martes, 31 de mayo de 2016

La inutilidad de algunos tratamientos


Cuando los padres de Miguelito llevaron a su hijo al psicólogo a causa de unos problemas de adaptación en el colegio se quedaron sorprendidos del diagnóstico: Miguelito era un superdotado para casi todas las disciplinas académicas pero un completo gilipollas para la vida. El psicólogo les aconsejó que no se preocuparan porque esto era algo relativamente frecuente y además se podía intentar solucionar con una terapia adecuada. El niño era un fuera de serie en lo abstracto y un completo negado en lo práctico. Así que se estableció un programa terapéutico que debía dar los frutos deseados en un año a más tardar. Ya desde las primeras sesiones el terapeuta advirtió que los resultados iban a depender en buena medida de la inversión de la gilipollez de Miguelito, que parecía tener más calado psíquico que las habilidades por las que destacaba su mente. A pesar de los diferentes métodos usados por el especialista para frenar lo indeseable y potenciar lo más valioso en la mente del niño, ninguno de ellos parecía conseguir el impulso terapéutico perseguido hasta el punto de que se estaba invirtiendo el proceso de forma que el área intelectual de Miguelito parecía ir mermando con cada sesión y por el contrario el aspecto práctico debía ser indispensable para una sana madurez se iba atrofiando en igual medida. En resumen, que el niño era cada vez más gilipollas y además estaba perdiendo sus super dotes. El médico se creyó en la obligación de poner a sus padres al corriente de tan anómalos resultados. Los padres no eran lo que se dice unos lumbreras y les traía un poco al pairo que sus hijo fuera un hacha en mates o en química cuántica, pero sí veían con cierto orgullo esa simpleza que ellos creían heredada y que mantenía al chico dentro de los cauces de la normalidad familiar. Así que decidieron que lo habían intentado pero, no sin cierto regocijo, se daban por satisfechos con los resultados. Tenían, como siempre habían deseado -aunque ellos no lo hubieran expresado así-, un hijo tarugo que por fortuna había perdido esos incómodos rasgos del intelecto que harían avergonzar a cualquier padre que se precie. Así que todos gilipollas, todos contentos. Y el psicólogo pasmado.

sábado, 28 de mayo de 2016

Vuelvo para quedarme

Hace tanto tiempo que no escribo que tengo la certeza íntima de que habría olvidado cómo se escribe si alguna vez hubiera sabido escribir. Podría ofrecer mil excusas para justificar este alejamiento de las palabras escritas, pero ninguna sería cierta, de ahí que se las denomine 'excusas'. La pura verdad es que soy un vago y un inepto que evita escribir porque poner ciertas certezas sobre un papel me hace comprender la verdadera magnitud de mi desidia. Trato de esquivar mis pensamientos alejándome de todo aquello que los evidencie con su verdadera naturaleza de inevitabilidad. Por eso no me acerco al teclado desde hace meses y he convertido la excusa, cualquier excusa, en una rutina diaria para no acercarme demasiado al territorio de las musas, ni caer en la tentación de probar qué se siente tecleando palabras como era mi costumbre.

Hoy he pasado de mi propia censura y me he puesto a escribir estas líneas a ver qué siento. Y lo que siento son cosas contradictorias, buenas y malas, alegres y tristes, sentimientos en conflicto que imagino son la base de la vida. Creo que he estado equivocado muchas veces en mi vida, y me parece que este exilio literario autoimpuesto ha sido uno de mis mayores errores. Espero volver a escribir, no me concibo sin escribir, necesito escribir.


A partir de ahora solo hace falta ser consecuente conmigo mismo y no traicionarme más. Dejarme llevar por el dulce impulso de escribir y no tachar demasiado de lo escrito. Solo se vive una vez, pero quien descubre los infinitos universos que se pueden crear con las palabras, puede tener tantas vidas como quiera.

jueves, 2 de julio de 2015

Anécdota sobre Dalí


Refiere Fernando Arrabal una anécdota sobre Dalí que tal vez arroje alguna luz sobre la compleja personalidad del pintor. Según cuenta el escritor se encontraban ambos en Nueva York y Dalí invitó a Arrabal a una fiesta privada en la que era muy posible que se dieran prácticas orgiásticas.

viernes, 22 de mayo de 2015


 
A veces, tal vez demasiadas, cuando me encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo -tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol, valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente. O sea, la vida.

sábado, 10 de enero de 2015

La lengua y la mala praxis

No encuentro explicación a la falta de respeto que se tiene a la gramática por parte de los periodistas, sobre todo de los deportivos. Hace ya algunos años que la preposición 'sobre' se ha convertido en muletilla para los narradores de partidos de fútbol -sobre todo- fagocitando lingüísticamente a otras preposiciones más adecuadas para según qué expresiones. He aquí algunos ejemplos:

domingo, 28 de diciembre de 2014

Relato de Navidad


Era difícil avanzar en aquel territorio donde llovían bombas y proyectiles desde la oscuridad. Él lo comentaba como un reproche, pero ella sabía lo que estaba haciendo. Reunidos bajo el esqueleto de hormigón de un edificio tomaron aliento. Él insistía, pero qué hacemos aquí, hacia dónde vamos. Ella solo apretaba los labios y seguía los dictados de su convicción: avanzar y avanzar. Cruzaron la calle con mucho riesgo; delante, ella, con un bulto de enseres estrechado por sus brazos, detrás él, mirando alocado hacia todas partes, tratando de adivinar el origen de una bala mortal para esquivarla a tiempo. Vano intento, bien lo sabía, pero su amor por ella era tan inmenso como sumiso; y la seguía en su loca huída. Salvaron la acera en la noche oscura y se internaron en un edificio medio derruido que alzaba su tétrica silueta entre los destellos de las armas. No puedes más, mi amor, dijo él con voz rota, y era verdad: ella no podía más. En un portal abandonado y ruinoso ella se dejó caer, vencida por el agotamiento. Él la abrazó, dijo que lo esperara un momento y recogió a tientas trozos de madera y alguna yesca cercanos para encender un fuego. Volvió junto a ella, amontonó lo recogido y se dispuso a prender la madera. Entonces un grito ahogado de ella lo sobresaltó. Es la hora, decía ella entre resuellos y sofocos, es la hora; este es el lugar. Él prendió la candela, que lo primero que iluminó con sus llamas dubitativas fueron sus propias lágrimas.

Se conocieron en la universidad d Tel Aviv, casi nueve meses antes. Él se enamoró al instante. Era una mujer atractiva, libre y con convicciones firmes. Lo que siempre había soñado en una mujer. Supo que se llamaba Miriam y que estudiaba ciencias políticas. Se convirtió en asiduo de las fiestas-mítines de Miriam en locales transgresores y alejados donde ella exponía los principios de sus convicciones políticas. Judíos, musulmanes y cristianos debían llegar a un acuerdo de mínimos a partir del cual consensuar una política internacional libre de violencia y atropellos. Sobre todo los que sufrían los más débiles: los palestinos como Miriam, cuyo nombre en cristiano era María, para colmo.

Ni siquiera la influencia de Miriam logró sacar a Yusuf de sus cavilaciones obsesivas sobre la Torá. Judío practicante desde muy pequeño -nació en una familia de ortodoxos hebreos llegados a Sión con las primeras oleadas de inmigrantes-, jamás dudó que el estado de Israel fue instituido en tierras palestinas por voluntad divina. De carácter conciliador, su fundamentalismo religioso quedaba difícilmente reprimido en su mente de agudo raciocinio y no influía en sus creencias vitalistas acerca de una ciudadanía pluricultural que enriquecería con sus diferentes teorías y visiones teológicas el alma de la nación judía, por fin incorporada a su cuerpo, a su tierra prometida. Pero, en el fondo de su mente, siempre estaba aquella duda que lo torturaba: ¿tienen también ellos razón? Sé que son mis iguales, pero a veces, con su comportamiento... Pero enseguida pensaba en Miriam, y todo su universo intelectual cambiaba...

Cuando su familia supo que su novia palestina estaba embarazada se armó un buen cisco. Yusuf estaba preparado para la discusión culta y creativa desde muy niño, pero descubrió que aquellos mismos que tanto se preocuparon porque su alma fuese libre -respetuosa con las leyes de su religión, pero libre- ahora le reprochaban una traición sin nombre. Sí, Miriam era una palestina israelí, una palestina que había escogido quedarse en el nuevo estado hebreo con su identidad musulmana. No había huido, como tantos otros palestinos, buscando recursos para una reconquista de la tierra usurpada. Pero todo tenía un límite, una cosa era tolerar a esos musulmanes pacíficos y otra establecer vínculos sagrados con ellos, vínculos como el matrimonio. Yusuf se encontraba en una situación inusual y, por supuesto, desesperada. Tenía que hacer una elección.

La noticia que recibió Yusuf de su amigo el doctor Laksan perturbó aún más la situación. Miriam era estéril. Nunca podría concebir hijo de varón. Yusuf quedó confuso, Miriam le había comunicado el embarazo, meses atrás, con una alegría y una ilusión que lo reconciliaron con el papel de padre. Quería, deseaba ser el padre del hijo de Miriam. Un padre que enseñaría a su retoño que ser fruto de madre palestina y musulmana y padre hebreo era una bendición y, quién sabe, acaso el inicio de un acercamiento político entre etnorreligiones enfrentadas durante milenios. Enseñaría a su hijo a ser conciliador, como él lo era, y batallador, como su madre.

A pesar de todo, Yusuf, el profesor Josephus, como le llamaban sus compañeros de universidad, decidió confiar en Miriam y en el hijo de ambos. Y la siguió. La siguió a pesar de tantas dudas. Fue tras ella por donde ella quiso sabiendo que no podía ser el padre del niño. Que ningún humano podía ser el padre del niño. Atravesaron campos de combate, pueblos en ruinas, buscaron sin conseguirlo comida decente...

Hasta que aquella noche, por fin, Miriam dijo :”Esta es la hora y este es el lugar”.

Josephus no tenía móvil, lo había perdido en el camino. ¿Cómo avisar a alguien? ¿A quién avisar?

Una perra recién parida y un gato se arrimaron al calor de las llamas de Josephus. Miriam gritó por última vez. El siguiente grito, que derivó en llanto mortecino, fue el de un recién nacido al que se arrimó la perra ofreciéndole sus ubres. El niño bebió la leche. La madre, desfallecida, pareció desvanecerse del mundo, cumplida su misión. Un enorme cohete estalló en el cielo nocturno y su resplandor semejó al de una estrella.

La pequeña ciudad se llamaba Belén.








martes, 9 de diciembre de 2014

Dos cordilleras


Los Pirineos (o el Pirineo) es una cordillera que hace de frontera natural entre Francia y España. De picos majestuosos y complicados, se extiende desde el Cantábrico al Mediterráneo. Pero es en el Pirineo Central, con Ordesa y Monte Perdido, las Tres Sorores, Brecha de Rolando, Añisclo, Pineta, y la francesa Gavarnie, en la zona occidental; y con Benasque y Cerler rodeados por Aneto, La Forcada, La Maladeta, Posets, pico Maldito, pico Perdiguero, de Russell, de Vallibierna y Tuca de les Culebres, pico Salvaguardia, junto a Vall dÉstós con sus Gorges Galantes (y sus 'barbas de profeta', líquen que cuelga de las ramas de los árboles y cuya presencia es garantía de una limpieza absoluta de la atmósfera del sitio), uno de los valles más bonitos del mundo, en la parte oriental.

Todo esto sin salir de la provincia de Huesca. La riqueza de estas montañas y valles, que forman parte bien del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, bien del Parque Natural Posets-Maladeta, atesora cientos de especies animales y miles de especies florales. El senderismo por aquellos parajes de pendientes inacabables, aire limpio y cielo azul es un privilegio y una aventura que cualquier aficionado a la montaña debería intentar alguna vez en su vida. Andas y andas por un estrecho valle o una ladera redondeada para descubrir de súbito un lago con truchas y tritones, o un arroyo de torrentera por el que fluyen aguas exquisitas, o una flor de caprichosos colores y formas que solo crece allí. Nunca hay aburrimiento, pesadez ni desilusión. La naturaleza pirenaica te ofrece cada día un espectáculo bellísimo y explosivo de luces y sombras cambiantes, como si jugaran con los bosques al escondite, un espectáculo que se te antoja solo para ti.

Mucho más al sur y casi paralelo al Pirineo se extiende de occidente a oriente la cordillera formada por el Gran Atlas y el Atlas Medio. Nace en la costa atlántica marroquí y atravesando a lo ancho todo el país se interna en Argelia y acaba en Túnez. Aun careciendo de la frondosidad del Pirineo, el Atlas tiene un atractivo peculiar que seduce a cualquier montañero. En la cara norte, varios valles, como el de Imlil, salpican de pueblecitos las faldas del macizo montañoso en un mosaico sobrio y perturbador, presidido por la Kashba du Toubkal: un albergue con formas de monasterio tibetano. Desde esta kashba se suele iniciar el camino que lleva al Toubkal, techo de la cordillera debido a sus 4167 metros. Las rutas por el valle del Imlil son muy distintas a las de los pirineos. No hay apenas flora y la fauna mamífera la componen pequeños roedores, rebaños de cabras diminutas y algún perro. Pero la caprichosa orografía desnuda de las montañas junto a los sedimentos de siglos desparramados con precisión cartesiana sobre el suelo de tierra dura y roca o sobre neveros, confiere al paisaje un aire de irrealidad que puede ser mareante. La belleza muda y sin adornos a la que los milenios han ido dando forma deja al viajero con la boca abierta, y un efímero atisbo de infinitud lo sobrecoge y lo estremece. En la cara norte del Atlas, el Toubkal, su pico más elevado, contempla impertérrito las ciudades de Marrakesh y de Fez, que fueron, tiempo ha, capitales de dos reinos poderosos. Nieve y frío acompañan casi todo el tiempo (excepto en verano) en sus largas caminatas al viajero, y su pensamiento siempre está puesto (aunque no se de cuenta) en la cima del Toubkal.

La cara sur del Atlas es muy diferente. También nevada en las cumbres, desciende hasta los valles sobre una orografía lisa, sin farallones de roca ni sedimentos pétreos. Desemboca con sus ríos en fértiles valles, como el del Dades o el del Todra, no sin antes dibujar unos profundos y estrechos desfiladeros que semejan templos faraónicos y que son codiciados por escaladores de todo el planeta. Al final de los valles, ya en la planicie, hermosos pueblos se erigen sobre oasis fluviales que proveen de abundante alimento a las tierras para que sean cultivadas. Allí el clima y el suelo son muy parecidos a los de Andalucía, así que no es de extrañar que los cultivos sean también semejantes. Olivos, naranjos, limoneros, acebuches, yucas, granados, se extienden por las pequeñas parcelas familiares, minifundios de tierra buena y fértil que constituyen la ocupación y el sustento de sus propietarios. Se le antoja imposible al viajero la existencia, muy por encima de estas tierras amigables, de un pico abrupto y soberbio que se yergue orgulloso no muy lejos del Toubkal, al que mira directamente a los ojos: es el Ighil M'Goun, que con sus 4071 metros se alza como el segundo pico más alto del Atlas.

En estas grandes cordilleras, Pirineos y Atlas, ha pasado el viajero casi la mitad de este año. Ha subido sufriendo empinadas pendientes hasta llegar a cimas o altiplanicies cuyas bellezas han compensado con creces los esfuerzos que fueron precisos para contemplarlas. Con la fronda interminable del Pirineo el viajero se ha extasiado y lágrimas felices han mojado sus mejillas. El mismo éxtasis gozó y lágrimas gemelas a las del norte empañaron sus ojos ante la infinitud ascética del Atlas. Y el viajero sabe que ahora sabe un poco más, que es algo menos tonto y un poco más humilde. La montaña eterna tiene para el viajero la penúltima palabra. La última, como es sabido, pertenece al tiempo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Amor asesino III


Luisa y yo llegamos a un acuerdo. Sobra decir que el amor que sentíamos el uno por el otro era tan intenso y físico como romántico y etéreo. Un amor perfecto, duradero, apasionado -excesivo, vamos-, de esos amores por los que matas o por los que mueres, pero que en definitiva te abocan a una inexorable contienda de la que no está exenta la violencia, verbal y contenida al principio, pero necesariamente física después, de consecuencias previsiblemente nefastas. Por eso Luisa y yo acordamos que si llegaba la etapa de violencia física a nuestra relación, la fase de los golpes y de la sangre, nos suicidaríamos. Pero no conseguíamos ponernos de acuerdo en quién lo haría primero. Nos reprochamos mutuamente que dudar de que el segundo incumpliría lo acordado no suicidándose era una horrible falta de confianza del uno en el otro. Y ambos teníamos razón. Una vez muerto el primero -por mano propia- qué impedía al que sobreviviese cambiar de opinión y seguir vivito y coleando. Lo echamos a suerte y me tocó a mí irme antes -llegado el caso- y confiar en la palabra de Luisa de seguirme al reino de la muerte. A regañadientes acepté y el acuerdo fue alcanzado. A partir de ese día y por puro instinto de supervivencia me esforcé en suavizar nuestra manera de dialogar, de disentir, de convivir. Pulía las frases, exageraba los ademanes atentos, incluso me adelantaba a sus pensamientos y deseos y facilitaba su realización. Me convertí en el amante perfecto. Hasta que un día sorprendí en su mirada un destello de rencor cuando vio que el chocolate líquido que usé para adornar su postre preferido no trazaba un dibujo simétrico sobre el plato. Y supe con seguridad que hiciese lo que hiciese era cuestión de tiempo que comenzase la violencia. Por eso le sujeté su cabeza por detrás y deslicé con firmeza el cuchillo de la carne sobre su garganta, de oreja a oreja. Cayó inerte a mis pies. ¿Y qué creen que he hecho? ¿Suicidarme? Claro que no, ¿acaso ella se había suicidado? Nadie puede reprocharme nada, me siento limpio de alma, libre de culpa, así que no saquen conclusiones precipitadas sobre la silla en la que estoy subido ni sobre la cuerda que me rodea el cuello. Digamos que solo soy un sentimental. Estoy seguro de que Luisa habría hecho lo mismo ¿no creen ustedes?

martes, 16 de septiembre de 2014

Sueños irreductibles


En su libro 'Straw dogs' ('Perros de paja') el pensador británico John Gray desmonta por reducción al absurdo la idea de una 'voluntad' humana inmanente. Los datos que aporta para sustentar su tesis, fruto de concienzudos experimentos científicos, parecen inapelables.

Amor asesino II

Sé que Luisa y yo nos queremos, siempre nos hemos querido; a nuestra manera. El amor es un campo muy extenso para reducirlo a un proceso de idealización del otro y a un intercambio decreciente de deseo. Digo decreciente porque la idealización, el altruismo sublimativo con que al principio al menos vemos a la otra persona pronto choca con el sano egoísmo de dar por sentado que también ella nos ve así o debería; tendría que ser así, pero ¿y si no? Y esa pregunta inevitable y dolorosa introduce la duda en la hasta entonces inmaculada relación afectiva.