir en donde no llegara la larga y brutal mano de Aurelio, que tampoco a s...

Las estrellas

Un sendero se extiende ante mis ojos hacia un horizonte que pronto deja atrás para cimentarse y culebrear sobre el éter del cosmos. Una pulsión explorativa y quizás un requerimiento de mi alma colonizadora me empujan a recorrerlo, a descubrir a lo largo del sendero la topología arcana del universo, a conocer estrellas, galaxias, constelaciones cuya luz me deslumbra en su titileo que sin embargo tuvo lugar hace muchísimo tiempo. No rehúyo la propuesta, cualquier destino es un buen destino si se lo sabe aceptar, y el de peregrino de las estrellas es uno harto deseable –lo dejó dicho Jack London y yo le tengo fe-. Tres de los libros más geniales que he tenido la fortuna de disfrutar tienen que ver con las estrellas: “El principito”, de Saint-Exupéry, “El vagabundo de las estrellas”, de Jack London, y “El hacedor de estrellas”, de Olaf Stapledon. A través de sus páginas, preñadas de literatura hechicera, me he sentido explorador y astronauta, he intuido el vértigo del origen del univer...

La delgada línea roja

Leí el otro día un reflexión de Ernesto Sábato sobre literatura. Contra los que opinan que toda gran obra de arte a la larga es mayoritaria y contra los que defienden lo contrario Sábato argumenta lo siguiente: 1.      Hay literatura grande y sin embargo minoritaria: Kafka. 2.      Hay literatura minoritaria y sin embargo mala: la mayor parte de los poemas que hoy se escriben. 3.      Hay literatura grande y mayoritaria: “El viejo y el mar”. 4.      Hay literatura mayoritaria y mala: historietas, fotonovelas, literatura rosa, casi toda la literatura policial. Me pregunto si es cierto el axioma de que el tiempo pone a todo y a todos en su debido sitio. Dejando aparte las modas pasajeras como tormentas de verano que, abanderadas por críticos miopes, resucitan por un tiempo a tal o cual escritor menor o, más frecuentemente, cierta pieza justamente olvidada de un escritor cuya obra, por lo demás, se ha ganado un puesto de honor en el Olimpo literario, yo presiento que en alg...

La deuda

Lo vio acercarse por el polvoriento camino y la vida se le derrumbó. Abrió la puerta de la casa y lo invitó a sentarse. -El plazo ha cumplido. Vengo a por lo que es mío. -Tenía la esperanza de que tras tanto tiempo la hubieras olvidado. -Al contrario, no he dejado de pensar en ella un solo día de estos veinte años. Hoy, por fin, la recuperaré. -¿No podrías dejarlo estar? Te lo pido de corazón. Ella ya no es joven, ninguno lo somos ya. Es tontería cambiar las cosas a estas alturas. Hazme ese favor y pídeme a cambio lo que quieras. -Ni hablar. Ella me pertenece. Dile que venga. Un nombre de mujer fue voceado y llegó a cada rincón de la casa triste. Una mujer apareció con una maleta en la estancia donde los dos hombres dialogaban. Estaba, visiblemente, preparada para partir. El hombre la llamó por su nombre y le dijo que tenían que irse. Ambos salieron y comenzaron a alejarse por el polvoriento camino. El dueño de la casa quiso un último diálogo. -¿Sigues jugando a las...

El encuentro

El otro día llevé a cabo un singular experimento. Poseo la facultad, ya lo he dicho alguna vez, de vivir existencias paralelas en los infinitos universos que coexisten en diferentes planos de la realidad –es una manera algo tosca de explicarlo, pero las palabras no pueden transmitir más que experiencias compartidas y no sirven para describir la singularidad, si no es por metáforas y aproximaciones-. Esta habilidad, contra lo que pueda suponerse, no me produce trastorno alguno y vivo con plenitud o con la conciencia voluntariamente anestesiada, según me plazca o no la circunstancia específica de cada uno, esos innumerables periplos vitales. Pues bien, se me ocurrió que si podía dominar una dimensión lineal de la realidad –digamos, por entendernos, su anchura-, ¿por qué no había de obtener resultados similares con su altura? Altura que vendría a ser lo que se denomina tiempo. Dicho con otras palabras: ¿Podría yo coexistir en una misma vida con otro ‘yo’ anterior o posterior en el tie...

La fórmula

En un día cualquiera de cualquier siglo del medioevo tiene lugar, en el salón principal del suntuoso palacio, donde dormita en un dorado sitial rematado por dosel, arrebujado en su manto de terciopelo, el dueño y señor del palacio y de los terrenos que lo circundan hasta donde la vista alcanza y mucho más allá, el siguiente diálogo entre tan presumiblemente encumbrado personaje y el demacrado judío que irrumpe dando alaridos en la habitación con el consiguiente sobresalto del cuasidurmiente. -¡Egregio mecenas! ¡Señor mío! ¡La he encontrado! ¡Por fin la he encontrado! -¿El qué? -Mi sueño y el tuyo, mi señor. Nada menos que la fórmula que transmuta todos los elementos en oro. El artilugio para realizar el prodigio no es de difícil construcción, según he calculado; pero la substancia que le proporcione energía para que funcione me la habrás de proporcionar tú, sire. -¿Y cuál es? -Oro.

Y sigue mi tormento

Hoy está siendo un día intenso y prolífico, al menos en escritura, y eso me agrada por excepcional, ya que soy muy remiso al acto de escribir, aunque sienta que la escritura es mi salvación –no diré mi destino por pudor-. Si de algo alguna vez estuve convencido ha sido del pasmoso descubrimiento de que nada soy ni seré si no escribo. Es una dulce condena que acato acallando las protestas de la cruel celadora de los miseriosos y dolorosos aconteceres del substrato más enraizado de mi mente. Y la refiero en femenino porque siempre supe que sería una mujer la atizadora de mis rescoldosos tizones de fogata en declive, la que me desnudaría ante mí mismo con el desvalimiento de los que van a ser ejecutados. Conciente y sumiso reo, arrastro los pesares de mis cadenas con una resignación inapropiada; rezo a mi pesar con desespero y sueño con una redención que sólo yo me puedo conceder. Y casi soy feliz.