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Carta a una vieja conocida


      Querida hoja en blanco:

      Sirva la presente para poner en tu conocimiento que me cago en la madre que te parió. ¿Por qué me das tanto miedo? Pero si no eres nada, apenas un trozo de espacio conceptualmente vacío, como la mente de un político; careces de rasgos o símbolos que puedan infundir temor y aún así te temo. Te temo más que, de niño, temía al coco, o al hombre del saco, o a los Reyes Magos (no es que fuese un niño raro, simplemente republicano); más de lo que luego, durante los años de mi adolescencia, temí los cates en mates, o a los matones del insti, o a la ceguera que estuve a punto de contraer a base de pajas, o a sacar a bailar a una chica en un guateque; te temo aún más de lo que ya de adulto he temido a cosas más dignas de ser temidas: las políticas militares de los gobiernos, el nihilismo de los futuros próceres o que ella me abandone algún día.

      Te temo más que a mi propio miedo, inmaculada hija de puta. Eres la sábana mortuoria del terror, la casulla del nazareno del anticristo, la envenenada leche de burra donde se sumerge lo más recóndito de mi imaginación, el pañuelo que seca las lágrimas de mi perenne impotencia ante ti, ante la idea de tu visión cada mañana, mi desayuno de tostada de leche condensada con estricnina, el blanco de mis ojos cuando entran en trance y casi me privo de mí mismo, la luz de la linterna de mi subconsciente. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro compañera, no debía de quererte, pero eres mi vida entera.

     (Prometo intentar no volver a soñar contigo, perderte el respeto, injuriarte, arrugarte y pisotearte, pero por favor, no me abandones, ni me denuncies por malos tratos: soy yo el maltratado, ¿es que no te das cuenta? Penitencia de mi alma, grillete de mi voluntad, celda de mi alegría, castigo cotidiano  a mi empeño tal vez desmesurado, a mi osadía de querer inundarte de tinta divina y fecunda como el semen, emborronarte con deliciosa tipografía de fecundo significado, darte vida nueva y fértil, extinguiendo al irte escribiendo la otra, la terrible, la por ahora ineludible, esa vida fantasmagórica que me acojona y me impide enfrentarme abiertamente y de una vez por todas a ti, y también a mí.  Sobre todo a mí.)

Comentarios

Andrea ha dicho que…
Te veo muy temeroso con la inmaculada hija de puta, pero hay que ver que poco miedo te da llamarla de todo. Un buen deshaogo,pero ¿qué solución le das? ¿Sabes cual le dió Hemingway y del que aprendió G.Márquez? Pues que el trabajo sólo debe interrumpirse cuando ya sabes cómo reanudarlo al día siguiente. Así te evitas la agonía matutina ante el papel en blanco. O paras cuando tienes todavía algo en la cabeza y durante la noche se va rellenando. Al día siguiente ya tienes con qué empezar a manchar la hoja en blanco.
Luis Recuenco ha dicho que…
Ya conocía el método de Hemingway, tal vez sea por eso que sólo escribió bien algunos de sus cuentos. Lo he probado, pero al día siguiente, todo el entusiasmo de tener ya planeado el trabajo desaparece. A lo mejor planificar no es lo mío. En esto, cada cual se busca las habichuelas como puede. Yo sé que hay un método para mí, pero aún no lo he descubierto.y, por supuesto, no me rindo.

Saludos

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