Otra vez esos ruidos que vienen del poblado. Llevan dos noches sonando, desde que el sol se oculta hasta que vuelve a salir. Igual que las otras veces, siempre cada doce lunas. Acudo porque sé que para ellos es importante. Y si lo es para ellos también lo es para mí, porque mi instinto me previene contra esa especie rara y me aconseja que no me enemiste con ella, porque es cruel, mata para satisfacer sus bajas pasiones y se dejan dominar por el ansia de poder, por la envidia, por la codicia. Los últimos de mi raza, entre los que se encontraba mi padre, me previnieron contra el hombre, y yo sigo sus consejos y los dictados de mi instinto -que me dicen que, antes o después, ellos acabarán con mi existencia-. Viven en cuevas sin techo construida con árboles cortados que rodean de tristes empalizadas, y a eso llaman fortaleza, como a sus míseras chozas llaman casas. Para ellos es fundamental el sentimiento de seguridad, les gusta creerse poderosos, a salvo de cualquier peligro. Los que...
Un alienígena alucinado.