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¿Mi gato?

Envuelto en la calidez del edredón disfrutaba de esos momentos en los que no se está despierto ni dormido, minutos o segundos de tiempo fronterizo, de tiempo de nadie, a caballo entre el sueño que no se quiere acabar y la vigilia a la que le da pereza comenzar, segundos, minutos de consciencia adormecida donde se mezclan la realidad soñada y la realidad percibida, el sueño y la realidad, mentira y verdad o verdad y mentira. Escuché, amortiguados, los pasos de mi gato sobre la moqueta del dormitorio, su ronroneo asmático y sordo; se acercó hasta mi lado de la cama, su sonido gutural subió de volumen; alargué mi mano por fuera de la cama para acariciar su lomo, su inacabable lomo. El rayo de una certeza me despertó de golpe; y recordé. Yo no tenía gato.

Frases, monos y frases

No recuerdo ahora quién dijo que somos prisioneros del tiempo, cautivos de la eternidad. Hacer frases contundentes parece ser el trabajo de algunos pensadores. Luego vienen otros que no piensan tanto y los parafrasean si tienen principios éticos o los plagian si no los tienen. Los escritores, por lo general, y como la mayoría de los espíritus libres, que saben cómo librarse de las tiránicas cadenas de la mediocridad, son gente de ética voluble, incluso indefinida, así que el plagio abunda más de lo que sería deseable, sobre todo por los plagiados, que se desesperan viendo cómo en los Tribunales de Justicia los abusos que algunos desalmados cometen con sus conspicuos escritos sufren una prelación de orden inferior a las violaciones y los asesinatos. Y es que la Justicia es a veces tan injusta (acordarme de patentar esta frase). En uno de los libros que leo estos días –siempre simultaneo cinco o seis-, creo que en ‘Nunca digas noche’, de Amos Oz, un personaje cuenta una historia acer...

El ciego del perro II

Habíamos quedado en que un ciego pasea con su perro por una playa solitaria o bien por una calle concurrida. Que sea por la playa, a ver qué nos sale. El ciego y su perro dando un paseo por una playa solitaria. Añadamos algunos elementos decorativos, hablemos un poco del paisaje. Por ejemplo, el día está nublado, de un gris denso, opresivo, es posible que llueva pronto. Puede ser por la mañana o por la tarde, las nubes oscuras impiden que aclaremos esta cuestión. La marea está baja, eso deja una ancha playa de arena mojada y compacta, no del todo recta pero con una suave inclinación que no entorpece el paseo del ciego. A lo lejos, en la dirección que siguen las dos figuras, se divisan algunas montañas, los picos ocultos por las nubes. Una bandada de gaviotas describen piruetas en el aire y lanzan chillidos agudos, agoreros, piensa el ciego, los antiguos heteromantes podrían sacar una buena información de esos graznidos, y con seguridad no presagiaría nada bueno. Camina descalzo –ha p...

Coquito otra vez

Ayer fue el cumpleaños de Coquito y no le he regalado nada. No sé qué soy más, si despistado o descastado. En cualquier caso no tengo perdón de Dios (versea Manuel Alcántara diciendo que ‘si Dios existe, no tiene perdón de Dios’), ni de nadie. Sólo de Coquito, que nació para reír y para perdonar. Si quisiera juntar todo lo que me ha perdonado desde que la conocí, faltarían en el mundo escritores de ciencia ficción para imaginar universos y llenarlos con sus dulces perdones.   Trabajas demasiado, Coquito; y aunque seas muy trabajadora, también hay que saber descansar y distraerse, te lo digo yo que soy un experto en hacer el vago y el ganso. Teléfono va, teléfono viene; cliente va, cliente viene; punto de cruz va, punto de cruz viene; hija mía, ¡qué cruz! Menos mal que tu sonrisa siempre te rescata y hacerla aparecer es mi especialidad –aunque no la tengo patentada y temo que el día menos pensado cualquier vivo se la apropie y me sustituya-, quizá lo único que se me da bien y que má...

El ciego del perro

Iba a escribir una historia acerca de un ciego que pasea con su perro lazarillo por una playa solitaria cuando de repente me ha asaltado la duda de si no sería mejor que paseara por una calle concurrida de una ajetreada ciudad, porque en una ciudad hay en principio más peligros para un ciego que en una playa. Pero luego he pensado que precisamente debido a la tranquilidad de la playa, que implica la ausencia de gente que pueda importunar el trabajo de, digamos un asesino, debido a esa ausencia de testigos, digo, pues una playa puede convertirse en el escenario idóneo para un crimen. Un momento, he pensado enseguida, ¿por qué tiene que haber peligros o un crimen en el relato? Yo sólo quiero escribir una historia breve y sencilla sobre un ciego que pasea tranquilamente con su perro lazarillo ya decidiré dónde, pero no había ningún asesinato previsto, ¿qué ha pasado aquí? ¿Tenía ya inconscientemente preconcebido el asesinato como parte del relato? ¿Se ha incorporado sobre la marcha ese ...

Lichtenberg

L ichtenberg se deleitaba con la hermenéutica de la hipocondría –son palabras suyas-. Su mundo era un mundo de dolencias y dolores, reales o ficticios, que junto a su cuerpo contrahecho, enriquecían de un modo paradójico la promiscuidad de su pensamiento. Gozaba contemplando lo raro, lo ajeno, lo extraño, lo inusual; por eso tenía su casa revestida con espejos. Era un pensador genial condicionado por un cuerpo y una mala salud de los que supo burlarse antes que de ninguna otra cosa, por eso no conoció el rencor ni la amargura ni le alteró la reacción de algunos ante sus invectivas; y por eso también supo atesorar una ironía en su vida y en sus escritos que era una fuente inagotable de buen humor y de sutil agudeza. Emitió opiniones y fabricó aforismos. Expongo algunos.   “Ningún invento le ha resultado tan fácil al hombre como el de un Cielo.” “Dios creó al hombre a su imagen, eso significa, probablemente, que el hombre creó a Dios a la suya.” “En el sistema de la zoología, d...

La eternidad fugaz

A veces experimento una necesidad urgente de correr detrás del tiempo, de adelantarlo para encontrarme lo antes posible conmigo mismo, o con partes de mí mismo que sólo se manifestarán en el futuro. Pienso que nacemos para ir encontrándonos a lo largo de nuestras vidas; unos, los menos, lo consiguen y entonces dicen que se sienten realizados, que han encontrado el sentido de sus vidas; otros, en cambio, deambulamos por el mundo como Sherlock Holmes por sus historias, siempre buscando pistas que nos aproximen a una solución, a una justificación, a una excusa; unos pocos acabamos por comprender que no hay soluciones para nosotros y que buscarlas sin éxito es el sentido de nuestra existencia. Buscar aun sabiendo que no hay nada que encontrar es mejor que no buscar por el mismo motivo. Quienes optan por la inacción ante la ausencia de recompensa no sólo no se mueven por mor de una concepción utilitarista de la vida, sino que no se mueven en absoluto: están varados, apagados, muertos; por...