Ir al contenido principal

Entradas

De toros y escritura

  En una entrevista a Joaquín Sabina le oí afirmar que no defiende el toreo porque es indefendible, pero que a él le encanta. No puedo estar más de acuerdo con una opinión tan políticamente incorrecta. Los toros, el toreo como espectáculo, el ir cansando a base de engaños a una criatura para luego darle muerte y que esa representación de la muerte inevitable sea también un motivo de esparcimiento y gozo para gentes que no necesariamente entienden los entresijos de esa faena me parece algo primitivo. Y por eso mismo, por su visceral primitivismo, puede ser a la vez un arte y una atrocidad. El hecho de que haya prevalecido lo primero ante lo segundo forma parte de la historia medular de esta nación que lleva la fiesta del toreo en sus genes. Con excepción de alguna comunidad autónoma cuyos gobernantes buscan la singularidad apelando a la negación como sistema, manque se jodan los ciudadanos. Sin entrar en pormenores yo destacaría -por destacar algo- de la fiesta la tal vez justa -y ...

Ayer

  Ayer mi vida se vio sacudida por un seísmo de proporciones apocalípticas. Ya no podrá volver a ser la misma por más que yo lo pretenda. Como nunca me había ocurrido algo semejante estoy falto de referencias para expresar con claridad el suceso extremo que me perturbó ya para siempre. Fue algo brutal y dulce al mismo tiempo, un alud de nieve y un incendio furioso, una colisión astral en el jardín de mi casa. Acontecimientos así te marcan para siempre, alteran tus códigos, prioridades, preferencias y te abandonan, empapado del sudor del miedo, en medio de un campo en barbecho, tu vida en barbecho, tu vida hasta entonces predecible como las estaciones y apacible como un trigal dejándose mecer por el viento. Ayer pude oír una frase (“¿Papá, vamos esta tarde al cine?”) que volvió mi mundo del revés. Una frase dicha por una niña de seis años en cuyos ojos negros vi reflejada la cara de mi muerte. Los ojos de mi hija, la que no tuvo la menor oportunidad de nacer y en cuya alma inexiste...

Veleidosas noticias

Mourinho llegó al Real Madrid con sus genitales como único aval y tras ciscarse en la afición madridista y, para que no quedase duda de su animosidad respecto del resto del deporte -y no solo el deporte- español, se marcha al parecer con esos genitales bien lubricados por bocas que no tardarán en escupir asquerosidades cuando les pregunten por el zar luso. Nuestros nietos tal vez se pregunten cómo pudo un incompetente tan antipático encandilar a gente tan supuestamente bien preparada. Intercambio adrede el contenido de dos noticias recientes. “Un terremoto devastador causa ochenta muertos en Boston, Massachussets, mientras en las calles de Teherán y aprovechando la celebración del maratón anual que tiene lugar en esa ciudad una bomba casera acaba con la vida de tres personas y hiere a docenas. ¿Adónde iremos a parar? ¿Es que los terremotos ya ni respetan una ciudad como Boston, donde los Padres Peregrinos instituyeron las bases de la democracia? Por último,...

El último hotel

Vas de hotel en hotel buscando un refugio definitivo, una estancia que te haga evocar un hogar, un plácido remanso de paz que mitigue tus dolencias por los siglos de los siglos. Cada hotel te ofrece una promesa más deseada que real. Cada hotel acaba con tus sueños como una amante con prisas y al final hastiada. Búscate una casa propia, desgraciado, donde esconder tus miserias y sin testigos de tu banalidad, una casa que guarde tus secretos y tal vez ilumine tu incierto camino hacia la muerte. Un hotel que sustituya tu vaga idea de una paz otoñal en una casa plena de matices, de recuerdos, de felicidad. Hoteles así solo hay en tus sueños, donde dormido vives tu auténtica realidad, hoteles de paso, hoteles de invierno, hoteles cerrados al mundo real. En París y Roma, El Cairo y Alejandría, en Amsterdam y en Siracusa, donde se quiera buscar, habrá siempre un soñador con cara triste en un hotel que solo admite clientes que no saben adónde van. Porque yo transito la tierra si...

¿Un hotel?

Me desperté con la misma tensión de todas las mañanas, los músculos agarrotados, la garganta seca y dolorida y una telaraña espesa sobre mis ojos, por no hablar del dolor lacerante en mi cabeza. Me levanté y traté de arrastrar con las friegas de agua la película de lo que fuese que me estaba impidiendo ver. Pero aquello se resistía, no eran simples legañas. En ese momento sonaron unos golpes en la puerta de mi estancia. ¡Jodidos hoteles! Siempre fastidiando en el momento menos adecuado (que si es para hacerle la cama, que si es por si necesita algo, que si el minibar...). Está bien, contesté, pasen y dejen lo que sea o hagan lo que tengan que hacer, gracias. Sentí entrar y, al momento, salir al empleado. Bajé al jardín a tomar el sol. Lo que enturbiase mis ojos fue desapareciendo por momentos, mis músculos se relajaron y el dolor de cabeza remitió. Tumbado en la hamaca más cercana a la piscina que encontré busqué sin éxito recuerdos, referencias de la última noche. Nada....

El hotel

Elegí el hotel porque su fachada no afectó a mi ánimo. Nada vi en ella que me predispusiera a favor o en contra de aquel establecimiento por mor de alguna tecla secreta de mi subconsciente sutilmente tocada por aquella contemplación. Así que entré, me inscribí (con nombre falso, como siempre), me instalé en la habitación que me asignaron dejando la maleta en el suelo y lanzándome a la cama con la avidez de quien se hunde en las aguas de un río un mediodía ardiente de verano. Cuando desperté ya era de noche, una noche estrellada de verano apenas menos calurosa que la tarde. Abrí el balconcillo que daba a la playa y encendí un pitillo acodado en la baranda. Había un paseo marítimo estrecho y mal iluminado por donde se veían caminar parejas y correr a viejos mal informados sobre las virtudes del deporte a cierta edad. Al fondo, el mar donde se reflejaban, rieladas, las luces estelares. Tiré la colilla y entré en la habitación para tomar una ducha. Entonces escuché los pasos...

Un partido

No era un partido de futbol cualquiera, era contra el colegio Europa. Un grupo de nosotros, todos del colegio malagueño Puertosol, situado en el puerto de la Torre, habíamos dejada bien alta la bandera de nuestros valores (o rencores) personales en distintos torneos de fútbol donde si no ganábamos quedábamos muy cerca. A p esar del nulo apoyo de nuestro colegio . Éramos unos amigos que además de compañeros de estudios buscábamos algo más de lo que aquel colegio nos proporcionaba: una gloria deportiva que nos pertenecía. Una pequeña gloria que ansiabamos tanto como los notables o los sobresalientes que recibíamos tal vez a modo de compensación por las carencias de infraestructura deportiva de aquel bendito Puertosol. Y un día nos dijeron sin más: “El sábado tenemos partido con los del colegio Europa, en su campo.” El colegio Europa era para nosotros la repera, el top ten. Sus alumnos eran, a diferencia de nosotros, listos, guapos y con futuro. Su equipo de fútbol...