A los niños que fuimos y que, sin que sirva de menoscabo a la adultez, deseamos a veces seguir siendo, nos encantaban las historias. Esto es un rasgo común a culturas, etnias y religiones de cualquer época y en cualquier lugar de este planeta. Quien poseía el don del histrionismo conquistaba corazones (hoy día siguen haciendo eso los buenos actores) y disponía de un público fiel y emocionado. No es raro que los buenos rapsodas, los excelsos juglares gozasen del beneplácito de los poderosos. El paso crucial de la oralidad a la textualidad supuso un fenómeno convulsivo para los grupúsculos sociales que comenzaban a conformar una primitiva sociedad, lo mismo que para la actual sociedad lo está siendo la 'virtualidad' de internet. Lo que antes era narrado al calor de una hoguera pasó a ser un objeto escaso y precioso sólo al alcance de unos pocos, no siempre los más indicados, para degustar placeres que ya comenzaban a ser dominio del 'intelecto' y por tanto de los intele...
Un alienígena alucinado.