Esta mañana me ha telefoneado E.T. desde su casa, situada en una remota galaxia. Quería saber qué tal les va a los niños a los que con tanto amor recomendó hace años que fuesen buenos. Es decir, Drew Barrymore y el de las orejas. Le aclaro que la limitada capacidad telequinésica y de proceso de datos -en órdenes de magnitud superiores a la tercera potencia- del cerebro humano no da para un conocimiento exhaustivo de la vida y andanzas de cada habitante de este planeta, como ocurre en su mundo o en el mío, así que hay que recurrir a lo que aquí se denomina ‘medios de comunicación’, que no siempre suministran noticias exentas de supresiones o añadidos, cuando no de alteraciones tremebundas, debido a ciertos intereses de índole turbia que los editores suelen introducir –bien que con letra pequeña o incluso con tinta invisible- en el código deontológico cuyas conductas gobierna. Según estos medios de dudosa verosimilitud –insisto- Drew dedicó su adolescencia a visitar centros de rehabi...
Un alienígena alucinado.