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El decorador


Él sabía que no eran muchos en total, cinco o seis a lo más en todo el mundo. Como también sabía que los otros no sabían más que él mismo. Se daba a conocer con suma sutileza, frecuentando actos adonde la parte noble de la sociedad solía acudir, y entablando con delicadeza y paciencia relaciones con algunos de ellos, los de peor aspecto y por tanto los más necesitados de sus servicios. Así lo harían también sus cofrades, allí donde estuviesen –serían nómadas, como lo era él, por precaución-. Las herramientas que utilizaba estaban hechas del material de los sueños, y esto era difícil de explicar a sus clientes, por eso, para evitar inquietudes y temores de última hora, o hasta renuncias, dedicaba mucho tiempo a la fase de ‘sensibilización’, como él la denominaba. Cuando llegara el momento, el paciente debía confiar plenamente en él, que a su vez, capacitado por esa confianza que el cliente le dispensaba, estaría en condiciones de disipar cualquier reticencia o duda, muy indeseables justo antes de comenzar la tarea.

Su don o habilidad misteriosamente heredada había condicionado su vida desde que, aún muy chico, tuvo conciencia de ella. Supo que para desempeñar con pericia aquello para lo que había venido al mundo debía ser libre por completo, y como pronto adivinó, no es libre quien padece alguna pasión o sufre algún miedo. Trabajó duramente para aislarse de sus emociones y aún así no era seguro del todo que no se viese apresado por alguna el día menos pensado, así que nunca relajaba la guardia. No tenía más de veinte años cuando atendió a su primer cliente. Captarlo no había sido fácil siendo él tan joven, pero dominaba con habilidad el arte de la persuasión, y además era un hombre guapo, así que con eso y la ayuda de un poco de suerte, una divorciada que mitigaba la frustración de la pérdida del marido dilapidando alegremente  las ganancias de la mitad del patrimonio de éste, que obtuvo tras el divorcio y que eran descomunales, acabó por aceptar, tras ser víctima inadvertida del proceso de engatusamiento a que se vio sometida por parte de aquel joven tan atractivo y con tanta labia, la propuesta profesional que él le hizo, tras haberle abierto los ojos acerca de las imperiosas reformas que su alma precisaba. No fue fácil, pero tras muchas conversaciones amenizadas con cócteles y música de fondo y salpicadas de piropos más o menos encubiertos, y durante las que ella lúbricamente imaginaba, tras las palabras embriagadoras del adorable joven, tórridas escenas de cuerpos desnudos empapando de sudor las sábanas de su propia cama, la rica divorciada acabó por aceptar que aquel efebo se dedicaba a decorar almas y que estaba deseando decorar la suya.

Aunque al principio ella interpretó de una manera metafórica la descripción que él le hacía de algunos detalles de su tarea durante las sesiones de trabajo, pronto pudo comprobar asombrada que, avanzada ya la fase de diagnosis, como él la denominaba, había, junto a la jerga un tanto pretenciosa tan habitual en ese gremio y que ella desoía a propósito, la mente fija en la sola idea que la había movido a contratarlo, un inquietante fondo de verdad en las conjeturas que sobre su alma aquel joven hacía. Por lo que casi sin darse cuenta fue poco a poco prestando oído a las palabras que fluían suaves y hechiceras de la boca del joven y, también al margen de su conciencia, transmutando en su interior la suavidad y la hechicería de los discursos del decorador –ya lo sabía así para sus adentros, se habían esfumado las dudas- por el dogmatismo y la contundencia propios del lenguaje científico y docto. Fue pasando inadvertidamente, como en un proceso osmótico, del descreimiento a una credulidad casi religiosa, o al menos mágica, y supo que él podía ver dentro de su cuerpo y llegar hasta su alma, a la que veía en una perfecta y a la vez defectuosa desnudez, defectos que él fue enumerando a medida que escrutaba su inmaterial interior con una precisión de relojero que modificó en ella el sentido del pudor y la impulsó, sin ser consciente de ello, a un ridículo y pudoroso intento de ocultar, con el escaso parapeto de sus manos y brazos, la visibilidad de su alma como es frecuente en estas situaciones hacer con el cuerpo. Finalmente se rindió y dejó caer los brazos junto al resto de sus reticencias. Dejaron de ser alegóricas para ella las frases: “Aquí habría que rebajar una pizca el orgullo y darle una pátina de sinceridad”, o: “Estas jambas de estulticia yo las cambiaría por pilastras de intuición veteadas de inteligencia”, o: “Aquella bóveda de cañón de ira habría que cambiarla por otra de crucería de sosiego reforzada en su arranque con un arbotante de candidez”, y así, hasta describir su alma entera con tanta pericia que a ella le parecía verla dibujada en un plano. 

A pesar de que la alegre divorciada no vio cumplido su deseo erótico, no lo lamentó, ya que tras la redecoración de su alma el deseo había desaparecido, debido sin duda a una galería de pudor con que el joven decorador había rodeado el patio de su lujuria. Hubo otros muchos clientes, la gran mayoría mujeres; todos habían quedado satisfechos del trabajo del decorador y lucían sus almas remodeladas en salones y saraos donde gente conocida elogiaba los saludables resultados de las reformas. Hoy vive retirado y solitario en algún cortijo sureño, rodeado de mandarinos y con la única ocupación de alimentar a sus tres perros. Piensa alguna vez en qué habrá sido de sus desconocidos cofrades, sin importarle en realidad mucho ni poco. Considera en ocasiones la posibilidad de probar sus artes con los animales, pero ¿quién quiere un perro guardián dispuesto de antemano a trabar amistad con un eventual caco?

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