Como
no puedo dormir -para variar- y en este hotel de Roma solo puedo ver
una cadena en español que no para de comentar la noticia del
referendo convocado por el mandatario griego Papandreu no he podido
evitar formarme una opinión. El órdago de Papandreu es tan
obviamente falso, tan suicida, que solo puede tener una explicación:
asustar a su propio pueblo. Si los griegos comprenden que solo el
rescate europeo les puede salvar a pesar del esfuerzo que se les
exige, elegirán Europa. Y su primer mandatario tendrá a la fuerza
el beneplácito de su pueblo. La maniobra es arriesgada y
cuestionable, además de audaz, pero es un intento político de baja
estofa al que no le faltarán politólogos defensores de su
excelencia. Así es la política.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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