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Entradas

Teoría del Caos

Es curioso cómo los humanos inventan sin cesar teorías que expliquen la complejidad de los fenómenos que tienen lugar en el mundo en el que habitan, que les sirvan para simplificarlo, tratar de entenderlo y, algún día, llegar a controlarlo. Una teoría se enuncia por alguna autoridad en la materia (física, química, biológica, humanística) que tras arduos experimentos y fatigosas elucubraciones consigue resumir en una formulita el comportamiento de los fenómenos que fueron el objeto de su obsesiva dedicación durante años. Al principio dicha fórmula es recibida por la comunidad científica con cierto escepticismo e incluso una displicente indiferencia. Con suerte y alguna que otra ayuda, el postulante consigue demostrar que en efecto su teoría sirve para explicar ciertos fenómenos. En tal caso su fama comienza a crecer y sus colegas científicos sienten por él respeto, envidia o ambas cosas. Su nombre empieza a sonar y, si las cosas vienen de cara, se lleva el premio Nobel. Cuando aparece...

La historia de amor más hermosa del mundo

Otra vez esos ruidos que vienen del poblado. Llevan dos noches sonando, desde que el sol se oculta hasta que vuelve a salir. Igual que las otras veces, siempre cada doce lunas. Acudo porque sé que para ellos es importante. Y si lo es para ellos también lo es para mí, porque mi instinto me previene contra esa especie rara y me aconseja que no me enemiste con ella, porque es cruel, mata para satisfacer sus bajas pasiones y se dejan dominar por el ansia de poder, por la envidia, por la codicia. Los últimos de mi raza, entre los que se encontraba mi padre, me previnieron contra el hombre, y yo sigo sus consejos y los dictados de mi instinto -que me dicen que, antes o después, ellos acabarán con mi existencia-. Viven en cuevas sin techo construida con árboles cortados que rodean de tristes empalizadas, y a eso llaman fortaleza, como a sus míseras chozas llaman casas. Para ellos es fundamental el sentimiento de seguridad, les gusta creerse poderosos, a salvo de cualquier peligro. Los que...

Día de pesca

( Advertencia: me gustaría publicar en este blog algunos cuentos ya escritos. No domino la técnica bloggera así que iré avisando. Lamento no ser más pulcro con mis publicaciones, pero estoy obviamente limitado) Día de pesca   Aunque no sabía muy bien por qué, Ernest gritó con furia.   -¿Pero dónde diablos está la llave?   -Ya hemos hablado de eso, -dijo Dodge con voz tranquilizadora-, ahora lo que tenemos que hacer es buscar en cada rincón del camarote para encontrarla. Y sobre todo no debemos ponernos nerviosos   -dirigió a Ernest una mirada de reproche-.   -Exacto, Ernest –dijo Conrad-, no hay que ponerse nervioso, lo hemos hablado hace apenas un minuto y tú ya lo has olvidado. A ver cuándo aprendes a dominarte, hombre.   -Pero es que no lo comprendo, tenía que estar en la cerradura, tenía que estar en la cerradura –la voz de Ernest fue convirtiéndose en un murmullo mientras repetía la frase. Al final enmudeció y se sentó en el suelo con la espalda apoyada contr...

Spadeator I

L o primero que me alarmó fue que el espejo no reflejaba mi imagen. Después de haber salido a duras penas de aquella especie de arcón que olía a rayos y haber alcanzado el baño, en el que ante todo anegué mi cara en agua bien fría para disipar los vapores de la pesadilla en la que   había zozobrado durante días, o esa era al menos la sensación que destilaba mi martilleado cerebro, me atreví a mirarme al sucio espejo para descubrir –constatar más bien- que había perdido mi reflejo, la imagen archisabida que uno espera encontrar cuando se acerca a una superficie pulimentada, en su casa, en un hotel, o en el apartamento de una muñeca de primera, como era mi caso, para qué voy a andarme con modestias. Ocurrió así. En la disco donde acudo de tarde en tarde, más que nada por no perder la onda de la gente guapa, nadie me es desconocido –aparte los pringados de siempre- y viceversa, porque un detective privado con mi caché no pasa desapercibido. La noche anterior acudí por un trabajo que...

El entendimiento

La cobardía y la envidia suelen ir de la mano. La integridad, en cambio, hace buenas migas con la presencia de ánimo y con el valor. Las pasiones extremas nunca son buenas porque tienen por consejero al fanatismo, que consiste en demostrar a toda costa que sólo quien lo posee lleva razón, y no se aviene a discusiones constructivas: estás a su favor o en su contra: su concepción del mundo es maniquea y corta de miras, pero es lo que estamos fomentando en el mundo occidental y desde el mundo occidental hacia otras culturas o civilizaciones. Si sólo algunos de los dirigentes de los distintos microuniversos humanos que existen en este planeta manejasen el arte de la empatía y, pasajeramente, se metiesen en la piel de sus supuestos enemigos, nuestro mundo sería otro bien distinto del que es; para bien, por supuesto. Mi madre galáctica me preguntó en nuestra última conversación por qué Luis Aragonés se empeña en no convocar a Raúl a la selección. Le contesté que los designios de los ma...

La impaciencia

Hay  muchos motivos que llevan a un   escritor (aunque sea amateur, diletante, novel, o como se quiera clasificar a tantísimos que escribimos, aunque nuestros escritos lleguen sólo a unos pocos) a dejar de escribir un día, una semana o el resto de nuestra vida. La causa principal es la pereza, disfrazada en ocasiones de las más peregrinas excusas que la enmascaran para no sumar a la necesidad voluntariamente sofocada de creatividad el remordimiento de que se ha hecho por un fundamento baladí. Llevo días que me cuesta escribir este blog por pura pereza, aunque su origen sea más mental que somático –lo que me alegra, ya las trabas mentales son las más difíciles de superar- y constato con alegría que soy capaz de vencerla –a la pereza- con un mínimo esfuerzo de voluntad. El Demiurgo quiera que sea así siempre. Hay una señora mayor que cruza una vía por el paso de cebra de un semáforo. A la pobre le cuesta recorrer el breve trayecto de una acera a la otra. Sin acabar aún, el semáforo d...

Insomnio

Es tarde y no consigo dormir. Los celtas y las brujas tenían pócimas para remediar el problema. Yo tengo una cinta de relajación que a fuerza de escucharla durante años ya no me hace efecto. Es curioso que me entren ganas de escribir cuando padezco insomnio y cuando leo un libro que me apasione. Prefiero lo segundo, por supuesto. Estos días fuera de casa me han trastornado más de lo habitual, y eso que viajar me encanta, pero a mi aire, no por compromiso. En fin, lo bueno es que cada vez me siento más relajado escribiendo. A ver si dura.