Nacemos y morimos en completa soledad. Así ha sido desde que el mundo existe y así habrá de ser hasta que se extinga. Somos apenas una pequeña mota de polvo en el universo, una especie ignorante y engreída que trata de ocultar su miedo intentando creerse neciamente el ombligo de cuanto existe, de lo infinito y de lo eterno, cuando nuestras estrechas mentes ni siquiera tienen capacidad para entender esos conceptos en toda su extensión. Nuestro limitado entendimiento está condicionado por el espacio y el tiempo de tal modo que no podemos ni siquiera intentar atisbar un concepto que carezca de estas dimensiones, que las desborde o las omita, que exista al margen de ellas. Somos, lo queramos o no, para bien o para mal, espacio y somos tiempo y al igual que el ciego es, en esencia, oscuridad, en la que vive y de la que se nutre y no es capaz, por grande que sea el esfuerzo que haga, de entender qué cosa es un color, de qué está hecho y qué apariencia tiene, y al que debe indefectible...
Un alienígena alucinado.