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Las gafas

 La elegante señora reprendía al chaval mientras se retocaba nerviosamente los elaborados tirabuzones. Se veía que trataba de no descomponer la figura, de no perder el garbo. Lucía un vestido esplendoroso.

-¿Me quieres decir, hijo mío, por qué me das estos disgustos? Tu profesor me ha llamado otra vez. Me ha dicho que como vuelvas a hacer novillos te expulsarán, perderás la beca. ¿Sabes lo que eso significa? ¡¿Lo sabes?!

Una gota de sudor que surgió de entre dos tirabuzones amenazaba el maquillaje que realzaba el brillo enfurecido que despedían sus ojos oscuros. Se retocó de inmediato con un pañuelo de seda y detuvo el peligro.

-Desde que tu padre falta me dejo la vida y la dignidad en ganar dinero suficiente para que tú no padezcas como yo, para que tengas una vida decente ¿Y cómo me pagas tú, eh? ¿Cómo me pagas, desgraciado? ¡Responde a tu madre, Pablito!

-Mi padre está en la obra, usted no es mi madre y yo no soy Pablito.

-¿Qué insinúas, malnacido? Ya te han comentado algo en el barrio, ¿no es cierto? ¡Mentiras de chismosos! ¡Ven acá, que te voy a cruzar la cara por hacer caso a calumnias! ¡Te voy a enseñar a respetar a tu madre!

-¡Señora, por favor, póngase las gafas!

Así lo hizo ella. Cuando reconoció al hijo de la vecina se avergonzó, y se dijo que en adelante llevaría puesta las gafas aunque desluciesen un poco su lozanía. Excepto en el trabajo, porque ya se sabe lo puntillosas que son las madames.

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