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Adefesius Mekhano

H.G. Wells, el genial autor de ‘La guerra de los mundos’ y de una extensa obra que no tiene desperdicio, imaginó, en uno de sus relatos, una máquina del tiempo que permitía viajar por éste a quien la tripulase. El no menos genial inventor holandés Adefesius Mekhano   construyó una máquina para desplazarse por las diferentes dimensiones físicas que componen el universo. Me refiero a dimensiones con diferentes órdenes de magnitud espacial,   como serían el espacio físico que conocemos y reconocemos con nuestros sentidos; el microscópico, habitado por organismos unicelulares invisibles al ojo humano, como los protozoos, y al que podemos asomarnos sólo a través de potentes microscopios; y el macroscópico, del que tenemos conocimiento gracias a los telescopios. Este último intimidó desde un principio a Adefesius debido a la enormidad física y aparente fiereza de sus habitantes, que él había tenido oportunidad de observar gracias a un cuñado que trabajaba en Monte Palomar, así que centró s...

Revuelta de fantasía

Me cuenta mi hada madrina que están pasando cosas alarmantes en el Reino de la Fantasía. Primero fue el escándalo relacionado con Caperucita Roja. Al parecer, el Lobo Feroz presentó una denuncia en el juzgado de guardia contra Caperucita por agresión. Con un brazo vendado y en cabestrillo y la cara hecha un cromo, el Lobo declaró ante los medios que iba tan tranquilo por el bosque cosechando amapolas para decorar su cueva cuando –y aquí puso un énfasis especial- ‘por accidente’ puso su mano en el trasero de la joven, ya que por el color de su capa la confundió con una amapola. Caperucita, sin pensárselo dos veces, la emprendió a golpes con él valiéndose de una machota que llevaba en su cesto de mimbre. No contenta con eso, le propinó a continuación una tunda de patadas y puñetazos que –aquí volvió a enfatizar el Lobo- ‘pertenecían claramente a alguna clase de   arte marcial’. El Lobo afirma que llegará hasta donde haga falta ‘para que todo el mundo conozca la verdadera naturaleza de ...

Egoísmo sano

Si consideramos el egoísmo como un rasgo genético con que la Naturaleza nos dotó con el fin de favorecer nuestra supervivencia, su maltrecho prestigio cobra una súbita revalorización. Bien mirados, todos los defectos del alma que en cualquier momento de la Historia -que, según Jardiel Poncela, no es más que la mentira encuadernada- han sido considerados como tales por la moral vigente, tienen cuando menos una mínima justificación, para alivio de quienes los padecen o han padecido. Esto no es motivo de disculpa para los moralistas, que han condenado y condenan, (e incluso han llegado, en su fanática batalla contra la impureza, hasta donde las leyes o la paciencia de los tolerantes les han permitido – aunque su fin siempre ha sido, neciamente, el exterminio-) cualquier infracción del código moral que no proceda de ellos mismos. A propósito de estos defectos, la moral cristiana –que los llama pecados- ha venido dando históricamente una de cal y otra de arena, casi siempre de manera si...

Mareos

Dicen que el universo se expande, que las galaxias se mueven, que los astros giran alrededor de las estrellas, pero yo no percibo ese movimiento cósmico, yo estoy parado y no me siento empujado por ninguna fuerza, ni tampoco me mareo, con lo propenso que soy desde chico. Pero el hecho es que si es verdad que estamos en continuo movimiento de traslación y rotación, si es cierto que el universo se expande deberíamos preocuparnos. Es más, alguien debería decirnos hacia dónde vamos, y para qué demonios. ¿Es acaso viajar el motivo de existencia del universo? Pero entonces deben existir un origen y un destino, o no, y si es que no tenemos un problema filosófico, o físico, o un problema a secas. Pero si después de todo sí existe un destino deberíamos saber cuál es para saber a qué atenernos. Y también si ese destino es el final de todo y allí acabaremos muertos, o quizás algo peor. Y si no es el final sería bueno que supiésemos si es acaso el principio de algo nuevo, de otra cosa, y si esa ...

Mi sombra

Hay momentos en que me dejo llevar por el pesimismo y la sombra de la duda me cubre. Sólo veo espesura gris en el horizonte y me vuelvo especialmente sensible a los problemas, sobre todo a los míos. Leibnitz afirmó –quiero creer que con hipocresía- que vivimos en el mejor de los mundos posibles. No consigo imaginar el peor. En esos momentos mi principal preocupación es no perder de vista mi sombra, temiendo extraviarla, porque estoy convencido de quien pierde su sombra, pierde también el alma, y yo a la mía le tengo cierto aprecio –aunque la he hipotecado más de una vez; siempre por amores, eso sí-. Por eso procuro estar en todo momento cerca de una fuente de luz que haga salir de mi cuerpo a mi alma para convertirla en sombra, en esa sombra que, unida a mi cuerpo por los pies, se proyecta sobre los objetos con la forma de mi cuerpo desvirtuada, unas veces como línea alargada y fina que se extiende hasta el horizonte, otras como mancha informe que permanece muy cerca de mí. Son esos ...

La pitonisa

Hace años tenía una medio amiga que era medio maga, o medio bruja según otros amigos. Su futuro marido, cuando la conoció pensaba que era una maga encantadora, cuando se separaron estaba convencido de que era una bruja sin entrañas. Pues esta amiga era muy aficionada a adivinar el porvenir, quisieras tú o no quisieras. Quiero decir que era una pesada que en cuanto te descuidabas te cogía por banda y no paraba hasta que conseguía que respondieses una lista de preguntas con las que después confeccionaba tu ‘carta astral’, documento que, lo mismo que una ficha policial, recoge todos los hechos relevantes de tu vida pasada, y a diferencia de una ficha policial, también de tu vida futura. Una velada que un grupo de amigos pasábamos   en grata armonía me tocó a mí ser la víctima. Como no me quedaba otra que responder a sus incómodas preguntas decidí mentirle, creyendo ingenuamente que así mantendría al menos algo de dignidad. A los pocos días me llamó para comunicarme que ya tenía lista ...

La sirena

Esta mañana he visto de nuevo a la sirena. Estaba en la terraza de casa, contemplando el mar y disfrutando de unos rayos de sol, siempre bienvenidos tras interminables días de lluvia, cuando emergió lentamente de las aguas, más cerca que de costumbre, así que pude estudiarla con más detalle. Se tomó su tiempo para salir, como queriendo jugar conmigo no sé qué juego, pero empapado de un espumoso erotismo que me erizó el vello de la nuca. Primero fue la cabeza, la melena rubia partida por la mitad caía sobre sus hombros como una doble catarata de dorados reflejos; sus ojos glaucos de abismal mirada, qué ojos; sus labios que yo intuía rebosantes de salada humedad, qué labios. Emergió un poco más y dejó caer, paralelos, los brazos con que tapaba sus pechos, que quedaron desnudos y perlados de gotas de mar, qué pechos. Siguió subiendo con parsimonia, como si se tratase de un ritual arcano, sagrado y sensual. Entonces pude ver su vientre, qué vientre, su ombligo, qué ombligo. Un poco más, ...