jueves 26 de noviembre de 2009

Ya te digo

¿Cuál es el momento más adecuado para decir basta? ¿Cómo reconoce uno el instante en el que hay que parar? Y no me refiero a las relaciones sentimentales -aunque también-, sino a los diferentes episodios que suceden en la vida, cuya suma la articulan y le dan sentido. Porque ese final nunca avistado marca la diferencia entre lo que fue y es y lo que pudo haber sido y podría ser, entre lo existente y lo ausente, entre lo que somos y lo que ya nunca podremos ser. Y hay un componente de negligencia en esa ceguera que nos impide detenernos a tiempo, antes de que lo previsiblemente imprevisible determine nuestra realidad, porque decir que no a la siguiente copa, a la estéril llamada, a apretar el pedal del coche, a responder a un agresivo, a una indiferencia ante un ser querido, a tantos gestos prescindibles, es una responsabilidad tan decisiva que si lo supiéramos en su momento nos lo pensaríamos dos veces. Y pensar dos veces es la asignatura pendiente de la humanidad. Nuestra negligencia determina nuestro destino, pero somos una especie negligente por naturaleza, y contra la naturaleza no se puede ir, sería antinatural.

martes 17 de noviembre de 2009

Un tal Nico

Un colaborador del periódico 'El Mundo', Nico Rey, denosta a la inefable Pilar Rubio, inubicable en la taxonomía periodística, pero en mi opinión desenfadada showwoman de los programas de cotilleo sin veneno y además una chica de muy buen ver, porque al parecer de este periodista Pilar es una chaquetera. ¿Por qué? A su entender por haber decidido con libre criterio trabajar para otra cadena de televisión. No sé cómo abordar el tema sin usar epítetos descalificadores para don Nico. No se me ocurre ningún argumento aparte del obvio, que tiene que ver con el libre mercado y la respetabilísima opción que cada cual tome dentro de las reglas de ese mercado. Las obviedades se resisten a ser asistidas, argumentadas, defendidas, obviamente, sobre todo si pertenecen al universo de las libertades individuales dentro de un estado democrático del que durante algunas décadas estuvimos excluidos. Señor Nico, ¿a usted le pagan por sus escritos? Porque si es así, ya es más chaquetero que la por usted insultada, por la sencilla razón de que con sus escritos indecorosos se puede usted comprar una chaqueta. En mi humilde opinión también le vendría bien adquirir algo de vergüenza, pero ese valor no cotiza en estos tiempos, así que entiendo su postura, que tan habilidosamente esquiva cualquier escrúpulo. Y usted disculpe si por despiste o cortesía me he quedado corto con los epítetos a usted dirigidos.

lunes 16 de noviembre de 2009

Las vueltas de la vida


Fue su mirada lo que me alertó. Una mirada cortante, sigilosa e inmisericorde tras la que se adivinaba un poso de melancolía, como de halcón herido. Sus ojos ambarinos la dirigían, taladrándolos hasta desnudar sus auténticos pensamientos, hacia quienes merecían su ira o tal vez sólo su incomodo, como una linterna traspasa la oscuridad y desvela lo que realmente oculta. Era una mirada certera y despiadada en esas ocasiones, aunque luego se volvía lánguida, inerme, sin substancia: ese era su disfraz, parecer inocua e indefensa para ocultar su condición letal. Así era, recordé, la mirada de Fernandito, al que hacía más de veinte años que no veía, desde el final del bachillerato, que al igual que primaria y secundaria cursamos juntos, como camaradas inseparables, en el Sagrado Corazón. Y así era también la mirada de aquel hombre al que había estado siguiendo durante días, un cuarentón del que poco sabía aún, salvo que su mirada le otorgaba, al menos provisionalmente, la identidad del mejor amigo que había tenido. Y eso complicaba mucho las cosas, porque a ese hombre yo lo tenía que matar.


La historia había comenzado una semana atrás con una llamada de teléfono. Yo estaba en mi minúscula estancia, a la que cuando me encontraba colocado llamaba optimistamente apartamento, tratando de hacerme un hueco en el mugriento sofá invadido por ropa sucia, revistas manoseadas y alguna que otra chinche; disponiéndome, en medio de sudores fríos, temblores eléctricos y arcadas a intentar distraer mi tormento viendo en la tele el partido del Madrid. Recuerdo que no estaba aún lo suficientemente borracho (de ahí el dengue que me zarandeaba) y que tenía pocas posibilidades de estarlo más dada la precariedad de mi economía. Me acordé de pronto, en medio del torbellino que me sacudía, que la portera me había notificado aquella mañana que en breve recibiría un apremio de desahucio dado el montante de la deuda que mis reiterados impagos del alquiler habían acumulado. Como comprenderán, en aquellas circunstancias no podía permitirme pillar un poco de caballo o de coca, ni siquiera algo de hachís para un triste canuto que al menos me sosegara. De hecho, los vinos que había trasegado en la taberna de Paco habían corrido (contra su deseo, pero es cojo y no me puede dar alcance si salgo por pies) por cuenta del propietario. Un tío majo, el Paco, todavía le quedaba aquella tarde algo de confianza en mí a pesar de las veces que había escurrido el bulto a la hora de pagar. Siempre ha sido un idealista, un redentor, y supongo que se había hecho ilusiones de rescatarme del tremedal de la droga. Imagino que con mi inesperado esprín agoté el crédito -moral y económico- que en su bondad me había concedido. Mis camellos, por el contrario, no sólo desconocían la palabra crédito, sino que corrían como galgos, así que con ellos era inútil intentar esa treta, obviando el hecho de que aunque no me pillasen en el momento, me buscarían y acabarían encontrando para, bien romperme las piernas, si tenían el día bueno, bien abrirme un agujero en la frente si habían regañado con la parienta.


Amigos no tenía creo que desde que terminé el bachillerato en el Sagrado Corazón, cuando la vida me brindaba aún todas sus posibilidades y yo elegí -a pesar de mi proverbial habilidad para escoger lo que me acaba jodiendo al final- joderme bien desde el principio para invertir los términos de mi ecuación vital. Bajo mi punto de vista aquello era ser original; bajo el punto de vista del resto del mundo era ser gilipollas. Así que los amigos de colegio los fui perdiendo (o yo me fui alejando y eran ellos los que me perdían a mí, de modo que a la postre, y echando un vistazo a mi trayectoria, no se perdieron nada) y no hice ninguno nuevo, y novia, lo que se dice novia, nunca he tenido, salvo alguna ocasional compañera de chutes que me duraba lo que mi casi siempre escasa capacidad financiera para invitarla. Es decir, que me encontraba sin nadie a quien recurrir para un providencial sablazo.


Esa era mi triste situación aquella tarde de hacía una semana en la que la extrema ansiedad me condujo por los vericuetos de los recuerdos y la filosofía, y se me hizo patente de manera súbita e inesperada, como en una revelación, el embotamiento que sufrían no sólo mis sentidos sino también mi alma, dolorosamente ajena ya, extraña por completo a las virtudes que un día, plenas de significado, configuraron el principio rector de mi adolescencia:  amistad, amor, felicidad, integridad y perseverancia para conseguirlos sin sucumbir al desaliento. La realidad era bien distinta, llevaba más de veinte años dando tumbos por las calles, viviendo como un vagabundo, alcohólico y enganchado, dispuesto siempre a cualquier engaño, trampa, treta, fraude o timo para conseguir mi dosis diaria, cada vez más indispensable y también más costosa de conseguir. Las vilezas a que me obligaba mi necesidad eran cada vez de mayor calibre y había alcanzado un punto en que lo mismo me daba dar el palo en un kiosco que rebanarle el cuello a mi santa madre. La verdadera dimensión de la realidad se desvanece una vez traspasado un límite que yo había dejado atrás hacía mucho; y a partir de ese límite la adicción se adueña de tu destino y decide lo que has de hacer, que nunca es otra cosa que alimentarla; y se vuelve más hambrienta cada día.


O sea, que aquella tarde tenía el mono. El mono es como un millón de almas en pena que aúllan en tu interior reclamando su alimento, cuyo suministro has interrumpido, casi siempre por falta de recursos para conseguirlo; otras veces, pocas, por un vano intento de liberarte del cepo de la droga. El mono es como si te atasen a la silla eléctrica y sus descargas no te acabasen de matan aunque te abrasen cada centímetro de tu piel. El mono es como una serpiente que se arrastra por tus entrañas dando mordiscos ponzoñosos en cada una de tus vísceras causándote un dolor tan infernal que sólo la muerte –u otra dosis- puede mitigarlo. Todo eso y mucho más es el mono. No hay palabras que transmitan lo que es a quien nunca lo ha padecido. El mono, para saber de veras lo que es, hay que haberlo sufrido con infinito dolor y angustia cada segundo de cada minuto de cada hora de cada infernal día sin droga. Por eso un enganchado desprecia la vida, no teme a la muerte, porque si existe algo después, si hay un infierno, debe de parecer el cielo comparado con un día de mono. Es la gran verdad del  yonki: mejor morir o matar que pasar un día de mono.


Yo aquel día, el día que sonó el teléfono de mi apartamento por primera vez después de meses de silencio, estaba pasando el mono. Conseguí sujetar los temblores de las manos y descolgar el auricular. Con un hilo de voz, contesté.


Era Drago.


Si hay algo que he temido en mi vida casi tanto como al mono ha sido a Drago. Su imperio, de drogas, clubes y prostitución de bajo y alto linaje, se decía que era como el de Felipe II, en el que nunca se ponía el sol: en el de Drago nunca se ponía la luna, jamás se agotaba la noche. Nadie supo jamás cómo un desconocido, un advenedizo en el mundo del hampa, había logrado subir tan alto en tan poco tiempo; ni cómo los grandes capos cometieron la ingenuidad de permitir la rápida escalada de tan incómodo competidor. No tenía padrinos ni avalistas, ni recomendaciones de gente del mundillo, pero consiguió trepar a lo más alto y para cuando quisieron reaccionar, ya se tuteaba con los más poderosos hampones como si se hubiera criado con ellos. Ya le temían.


La explicación era sencilla. Drago llegó sin nada que perder, no temía a la muerte y le sobraban cojones. Con esas credenciales, para él había sido una trayectoria relativamente cómoda, cuestión de rodearse de un grupo de pretorianos asesinos de lealtad ciega, y de haber tenido un fino olfato para saber a quién y cuándo había que quitar de en medio, eso sí, con toda una puesta en escena de sangre y vísceras marca de la casa que acabó por convertirse en su sello personal. Cada asesinato de Drago (siempre que sus ocupaciones se lo permitían se ocupaba él personalmente, fue un precursor del asesinato como arte, y se empleaba como un artista con excepcionales dotes para el oficio) podía pasar por un sacrificio al dios de lo horrendo y lo macabro. Se rumoreaba que no tenía alma, o bien que la había vendido al demonio. Yo tengo para mí que se divertía difundiendo rumores que exageraban lo malvado que era,que magnificaban su personalidad siniestra, tortuosa y despiadada, para acojonar aún más a sus enemigos y disuadirles de cualquier intento de derrocamiento por el temor a su represalia. En pocos años sus negocios se extendieron con inusitada rapidez y sus hordas de secuaces guerreaban sin tregua para ampliar sin cesar los límites de sus dominios. Se decía también que su influencia no era extraña a lo mediático y, sobre todo, a lo político, lo que añadiría otra explicación a la impunidad con que actuaba a sus anchas sin que nadie osara tocarlo.


Lo que yo sabía con certeza era que cada kilo de hachís, cada gramo de cocaína, cada papelina de caballo, no podía ser movido sin su consentimiento, y que llevaba un minucioso inventario de toda la mercancía que había en cada momento en circulación.


No era buen negocio indisponerse con Drago. Cuentan –y yo me lo creo- que a un correo que trató de estafarlo le cortó los huevos y se los metió en la boca, y que de esa guisa lo llevó ante su mujer y su madre, a las que violaron sus secuaces uno tras otro en una interminable sesión de tortura que se prolongó durante toda la noche hasta que al amanecer, con el correo ya desangrado, les cortó la cabeza a las mujeres y las depositó en la almohada de la cama en la que dormían, drogados por él mismo, los hijos del correo, que al despertarse y ver aquello perdieron la razón. No, no era buen negocio indisponerse con Drago. Lo realmente seguro era que no supiera que existías.


Para mi desgracia, sabía muy bien que yo existía.


 Sucedió un sábado por la tarde de un frío invierno, hacía dos años. Yo iba por la avenida del parque de la ciudad; acababa de meterme un pico, así que me encontraba en la misma gloria. Más que caminar iba improvisando pases de baile mientras decía cosas graciosas a los transeúntes. El subidón que te da la droga es todo lo contrario del mono. Te sientes pleno de energía, de euforia, de simpatía, de cordialidad; te acomete un irreprimible deseo de conversar, de comunicarte con tus congéneres; por unas horas te crees –o lo eres- benevolente, cariñoso, magnánimo. O sea, que te sientes vivo hasta una cota de tal intensidad que para que tus emociones no te hagan reventar es imprescindible moderarlas un poco, rebajar el efecto explosivo del pico. Por eso los yonkis tomamos, llegados a ese punto, algún tranquilizante para regular la euforia. Pero aquella tarde de invierno yo no tomé ninguno. Había pasado varios días con el mono –y no sabía cuándo tendría para la siguiente dosis-  y quería desquitarme, aprovechar al máximo cada segundo de explosiva y deliciosa felicidad, alejarme cuanto más tiempo mejor del recuerdo atormentador del mono dando rienda suelta a mi euforia, ¡qué me importaba ir dando el espectáculo por la calle! Era feliz, eso era lo único que importaba. Como he dicho, bailaba, cantaba, parloteaba sólo o dirigiéndome a cualquiera que se cruzase conmigo en aquel paseo del parque de aquella fría tarde de invierno. Aún así, yo iba con ropa de verano, el subidón hacía que la temperatura me pareciera agradable. Me crucé con un grupo de jovencitos que venían paseando en dirección contraria a la mía. Tenían pintas de quinquis, pero en mi euforia no le di importancia y le lancé un piropo a una de las chicas. De inmediato, uno de los jóvenes se acercó a mí y me tumbó de un puñetazo en la mejilla. Caí al suelo y sentí patadas por todo el cuerpo. Me recogí sobre mí mismo, tapándome la cabeza con los brazos. Oía sus gritos furiosos insultándome. De repente, se oyó un estridente frenazo y a continuación un grito autoritario. “¡Quietos!”. Los jóvenes pararon en el acto; yo no me atreví a abandonar mi postura fetal en el suelo. Se acercaron varios hombres trajeados luciendo llamativas gafas de sol con cristales de espejo. El más alto, con el pelo engominado recogido en la nuca con una coleta se acercó hasta donde yo estaba, y me ayudó a levantarme cogiéndome con fuerza por el brazo. Me miró detenidamente –pero yo no le pude ver los ojos, sólo mi cara sucia y asustada reflejada en los espejos de sus gafas-, como analizándome durante un buen rato. Se volvió sin soltarme hacia los chavales. “¿Veis esta cara?” casi susurró con una voz afilada y ronroneante, “recordadla. Si me entero de que le habéis tocado un solo pelo os la veréis conmigo”. Los chicos asintieron con la cabeza, pálidos, acojonados. Uno de ellos, el primero que me golpeó, contestó: “lo que usted diga, señor Drago, no habrá problema. Se lo juro”;  “y ahora, fuera de aquí”, replicó mi salvador sin mover apenas los labios, los dientes lupinos asomando entre ellos como los de una pantera a punto de saltar sobre la presa. Los chicos se alejaron sin volver la cabeza.


Así que el famoso Drago me había librado de una buena paliza, tal vez de algo peor. Los chicos pertenecían a una banda de delincuentes juveniles y no solían andarse con contemplaciones cuando actuaban. Eso me lo dijo el mismo Drago ya en el coche, mientras nos dirigíamos hacia no sabía donde, sólo sabía que me había dicho: “Vamos, te llevo”. Cuando el coche se detuvo delante del bloque donde estaba mi apartamento, tras el inmutable silencio que había mantenido Drago durante un  trayecto que me pareció inacabable, noté que el estómago se me quería salir por la boca. Una descarga eléctrica me recorrió la espalda y desapareció de golpe el resto de subidón que aún me quedaba. Drago sabía dónde vivía yo.


Antes de bajarme me cogió otra vez del brazo, con fuerza. “Recuerda, Lucas, que ahora estás en deuda conmigo.” Sabía que lo estaba, es lo último que hubiera deseado, pero ahora tenía una deuda con Drago. Apenas caí en la cuenta de que también sabía mi nombre. Bajé del coche, que se alejó, negro y enorme, entre las callejuelas de mi barrio.


Drago me conocía. No podía encontrar una explicación a eso, salvo que fuesen ciertos los rumores que sostenían la absoluta omniscencia de Drago en lo relativo a sus negocios. Decían de él que conocía personalmente a cada camello de cada barrio del extenso territorio de sus dominios y, con minuciosidad de censor, también los datos de cada cliente habitual, no sólo de los de poder adquisitivo, sino hasta de los más arrastrados, como yo mismo. Esa debía de ser la explicación, no se me ocurría ninguna otra. Pero para el caso lo mismo daba, yo había contraído una deuda con Drago y sabía que él no lo olvidaría; y tambíen que él sabía que yo lo sabía. Ya despejado por completo de los efectos del pico, me abrumó la conciencia súbita de que mi vida había cambiado desde el instante en que contraje tamaña deuda, que habría de pagar cuando Drago lo estimase conveniente; y en los términos por él estipulados llegado el momento.


 Desde ese día me volví un paranoico: en la calle, en el bar de Paco, hasta en mi apartamento –pero sobre todo cuando salía a ligar alguna papelina- me conducía como un desquiciado, mirando a todas partes, alerta ante el menor ruido, enfundado hasta las orejas en mi vieja gabardina para no ser reconocido. Vivía con la pesadilla permanente de que Drago me reclamase lo que le correspondía. Y Drago no me olvidaba. De tarde en tarde, algún camello tropezaba conmigo como por casualidad, me paraba y me pasaba una papelina. “Saludos de Drago, invita la casa”, solían decir. Y aquellos picos, que no podía dejar de meterme, han sido los más amargos de mi vida, aunque debo reconocer que en el fondo le estaba agradecido a Drago, porque me los hacía llegar en los momentos de mayor penuria, cuando no tenía ni para un mísero canuto o una cerveza. Era como si él supiese. Y yo estaba seguro de que sabía; no sé cómo, pero sabía. También eran toques de atención, avisos, como diciéndome: estoy aquí, no lo olvides. Y yo no lo olvidaba. No podía dejar de recordar a cada instante que Drago estaba ahí. Esperando.


De modo que aquella tarde en que sonó el teléfono de mi apartamento me temí lo peor desde que oí el primer timbrazo.


 Y lo peor sucedió. Era Drago.


Me citó para esa misma noche en uno de sus clubs. Un coche pasaría a recogerme a las ocho. Me darían algo para los nervios, dijo con un leve matiz irónico.


A las ocho y media el coche se detuvo frente al club. Escoltado por dos de sus hombres, me introduje en la penumbra del recinto. A la izquierda, una camarera se afanaba en ultimar la limpieza de la barra tenuemente iluminada. Me condujeron hasta el fondo del local, a un reservado donde Drago esperaba sentado, removiendo los cubitos de su copa con el índice de la mano derecha, lentamente, con una parsimonia sin duda estudiada para amedrentar, pero yo ya iba con el susto puesto, desde que oí su voz por el teléfono, y no había podido apaciguarlo ni con el ínfimo pico que me proporcionaron en el coche para calmar el mono sin perder la lucidez, la dosis exacta. Me senté frente a él, en el sillón que me señaló con su otro índice ensortijado. Contemplé mientras esperaba los cristales de sus gafas y su pelo engominado, la coleta fuera de mi vista.


“Hola, Lucas”


“Hola, Drago”


“Ha llegado el momento de saldar nuestra deuda”


“Me parece bien. Tú dirás”


Me acercó una fotografía que había encima de la mesa y en la que yo no había reparado. En ella se veía a un tipo desaseado y aunque sólo aparecían la cara y parte de los hombros se podía adivinar que se trataba de alguien menesteroso, puede que un vagabundo, o tal vez un yonki, como yo mismo. El tipo llevaba unas gafas de sol anticuadas y lucía una barba entrecana tapada en parte por la solapa subida de la gabardina. Finas arrugas atravesaban a lo ancho su frente y dos más prominentes y verticales destacaban en el entrecejo fruncido. Tenía pinta de malas pulgas, la cara hosca y esquiva, como tratando de rehuir la cámara que le tomó la instantánea.


“Su dirección está por detrás”, dijo Drago.


“¿Qué quieres que haga?”


“Matarlo”


Me costó dominar el impulso de salir huyendo. Me concentré en la fotografía para que no se me notase el pánico. Al cabo de un minuto levanté la vista y la fijé en los espejos de sus gafas.


“Nunca he matado a nadie”, balbucí.


“Bueno, no hace falta experiencia…y ya sabes, siempre hay una primera vez para todo. Te proporcionaremos un arma. Síguelo durante unos días, encuentra el lugar y el momento adecuados y mátalo. No te precipites, tómate tu tiempo. Pero no deben cogerte, si eso ocurriera te mataría yo a ti. No deben quedar pistas, nada que me vincule a este asunto, ¿queda claro?”.


Quedó claro. De modo que algo más de una semana después yo estaba sentado en la terraza de una cafetería, haciendo como que leía el periódico y esperando. Eran casi las once, así que estaría a punto de aparecer. Cada mañana lo hacía sobre esa hora, con bastante puntualidad, cosa que me sorprendió ya que su aspecto no invitaba a suponer en él esa cualidad. Su indumentaria era desaliñada, siempre con una gabardina raída y sucia cubriendo –quizá ocultando- otra vestimenta tal vez más ajada y por tanto menos adecuada para lucirla –aunque no parecía persona que le preocuparan tales detalles-; calzaba botas militares muy desgastadas por el uso, puede que adquiridas en un baratillo o incluso -¿por qué no?- heredadas de un tiempo en que fue militar y acaso feliz, uno tiende a conservar prendas y enseres de épocas que fueron mejores, merecedoras de ser perpetuadas en la memoria; o sólo épocas diferentes, que rompieron la monotonía de una vida homogénea y átona, digna de ser recordada sólo por esas experiencias distintas a las demás y que nos producen la ilusión de que nuestra vida ha tenido sentido sólo por haberlas vivido.


Llevaba cinco días siguiendo los pasos de aquel tipo y desconocía de él casi todo; sólo la rutina precisa de sus paseos diarios, de diez a dos de la tarde –el resto del tiempo no salía de su casa-, recorriendo las mismas calles en el mismo orden y al mismo paso me hacían suponer en él un carácter pronosticable, como lo eran sus costumbres. Sus sempiternas gafas de sol no lograban ocultar una cara desabrida y huraña, puede que rencorosa, una cara de pocos amigos. Caminaba con la cabeza gacha, la barba casi oculta por las solapas de la gabardina, como guareciéndose u ocultándose. Ese hombre quería pasar desapercibido. Supuse que tal vez sabía que Drago le quería mal, tal vez también supiera que lo quería matar, o simplemente era su forma de ser, un misógino, un ser resabiado y triste incapaz de hacer las paces con la vida.


Lo vi doblar la esquina de la calle y caminar hacia la cafetería, como cada mañana. Siempre hacía el amago de entrar para cambiar al instante de opinión y seguir su camino. Yo solía observarlo de lejos, procurando ocultarme a su vista. Aquella mañana decidí sentarme en una mesa de la cafetería para poder observarlo mejor, más de cerca. Ocurrió que ese día, para mi sorpresa, no llevaba las gafas de sol. Al pasar a mi lado levanté la vista del periódico y la dirigí directamente a sus ojos. Ahí fue cuando me alarmé. Eran de un color marrón claro, con reflejos opalescentes o ambarinos, medio tapados por los párpados caídos bajo el peso de sus espesas cejas. Lo que me aterró por un instante fue su mirada penetrante y fría que pareció querer leer mis pensamientos, aunque al instante se tornó lánguida y vacía, como si me hubiese evaluado y desestimado en un instante. Inmediatamente bajé la vista de nuevo al periódico, pero las manos me temblaban. Él siguió su camino y yo me concentré en el recuerdo de su mirada, que fue como una puñalada. Había sido solo un instante, pero pude advertir el espíritu inquisitivo y dominante que había en ella, la crueldad que despedía. Era la mirada de un hombre despiadado que sabe ocultar su condición. Y producía una desoladora sensación de vulnerabilidad, como si te estuviera perdonando la vida, pero dejando claro que podía no haberlo hecho si esa hubiera sido su elección. Esa misma mirada –u otra idéntica- la había yo conocido muy bien hacía casi  treinta años, en el colegio Sagrado Corazón. Era la mirada de Fernandito, el único amigo de verdad que había tenido en mi vida. Nuestra amistad estuvo cimentada en una relación de dominio por su parte que acepté desde el primer momento y que nunca puse en duda, porque la intuía como la única posible entre nosotros, condicionados por nuestros diferentes temperamentos; contundente, brusco, a veces cruel hasta el sadismo el suyo; conciliador y sumiso el mío.


Si ese hombre era Fernandito, ¿podría yo matarlo?: era el recuerdo de nuestra amistad la tabla de salvación a que me aferraba para dar algo de sentido a mi vida. Nunca hubo otra relación que alcanzara la intensidad de aquella. Después de separarnos, al final del bachillerato, mi vida fue deslizándose por un tobogán infernal hacia el cenagal de miseria y adicción en el que vivía; de él, nada volví a saber. Y ahora podía ser, o casi con toda seguridad era –miradas como esa debe de haber muy pocas- la persona que tenía que asesinar.


Lo decidí de repente. Fui tras él con paso ligero, casi corriendo. Lo alcancé pronto, sus andares arrastrados lo desplazaban despacio. Casi a su altura lo llamé por su nombre. Se volvió y me dirigió una mirada feroz y angustiada al mismo tiempo. Era la mirada de Fernandito; ya no tenía dudas: era él. No dije nada, sólo me di la vuelta y me dirigí con desgana a la guarida de Drago.


Le confesé mi incapacidad para matar a aquel amigo, cuya amistad fue lo único verdadero que hubo en mi prescindible vida de niño cobarde que se convirtió en yonki para huir de su cobardía.


“Tu sabrás”, dijo Drago sacando su revolver, “yo siempre cobro las deudas, de un modo u otro”. Disparó. Caí al suelo. Drago se agachó junto a mí al tiempo que se quitaba las gafas de espejo. Por vez primera vi sus ojos. Eran ambarinos, y tenía una mirada sigilosa, cortante e inmisericorde, con un trasfondo  de melancolía, como de halcón herido.


“Sigues siendo un imbécil y un acojonado, Lucas, igual que en el colegio. No te enteras de nada, pero me conmueve tu lealtad de perro, por eso te ahorraré la agonía.”


Mis últimas palabras, como las de todos los moribundos, fueron vanas.

domingo 15 de noviembre de 2009

La pluma de Onetti


Hace poco tuve un sueño no sé si dormido o despierto. Debería haber una manera de distinguir los sueños según el estado en que los tuvimos, pero al menos en mi caso no hay manera. Así que confundo a veces lo soñado en sueño y lo soñado en vela. Y es una lata, ya que la huella evocativa que me abruma o me regocija durante horas o días después de soñar sueños dormido se ha reproducido en los sueños de vigilia, de tal modo que mis estados de ánimo de soñador sempiterno oscilan a merced de ese poso de sentimientos que ahora también me producen mis sueños desvelados. No sé que diría Freud al respecto, pero repito que es un fastidio.


Pero quiero hablar de ese sueño que soñé tal vez dormido, tal vez despierto y que alteró la rutina de mis apetencias y caprichos durante algunos días. Soñé que yo era la pluma de Onetti, la misma con la que escribía sus líneas anárquicas y geniales. Como comprenderán, no tenía un horario de trabajo, ni un lugar fijo de descanso, aunque frecuentaba mucho la cama del escritor, que me dejaba reposando a su vera cuando al fin se dormía. Soñé que sus palabras no siempre parecían tener sentido y yo pensaba: 'Se ha despistado, esto hay que quitarlo', y luchaba contra los dedos desganados de Onetti para dibujar lo que a mi entender era pertinente a continuación. Así por ejemplo, si me obligaba a escribir: '...la cara, la sonrisa del mancebo de botica no tenían nunca el resplandor brillante del cinismo.”, yo pugnaba por corregir el adjetivo 'brillante' por otro más acertado, porque, ¿cómo va ser brillante el cinismo? Va contra la concepción moral del mundo. Pero más pugnaba yo por regresar a lo ya escrito para cambiarlo, más me empujaba él en el sentido de su escritura con una tozudez de loco o de genio, ya que esto último tuve que empezar a convencerme que también cabía como posibilidad, a fin de cuentas nadie entiende a los genios, como pasa también con los locos, pero los genios al final sacan el conejo de la chistera y todo cobra sentido, a diferencia de los locos, cuyos actos quedan inexplicados para la utilitarista sociedad.


Mientras fui la pluma de Onetti, sin saber en el sueño nada acerca del escritor -para respetar la lógica interna de la pieza onírica-, padecí una dolencia distinta, aunque relacionada con la que sufro cuando escribo despierto (también sé escribir dormido, pero no guardo registro de esas líneas). Una angustia permanente, no por cómo inventar y ordenar las palabras que seguirían, sino por cómo no escribir aquello que me dictaba mi dueño que era el creador, el pésimo creador a mi entender. Y esa tortura dictaminé luego que era menos llevadera que la que padezco cuando el que crea soy yo. Porque yo sufro, al fin y al cabo, porque así lo quiero. Pero en el sueño el sufrimiento era impuesto y esa opresión a mi voluntad se sumaba a mi seguridad como crítico improvisado acerca de lo que era o no pertinente cuando escribía aprisionado por la mano de Onetti. El regusto amargo que sentí en mi boca al despertar no recuerdo cómo ni dónde me acompañó lo que tardé en recomponer mis miserias y mis anhelos, mi presente sin pasado, mi futuro ciego y menguante. Pero al recordar ahora de nuevo lo soñado sueño con volver a soñarlo, con ser un instrumento imprescindible para Onetti, sueño con que él escriba nuevas genialidades que yo no intentaré rectificar; y sueño con que al despertar las recordaré y las escribiré como si fueran creación mía y así conseguir fama. Pero me queda la duda de si soñé aquello despierto y el mal ánimo que padecí durante días nació de la frustración no sé si consciente o inconsciente -ya digo que esta anomalía es digna de Freud- de haber querido ser crítico de Onetti siendo su pluma, y su plagiador sin escrúpulos siendo un escritor indigno de ser siquiera la pluma de Onetti. Si lo soñé dormido, tal vez soy ruin, si lo soñé despierto, no hay duda de que lo soy.

viernes 13 de noviembre de 2009

El mismo mal


La burocratización excesiva de las organizaciones sociales y políticas es un fenómeno tan antiguo como las propias sociedades y ha sido uno de los primeros síntomas de su decadencia. Pero en un mundo como el actual donde la velocidad de los cambios se ha convertido en su seña de identidad y en el factor histórico diferencial, el lastre que supone la burocracia para reaccionar ante esos cambios vertiginosos y adaptarse a circunstancias en continuo movimiento es tan pesado que simplemente está consiguiendo que asistamos impotentes al espectáculo de nuestra propia destrucción. No hay que olvidar que fue su opresiva burocracia uno de los factores determinantes de la caída de la URSS, un gigante artrítico, social y políticamente anquilosado, incapaz de moverse bajo el peso de esa burocracia excesiva.


La rigidez social, el cretinismo político, la parálisis moral, son lacras comunes a todos los países occidentales y las comparten por igual gobiernos de izquierdas y de derechas. El vendaval económico que estamos viviendo está deshojando la cebolla de nuestra sociedad y dejando al descubierto la inutilidad de muchas de sus capas y la podredumbre de otras tantas. Es un buen momento para plantearse si merece la pena seguir viviendo en un mundo mal hecho, en una sociedad que inevitablemente evoluciona hacia su autodestrucción, ahogada en el vómito de su propia inmundicia, o tal vez sería mejor idea, como diría el inefable Peter Sellers en su papel de míster Chance, el jardinero bobo que pudo haber sido presidente a base de decir verdades simples e irrefutables que todos creían metáforas, arrancar las raíces podridas, trillar el jardín y plantarlo de nuevo, regándolo y abonándolo con mucho cariño y mucho amor. Puede parecer una idea utópica e infantil, pero es que la utopía es la única realidad fiable, y la infancia es su reino.

martes 10 de noviembre de 2009

Gris


   Un humo denso y plomizo se elevaba sobre los tejados de la ciudad. Los rayos del sol no conseguían atravesar aquella espesura gaseosa. Era un día como otro cualquiera, la misma quietud indolente, la misma monotonía cromática, el silencio de la desesperanza. El tiempo se apelmazaba sobre las calles vacías, laberínticas y estrechas, y la mugre y el abandono tiznaban de olvido las fachadas de las casas. Como una foto en blanco y negro de sí misma, la ciudad se diluía en su propio olvido, delicuescente y etérea, momificada, como esperando un piadoso soplido para deshacerse al fin en cenizas.
   Un cuervo se posó sobre la estatua de algún preboste local y trató de picarle los ojos de mármol. En una ciudad sin alma no hay alimento para los cuervos.
   El río alquitranado se remansaba en turbios recodos donde se acumulaban inmundicias que había arrastrado desde muy arriba, desde otras ciudades de las montañas donde todavía ardía la llama de la vida.
   El niño apareció silbando desde una esquina y enfiló la calle dando saltitos y lanzando de vez en cuando alguna piedra con una honda de caucho desgastado. Sus proyectiles rompían con tino cristales de farolas y de escaparates. Uno de ellos le acertó a la cabeza de la estatua y el cuervo voló espantado.
   “No hay vida en este pueblo, pero los muertos se salvarán”, cantaba como para sí mismo sin interrumpir sus pedradas ni su danza incongruente.
   Una verja le interrumpió el paso. Era el cementerio. El niño se acercó al muro y retiró con dificultad una piedra que sobresalía en la base. Se coló por el hueco y entró. Caminó con seguridad entre las tumbas, se detuvo y escrutó el vasto campo repleto de lápidas. Eran tumbas muertas, más muertas que sus moradores; cadáveres de tumbas; desposeídas de la dignidad que concede la intemporalidad. Tumbas mortales. Todo el cementerio era un cadáver inmenso, una colmena muerta.
   El niño deslizó con facilidad una lápida y se introdujo en el foso. La lápida volvió a su anterior posición. Llegaba tarde. La oscuridad envolvió el cementerio y también la ciudad.
   Y una canción entonada por múltiples voces se alzó sobre el cementerio, sobre la ciudad, una única voz trenzada con las voces acompasadas de incontables niños; una voz gutural, de ultratumba.
   “No hay vida en este pueblo, pero los muertos se salvarán”.

domingo 1 de noviembre de 2009

El rehén


No se debería recoger pasajeros sin antes estar seguros de su naturaleza, aunque en mi caso ha sido precisamente el estudio de mi naturaleza el motivo por el que me han recogido. Soy, o mejor dicho, seré un objeto de estudio para ellos, se afanarán durante un tiempo en descifrarme buscando en realidad alguna pista que les lleve a descubrir algo sobre ellos mismos. La mayor incógnita que puede existir siempre se refiere a uno mismo, como individuo que vive y morirá, como especie viva que previsiblemente iniciará algún día su declive, que tal vez ya lo ha iniciado -¿cómo saber interpretar los signos del comienzo del fin cuando se niega tozudamente la posibilidad misma de ese final?- para desaparecer como apareció, sin un porqué, sin una función imprescindible que cumplir, sin un cometido. Me repliego sobre mí mismo en la oscuridad de este cubículo frío, mis sienes laten al ritmo acompasado de mi temor, la ausencia de dolor físico no me consuela, ¿cómo aliviar la angustia de estar preso?, busco un recuerdo que me mejore, un consuelo a esta soledad sin esperanza, la más sola de todas las soledades, pero sólo consigo llorar.


La tibieza de mis lágrimas me rescata de mis pensamientos y me devuelve a mí mismo, al ahora ignominioso y a la expectativa del después aterrador. Siempre se teme a lo desconocido, por eso nos tememos unos a otros, eso vale también para ellos, tremendos desconocidos que llevan juntos milenios sin que un ápice de entendimiento los haya cohesionado como especie más allá de pálidos y transitorios acuerdos de origen político o geográfico o étnico. Seres sin memoria porque se han desterrado voluntariamente de sus recuerdos, organismos funcionalmente efectivos pero emocionalmente perturbados. En mi mundo también somos así, también giramos en órbitas excéntricas alrededor de nosotros mismos, de nuestro egoísmo ciego, en un viaje sin fin que sólo acabará cuando desaparezcamos, como ocurrirá también con ellos algún día, el menos pensado.


Es curioso que sólo ahora, en la humedad de esta celda, en esta nave estelar que me aleja de los míos para llevarme a otra celda donde seré estudiado los años que me queden de vida, que sólo ante la inminencia del encuentro no del todo sorprendente con otra especie racional tal vez inferior pero no peor que la mía, que únicamente ante la perspectiva de interminables sesiones en las que padeceré las vejaciones que nosotros antes infligimos a algunos de ellos, sienta algo parecido a la piedad, no por mí, sino por el desconcierto doloroso que los más sabios de entre ellos sufrirán cuando descubran que en todas partes buscamos respuestas a unas preguntas que sencillamente no deben ser formuladas, para la paz de nuestras almas.


No, no se debería recoger pasajeros sin estar seguros de su naturaleza. Pero cuando comprendan eso, ya será tarde, ya estaré, para su infinita desgracia, a su entera merced el tiempo que me quede de vida; que será insufriblemente largo. Interminables pruebas y experimentos abocarán a un fracaso no por presentido menos evitable. Seré un mártir necesario para los míos y para ellos, durante incontables generaciones, un enigma que recogieron del espacio, en un remoto planeta, pero no un enigma mayor que el de ellos mismos, el que nunca supieron ni sabrán resolver, porque hay hay enigmas que no deben ser resueltos. Sólo algunos a los que tildarán de locos alcanzarán a intuir que mi naturaleza es su naturaleza. Las verdades más simples son las menos creíbles. Y el Universo seguirá su curso, ajeno por completo a todos nosotros.


lunes 26 de octubre de 2009

Irrealidad


El mundo se conduce según sus propias reglas telúricas e indescifrables. Nuestros intentos vanos por asumir el control de los acontecimientos rozan lo obsceno, por imposibles y por insensatos. Los animales que hemos catalogado de irracionales saben por instinto lo que está bien y lo que está mal para sobrevivir, que es su única meta. Nosotros, que perdimos el instinto en algún momento de nuestro proceso evolutivo, somos pretenciosos e insensatos, y nos estrellamos de continuo con un sistema precognitivo e imprevisible que nos supera, del que no sabemos nada, ni su principio ni su incierto sentido, sólo intuimos su posible final, y ni eso es del todo seguro. Pero seguimos sintiéndonos el ombligo de lo desconocido, pensando estúpidamente que somos la culminación y el fin de cuanto existe, prisioneros de nuestra soberbia y de nuestro antropocentrismo descerebrado, necio y temerario. Seguimos sin sacar conclusiones de la historia convencidos de que el rápido progreso de los dos últimos siglos nos encamina hacia la dominación del destino, y que ese dominio nos librará de los miedos y las miserias que han acechado y acechan tras el tiempo imperturbable e inmisericorde, tras cualquier instante inesperado que siempre nos espera a todos, a unos antes y a otros más tarde, pero nadie avisado de antemano. Quimeras que queremos creer para convencernos de que podemos remediar lo irremediable, lo sempiterno, lo fatídico. Somos criaturas ilusas que sustentan su futuro en ilusiones que nunca son ciertas. Y así vamos tirando. Nuestra historia es la historia de un perpetuo engaño y ni los más desengañados pueden enseñarnos la verdad: que todo es pura irrealidad porque la realidad nos ha abandonado desde nuestros inicios y jamás la volveremos a recuperar.

domingo 25 de octubre de 2009

Siempre igual

Hay gente que por tal de caer bien acaba cayendo muy mal, y muy bajo. Tal vez no fuera su propósito inicial, pero al tiempo que un servilismo egoísta han ganado en el proceso bienintencionado unos valores vicarios que ocupan los que no les inculcaron sus mayores, tal vez por dejadez, tal vez por falta de receptividad de esta gente. Es complicado sacar conclusiones sobre comportamientos que afectan al conjunto de la sociedad, porque las variables son inabarcables y por tanto la posibilidad de análisis escasa, mayormente por el simple hecho de que la imprevisibilidad suele ser un ingrediente principal en el comportamiento de cualquier grupo humano. Pero, obviando lo científico, hay para quien sepa verlas imprevisilidades bastante predecibles, como el hecho singular pero no sorprendente de que George Bush jr. diera un pequeño golpe de estado accediendo a su segundo mandato con una maniobra claramente antidemocrática en el país que abandera la democracia. No buscó caer bien Bush, sino todos los norteamericanos que permitieron tal dislate por miedo, por cobardía colectiva, consintiendo semejante tropelía y adoptando luego la postura del avestruz. No difiere en la esencia esta actuación colectiva del pueblo norteamericano con la que tuvo el pueblo alemán con los nazis, por ejemplo, o la de tantos que tanto han consentido para salvaguardar sus pellejos 'cayendo bien', no dando qué hablar, procurando una invisibilidad social o, más activamente, alagando al poderoso mediante la traición al vecino. Es triste saber -aunque nunca se sabe por adelantado- que tu prójimo será tu verdugo algún día, pero así está escrita la historia de los pueblos, y los que han sobrevivido, mal que bien, no terminan de tomar nota. Por eso la historia siempre se repite para mal.

miércoles 21 de octubre de 2009

Mi mundo




Aunque pueda extrañar a quien me conozca, yo fui un niño muy sensato, o así lo creía; en realidad estaba convencido de ello, o eso quería creer. Recuerdo que una vez mi padre me preguntó qué quería ser de mayor y yo, sin dudarlo un segundo, respondí que de mayor quería ser un adulto. A mi padre la respuesta le molestó, tal vez porque tenía puesta en mí alguna esperanza de mejoría, o de algún atisbo de normalidad; me miró con pena y susurró: 'si no fueras tan listo tal vez serías menos tonto'. Mi aspiración infantil se ha cumplido en parte: físicamente no cabe duda de que soy una persona adulta. El resto de mis facetas, sean cuales sean, aún flotan a la deriva en el limbo indefinido de una niñez perpetua, sin encontrar una salida hacia delante ni hacia atrás, es decir, que ni maduro ni vuelvo al nido, sino que permanezco, indolente, en un ámbito ajeno al espacio y al tiempo, contemplando pasar la vida retrepado en mi desidia mientras mordisqueo un mondadientes.


Las leyes físicas siempre me han parecido un vano intento de ponerle puertas al campo, deseos insensatos de acotar lo infinito, porque nada tiene el poder suficiente para sujetar la imaginación. Ese es mi mundo, el mundo que siempre he habitado: el de los trenes voladores y los dragones miopes; el de los mensajes que viajan en botellas estelares arribando de cuando en cuando a planetas habitados por seres que siempre sonríen; el de nubes de algodón que sueltan lluvia de azúcar y miel sobre campos de refugiados moribundos, y dioses furiosos que aniquilan con los rayos que desprenden sus furibundas miradas a los causantes de tamañas tropelías; el mundo de los ultrasonidos que sólo yo oigo y el de los vientos que cambian su rumbo a mi antojo; el mundo de los árboles que crecen hacia abajo y de los ciervos que persiguen a los leones; un mundo sin leyes ni orden, sin códigos ni sistemas, sin comienzo ni final. Es el mundo que inventé cuando era niño mientras fingía que era sensato lo mejor que podía, pero no me salía bien y enseguida me calaban. Yo era y sigo siendo con orgullo un cabeza hueca, un soñador irresponsable, un aspirante a escritor alérgico a los desencantos. Para servir a ustedes.

La nueva ética


Es ya un tópico decir que la humanidad ha progresado sólo en la vertiente materialista, pero que en lo moral estamos igual que hace diez mil años. Yo no estoy de acuerdo para nada. En mi opinión hemos evolucionado moralmente, sólo que -al igual que ocurre en el progreso material- esa evolución ha sido mucho más acusada en algunas capas de la sociedad que en otras, lo que es coherente con la teoría evolucionista darwiniana. En los estamentos más arribistas de nuestra sociedad el criterio ético fundamental ha evolucionado en el tiempo para pasar de ser 'obra correctamente' -de acuerdo con el canon moral vigente- a 'obra de modo que luego no tengas remordimientos'. Y esto es un logro moral sin precedentes. Porque hagas lo que hagas siempre estarás a salvo de la carcoma de la culpa, y como según los sabios no hay peor juez que uno mismo, quien practique esta nueva ética siempre será inocente ante sus propios ojos, que son los que importan. Sí, ya sé que es una postura un tanto cínica y por tanto contraria a la ética, pero en el mundo en que vivimos, ¿quién sobrevive a tanto embrollo ético, político y jurídico sin caer en alguna pequeña contradicción? Es humano y hasta saludable. Además, la ausencia de culpa permite escribir a algunos de estos paladines de la nueva ética, en cuanto salen de la cárcel, un libro en el que detallan cómo han conseguido mantener la dignidad en un entorno hostil y degradante y dedicarse acto seguido a negocios turbios donde la dignidad es un valor que no cotiza. (No cuentan si mantuvieron también la virginidad, pero da igual porque estos visionarios del nuevo orden mundial ya estaban muy acostumbrados a poner el culo antes de entrar en el talego). Ahora se está fraguando el siguiente salto moral que les proporcionará la estabilidad necesaria para mantener su plutocracia ad infinitum, y que será algo parecido a 'obra como te salga de los cojones siempre que no te pillen'. A los remordimientos que le den; y al resto de la sociedad también, como siempre.

miércoles 14 de octubre de 2009

Mario

Mario Conde ha salido de la cárcel con ánimo emprendedor, es de suponer que el mismo que le llevó en volandas de la facultad a la presidencia de un banco, aunque supongo que moldeado por la experiencia robinsoniana de sobrevivir a un naufragio vital sin otra ayuda que su propio coraje. Ha dejado claro que es un tipo duro, además de listo y éticamente ambiguo. Ya está metido en negocios varios y al parecer prometedores que tal vez concibiera en el silencio de su celda con la paciencia del vengativo que construye con parsimonia el instrumento de su venganza. Y también ha recuperado su discurso impecablemente errático de medrador sempiterno, su incontinencia mediática, su visible vocación mesiánica.


Desbaratado su sueño berlusconiano de fusión de poderes con él al mando, busca regresar a Itaca con renovadas fuerzas pero cubierto con una piel de cordero para que nadie le adivine la intención -bastante clara tras la publicación de su libro- de volver a las andadas. Quien se cree intocable no reconocerá el tacto de la mano que le agarra el pescuezo ni el del pie que le patea el culo. Los delirios de grandeza pueden ser un buen motivo -aunque malsano- para justificar una existencia y unos actos, por muy cuestionables que estos sean, pero no dejan de ser delirios. A pesar de la lucidez que aparente quien los padece, algún día la verdad se le revelará en su desnudez inapelable, que suele ser el día en que ya no hay remedio y uno siente con impotencia el peso excesivo de su estupidez.