En la reciente campaña electoral que ha vivido EEUU y durante un encuentro con prosélitos de su partido, estaba el candidato McCain estrechando las manos de sus incondicionales cuando una señora más bien mayor le dijo algo así: “Queremos que usted sea presidente, senador MacCain, y no ese Obama, que es un musulmán”, a lo replicó el candidato con presteza: “Señora, el senador Obama no es musulmán, sino un estadounidense decente”. Las connotaciones de su lapsus verbal evidencian el cariz fundamentalista de las creencias del señor McCain. Él tiene la certeza de que si uno es estadounidense y además decente es imposible que sea musulmán. La proposición inversa, por consiguiente, debe tener la misma validez, esto es, si uno es musulmán no puede ser un americano decente. Pero esta última afirmación es fácilmente refutable ya que existen ciudadanos estadounidenses que profesan la religión de Mahoma, sobre todo en la comunidad afroamericana. Y sería absurdo negar que entre ellos haya alguno decente. Es decir, que un musulmán puede ser estadounidense y también decente, ergo si uno es estadounidense y decente sí puede ser musulmán, como a lo mejor lo es el presidente electo de Estados Unidos. (No hay fundamentalista más peligroso que el que aparenta tener razón.)
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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