Es desagradable
encontrarse enfermo en un lugar extraño, ajeno a tu mundo habitual y
relativamente seguro; en el extranjero, por ejemplo, un simple
resfriado magnifica tu malestar y la vida entera se vuelve aparatosa
e intolerable. Estás en la cama de la habitación del hotel y oyes
las gotas de lluvia golpeando el cristal y ese sonido, tan amigable y
confortador en tantas ocasiones, se torna desagradable e inhóspito y
te produce melancolía y tristeza. ¿Será esto lo que ocurre en una
vejez solitaria? Esa invalidez, esa congoja, esa impotencia. De
momento, al menos, puedo recurrir a gente cercana en caso de extrema
necesidad. Pero, ¿y de anciano? Cuando solo el consuelo de una vida
sin decrepitud aporte a tu alma unas gotitas de alegría, cuando solo
el consuelo de otra vida alivie un poquito lo que te queda de esta.
Entonces, ¿qué? Porque como si en mi caso no existe ese mínimo
consuelo, ¿a qué te puedes aferrar? ¿Qué último recurso servirá
como bálsamo en esos postreros días? ¿Quién te pondrá su mano
caliente en tu cara y dirá: “Mira cómo caen las gotas de lluvia,
no es hermoso, mi amor”? Y tú siempre estás dispuesto a contestar
:”Mientras tú existas y estés conmigo todo será hermoso.”
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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