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Hablando con mi loro


La transferencia de facultades intelectuales, incluso entre seres de diferente especie, no es un fenómeno nuevo, ya explicaba Kafka el caso del mono Pedro El Rojo, en el más sublime de los casos que dejaron constancia histórica. A nivel menos académico lo podemos comprobar casi a diario: perros que actúan como sus amos (y al revés), loros que parecen repetir lo que han oído cuando están soltando un discurso al que nadie atiende, delfines y orcas que adivinan y casi se anticipan a las intenciones de sus adiestradores hasta que se cabrean (como tal vez hicieron esos adiestradores sin darse cuenta al pensar mientras adiestraban a sus pupilos lo mal pagados que estaban, por ejemplo, y la ira contenida en ese pensamiento se propagó hasta las mascotas poniéndolas de mala leche también) y matan o malhieren a esos adiestradores. La mecánica del fenómeno sería esta: “Yo creo que tú puedes ser yo y tú vas y lo eres”. Y funciona, a veces.

Si esta insensata idea se tuviera por tesis (biológica, ya que filosófica seguro que existe), si la transferencia de facultades intelectuales superiores , hasta hoy privativas del género humano, fuese factible hacia otros seres de menor peso intelectual, las implicaciones del fenómeno serían tan diversas, hondas e insospechadas que antes o después, La Religión y hasta la propia Ciencia tomarían cartas en el asunto. La primera apelando a citas vagas y susceptibles de amplias interpretaciones procedentes de autoridades religiosas de reconocido prestigio, y la segunda reclamando para sí el derecho a la paternidad de todo avance que sin su visto bueno jamás sería oficialmente científico.

Pero aún así, supongamos la siguiente conversación entre yo y mi loro Juancho:

-Joder, Luis, mal te veo. 
 
-¿Y eso?

-No es por meterme en tu vida, pero paseas como un preso por el jardín hablando en voz alta.

Eso es cierto. ¿Sintomático?

-Es que tengo mucho en que pensar.

-¿Cada día desde hace más de diez años? Ya podrías haber encontrado una solución.

-Tú no sabes los problemas que atosigan a las personas, así que calla.

-Sé lo bastante de las personas que hasta sé cuándo dejan de serlo.

Perplejidad, consigue que me detenga.

-¿Y cuándo es eso, Juancho?

-Cuando, como tú, habláis otras lenguas.

-¿Qué lenguas?

-La de los loros, por ejemplo.

-Calla, impertinente yaco, qué demonios sabrás tú de los problemas que oprimen mi alma o la cualquier otra persona, de los demonios que vosotros, afortunados inhumanos...

-¡Luis! -voz de mi madre. ¡Luis! ¿Te pasa algo, hijo mío? -se acerca con cara preocupada.

-A mí no, ¿por qué dices eso?

-Por favor, hijo, deja ya de chillar como un loro, ¿avisamos al médico?

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