Al borde de la medianoche, un automóvil parado sobre la vía del tren rompía, con los reflejos tenues que la luna arrancaba a su chapa gris metalizada, la monotonía negra que extendía su dominio hasta el horizonte, y quizá más allá, porque ninguna luz ni otro reflejo se divisaba, o no lo divisaba al menos el ocupante del vehículo, concentrado en el esfuerzo que le suponía tratar de liberar sus manos, atadas a su espalda con una cuerda fina y mordiente. Estaba situado en una postura incómoda entre los dos asientos delanteros, sentado en el del conductor pero inclinado sobre el del acompañante, y moviendo con violencia sus muñecas a lo largo del freno de mano, arriba y abajo, una y otra vez, tratando de desgastar las cuerdas que las unían. Si lo lograba, aún tendría que desatar también los tobillos, atados con una cuerda idéntica a la de las muñecas, y por último, tras despegar de su boca la cinta americana que la amordazaba y dificultaba la respiración, agitada en exceso por el esfuerzo,...
Un alienígena alucinado.