Es
difícil acostumbrase a dejar de ser joven, porque joven es lo que
uno ha sido toda la vida. La frase es de Oscar Wilde, que como murió
joven no tuvo tiempo para cosechar el fruto de su ingenio. ¿Y lo
deseaba? Ni puta idea, porque al carecer de ese envidiado -no cabe
duda- y endiablado reflejo intelectual no puede uno -seguro que sí
otro- tener la seguridad de si hablaba el hombre por experiencia
propia -dudoso, murió relativamente joven- o si brindaba otra de sus
frases a la posteridad. En cualquier caso, él fue joven toda su
vida. Porque su talento no fue concebido para durar más que su ardor
juvenil. Y porque los genios deben morir a tiempo. Hay que saber
cuándo morir, y si no se sabe reconocer la fecha con exactitud,
tratar de no morir el día de antes.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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