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Apuesta


Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos para ejercer el cargo que tragaderas para alcanzarlo. Ese no es mi caso, así que me conformo diciendo con una sonrisa de quita y pon que lo importante es pasárselo bien, y a los premios, el reconocimiento y las potenciales ventas que les den. Y una polla, como diría Enrique Páez.

Yo tengo una vanidad que alimentar, señores, que tiene que comer cada día –y come mucho-, y varios barmans no paran de recordarme que tienen que pagar el colegio de sus hijos, así que seamos serios. Pongamos que yo, en contra de mi naturaleza perezosa, diseñase y fuese cumpliendo un programa de escritura con el fin de terminar una novela. Sería un ‘best seller’ de pomposo título, por supuesto, nada de mariconadas. Lo llevaría a una editorial de renombre para que con una adecuada campaña de mercadotecnia consiguiesen las ventas deseadas de mi 'opus magna' y me convirtiese yo por el camino en un escritor egregio, fotogénico y laureado. Y después lo de siempre, ¿no?, es decir, más de lo mismo, mismo perro con distinto collar, idéntico libro con distinto título, más pomposo si cabe, nueva campaña de promoción, más ventas y por ende más dinero para la editorial y para mi bolsillo, y más laureles para mí. Etcétera.

Acabo de diseñar mi futuro, no sé si se han dado cuenta. Pongamos que se cumple, entonces prometo invitar a todos cuantos me lean a una cena con cava y caviar. Si incomprensiblemente no se cumpliese, ustedes me invitan a mí. ¿Trato hecho? Venga esos cinco. Las cosas, bien hechas, qué cojones.

(Nota Bene: otra opción: suicidarme tras la escritura del libro, como Kennedy Toole, y convertirme en escritor egregio póstumo, mártir de las letras y escarnio de las editoriales sin conciencia. Pero en ese caso no disfrutarían ustedes con la cena prometida ni yo sufriría con la factura.)

Comentarios

Andrea ha dicho que…
Es buena cosa conocer a alguien para conseguir la fama. De las posibilidades que das, mejor sería la amante, a poder ser del rey (no sé si la tiene).Ya lo dijo Voltaire cuando, por fin, le nombraron miembro de la Academia francesa: "más vale decir cuatro palabras a la amante del rey que escribir cien volúmenes". Ella era Mme. de Pompadour.
Te tomo la promesa y espero la cena de cava y caviar. La otra opción no es interesante.
Luis Recuenco ha dicho que…
Pues a mí no me seduce la idea de compartir amante con el rey, hasta ahí podíamos llegar; yo tengo conciencia de clase o, más bien, alguna clase de conciencia -de difícil determinación-. Lo de la cena sigue en pie de aquí a la eternidad, a menos que fallezca antes.
Andrea ha dicho que…
¿Qien dice compartir amante? Solo conocimiento. ¡Que rollo lo otro!Es que me gusta lo de la cena y lo de la eternidad lo veo tan lejano. Tú empieza, que es lo primero que hay que hacer y luego Dios dirá, o no...

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