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Una crítica culinaria

Se halla este novedoso restaurante junto a una vistosa montaña de materia reciclable que algunos vecinos quisquillosos insisten en seguir llamando vertedero. Su fachada, rústica y austera, evoca imágenes de vetusta taberna, horno cálido y manjares suculentos que despiertan gozosamente a los hasta entonces adormecidos jugos gástricos, que se alborotan alegres ante el áspero olorcillo a gorrino que nos llega directamente de las cochiqueras situadas –sin duda un despiste del diseñador- en el mismo recibidor del restaurante, de manera que no hay que sortearlas sino atravesarlas para acceder al comedor propiamente dicho. Una vez en éste, el mismo propietario nos atiende afablemente y nos pide que nos quitemos los zapatos, cosa lógica ya que se han ensuciado al atravesar las porquerizas; no dejo de señalarle la delicadeza del detalle, pero me responde, para mi sorpresa, que no es por eso, es que es cantonés y no quiere perder la costumbre patria, dice en español deserrezado y eleizado. Me coloco las gafas de cerca y constato lo afirmado por el oriental, no sin sorpresa por cierto, ya que la guía señala claramente que se trata de un  restaurante aragonés, lo que comentado a Ying (como dice llamarse el propietario) provoca su risa y nos responde que sus padres eran de Calatayud pero que emigraron al a China para aprender artes marciales y terminaron por abrir un restaurante aragonés para hacer frente a las cuotas de la escuela, que eran astronómicas. Y tanto se fusionaron con la gastronomía local que acabaron por concebir un menú híbrido donde se podían elegir tanto butifal’a tles delicias como al’oz con cal’illada; menú que Ying había trasladado a España y servía diariamente en “El mandarín mañico” (ahora me explicaba lo de ‘mandarín’ en el nombre del restaurante).

 Nos sentamos en una de las tres mesas que hay en el comedor (poco espacioso, la verdad) y leemos la carta, escrita enteramente en mandarín. Le hacemos saber a Ying que nuestro poliglotismo no abarca la zona asiática y nos contesta sonriente que las obras de remodelación del local lo han dejado sin un yen, así que no ha podido hacerla en castellano y ha de usar la carta del restaurante de China, pero que con mucho gusto nos  dice lo que ofrece. De primero hay butifal’a tles delicias y de segundo al'oz con cal’illada; de postre, Buda proveerá; para beber, agüita de la fuente. Nos sorprende el primer plato por la ausencia del mismo propiamente dicho: la butifal’a la lleva Ying enroscada al cuello y en las manos dos montones de una masa inidentificable que el oriental arroja sobre la mesa; se desenrolla el embutido y, sacando dos cuchillos de los bolsillos traseros del pantalón, lo trocea hábilmente en un santiamén. De cubiertos, dos palillos: uno para mí y otro para mi acompañante. Debo confesar que aunque la pinta de lo servido era excelente, así como su olor, nada puedo decir del sabor ya que fui incapaz de usar mi palillo excepto para tirar al suelo aquello que pretendía llevarme a la boca, de modo que no pude catar ni una rodajita de la butifal’a. Nos cambió Ying la mesa por otra limpia y procedió a servirnos el segundo plato, que vino por su propio pie, ya que se trataba de un cerdo vivo con la boca llena de arroz. Le hicimos saber que no comíamos carne tan poco hecha y tras decirnos Ying que “no ploblema” nos arrojó un mechero de yesca “típico de Salagosa” para que le diéramos nosotros mismos el punto que nos apeteciera a la carne. Tampoco puedo dar mi opinión sobre el sabor de esta vianda ya que no conseguimos encender el dichoso mechero. Por lo demás, buena atención por parte del personal (de Ying, vamos), decoración vanguardista aunque un pelín atrevida y la enorme ventaja de no tener que pensar en los puntos del carné en lo referente a las bebidas. En resumen, muy recomendable para aventureros y suicidas.

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