Como
no puedo dormir -para variar- y en este hotel de Roma solo puedo ver
una cadena en español que no para de comentar la noticia del
referendo convocado por el mandatario griego Papandreu no he podido
evitar formarme una opinión. El órdago de Papandreu es tan
obviamente falso, tan suicida, que solo puede tener una explicación:
asustar a su propio pueblo. Si los griegos comprenden que solo el
rescate europeo les puede salvar a pesar del esfuerzo que se les
exige, elegirán Europa. Y su primer mandatario tendrá a la fuerza
el beneplácito de su pueblo. La maniobra es arriesgada y
cuestionable, además de audaz, pero es un intento político de baja
estofa al que no le faltarán politólogos defensores de su
excelencia. Así es la política.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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