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El ciego del perro


Iba a escribir una historia acerca de un ciego que pasea con su perro lazarillo por una playa solitaria cuando de repente me ha asaltado la duda de si no sería mejor que paseara por una calle concurrida de una ajetreada ciudad, porque en una ciudad hay en principio más peligros para un ciego que en una playa. Pero luego he pensado que precisamente debido a la tranquilidad de la playa, que implica la ausencia de gente que pueda importunar el trabajo de, digamos un asesino, debido a esa ausencia de testigos, digo, pues una playa puede convertirse en el escenario idóneo para un crimen. Un momento, he pensado enseguida, ¿por qué tiene que haber peligros o un crimen en el relato? Yo sólo quiero escribir una historia breve y sencilla sobre un ciego que pasea tranquilamente con su perro lazarillo ya decidiré dónde, pero no había ningún asesinato previsto, ¿qué ha pasado aquí? ¿Tenía ya inconscientemente preconcebido el asesinato como parte del relato? ¿Se ha incorporado sobre la marcha ese elemento a la trama del mismo según me he puesto a reflexionar sobre la conveniencia de un escenario u otro para el paseo del ciego con su perro? Porque la existencia de ese elemento de un modo precognitivo implica necesariamente la idea de un mundo de relatos ya terminados pero aún sin escribir; una especie de biblioteca fantasma repleta de libros que existen en un mundo ideal –en el sentido que Platón daba al término- y que esperan a ser escritos por la persona adecuada. La consecuencia inmediata de este supuesto es que un escritor no es más que un amanuense que se limita a transcribir o a transliterar lo que alguien –que no se sabe quién es, tal vez el propio relato- le dicta. Y entonces la diferencia entre un buen y un mal escritor no consistiría sólo en el hecho de haber ganado o no un premio literario linajudo, sino en que haya sido escogido –seguimos sin saber por quién- para escribir mejores historias que el otro, o quizá no tanto mejores historias –siempre la dificultad de la imparcialidad en los juicios absolutos-  como historias que van a perdurar en el tiempo, como la de Don Quijote, o la de Robinson Crusoe, o la de Moby Dick. Eso explicaría que Cortázar o Marías hayan asegurado que cuando comienzan a escribir una historia no tienen ni idea de la trama y que para ellos mismos es a veces una sorpresa los senderos que esta sigue.

Pero si no es ese el caso, es decir, si el elemento criminal en la historia del ciego que pasea con su perro por vaya usted a saber dónde ni para qué, si ese aspecto narrativo ha surgido con naturalidad como parte de la historia –aún no siendo yo del todo consciente de ello-, entonces ya tenía yo dentro de mi cabeza esa historia y no otra, esa era la que quería contar, sólo que no la conocía por no haberla escrito aún, por no haber elegido todavía cada palabra de entre otras muchas posibles, lo mismo que cada frase, cada párrafo, cada escena, etcétera, de entre otras múltiples alternativas, y en ese caso estaríamos definiendo una clase de escritura de ficción, o quizá sea mejor decir una clase de escritor de ficción que da forma a las historias que escribe conforme las va escribiendo, y sólo al ser escritas cobran las historias vida. O, dicho en otras palabras, mi historia tenía -sigue teniendo- una preexistencia informe, como una argamasa, y sólo al ir yo escribiéndola le iré dando forma, moldeándola como a una estatua u otra pieza artesanal.

 Por otra parte hay escritores, como por ejemplo José Luis Sampedro, que afirman no dejar nada al azar y que cuando comienzan una historia ya saben exactamente lo que va a pasar en ella al detalle, incluido el final, escritores que prefieren no tentar a la suerte y que escriben una historia como quien construye un edificio.

 De manera que ateniéndonos a estas dos últimas posibilidades habríamos eludido el determinismo narrativo da la primera opción contemplada para definir un libre albedrío literario que se manifiesta, al menos, de dos maneras posibles: la creación ‘sobre la marcha’ y la creación ‘preconcebida’. La primera supongo que debe de ser más emocionante aunque también más arriesgada. La segunda vendría a ser como construir sobre plano, sin la posibilidad del vuelo imaginativo que cualquier escritor adicto al riesgo precisa.

Y luego existiría -es de suponer- un arco iris de posibilidades intermedias.

Dejándonos de teorizaciones banales y de heurísticas de poca monta, resulta que lo único que tengo por el momento es un ciego que pasea con su perro por un lugar que aún no he decidido y con un propósito todavía por establecer. O sea, que no tengo historia. Eso sí, cuando la tenga, al ciego me lo cargo aunque me tenga que convertir yo mismo en el personaje del asesino.

Comentarios

hombredebarro ha dicho que…
Tienes una historia cojonuda. Un ciego temeroso de ser asesinado pasea por una playa acompañado de su perro.
Saber lo que pasa en la historia que uno va a escribir le quita sentido a escribir, no porque lo más importante sea desarrollar una trama, que puede resultar entretenido, sino porque hay una metáfora que vamos a desvelar poco a poco sin saber lo que estamos haciendo.
Otro saludo.
Luis Recuenco ha dicho que…
Sí, pero, ¿por qué diantre tendría el ciego que tener miedo? Tal vez desea ser asesinado; ¿y el perro? ¿cómo sabemos lo que siente el perro al respecto? A lo mejor es crucial para desvelar la metáfora.
Un saludo.

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