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Paridas


Hay una golondrina que me adormece con sus piruetas hipnotizadoras. El cartero siempre llama dos veces, pero jamás le he abierto. Sandokán desaparece bajo un sedoso tigre bengalí para mostrarse de nuevo, tras un interminable revolcón, fiero y vencedor, encima del felino y presto a penetrar su corazón  con su daga curva. Torrebruno, oculto tras una guitarra de proporciones que le exceden, seduce a un público improbable con voz atiplada y peluquín mal ajustado. Yamamoto se hace el harakiri con una pluma de avestruz donante de plumas para escritores en crisis o reinotas decadentes. Nunca estuve en el polo norte por más que vea cada día la aurora boreal. Los caballos no corren más porque en tu apuesta te vaya la vida. Siempre hay una cueva para refugiarse durante la tormenta, incluso antes de que necesites refugio para un chaparrón que aún no se ha anunciado. Bambi seduce al Lobo Feroz y Caperucita, cabreada, le envía a Mowgli un email con su versión de la historia distorsionada por los celos. Séneca se cagaba de miedo cada vez que le preguntaban si su estoicismo le rescataba del miedo a morir. Marco Aurelio era pura pose, y su fama la propiciaron quienes como él odiaban de tapadillo la guerra. Poe nunca bebió más de dos copas antes de perder el conocimiento cuya recuperación le impulsaba a beber otras dos copas, tal vez por eso nunca fue novelista. Yo puedo seguir escribiendo paridas eternamente sin encontrar un hilo conductor que las estructure en una pieza literaria con un mínimo de calidad. Y en eso consiste la vida: en una sucesión inconexa de sucesos, vivencias y acontecimientos que nada importarán dentro de un plazo temporal, como diría Ortega, lo suficientemente amplio para no distinguir la nariz de Cleopatra.

“Huid del preciosismo literario, que es el mayor enemigo de la originalidad”. Machado, Antonio.

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