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Gotas de lluvia

 Es desagradable encontrarse enfermo en un lugar extraño, ajeno a tu mundo habitual y relativamente seguro; en el extranjero, por ejemplo, un simple resfriado magnifica tu malestar y la vida entera se vuelve aparatosa e intolerable. Estás en la cama de la habitación del hotel y oyes las gotas de lluvia golpeando el cristal y ese sonido, tan amigable y confortador en tantas ocasiones, se torna desagradable e inhóspito y te produce melancolía y tristeza. ¿Será esto lo que ocurre en una vejez solitaria? Esa invalidez, esa congoja, esa impotencia. De momento, al menos, puedo recurrir a gente cercana en caso de extrema necesidad. Pero, ¿y de anciano? Cuando solo el consuelo de una vida sin decrepitud aporte a tu alma unas gotitas de alegría, cuando solo el consuelo de otra vida alivie un poquito lo que te queda de esta. Entonces, ¿qué? Porque como si en mi caso no existe ese mínimo consuelo, ¿a qué te puedes aferrar? ¿Qué último recurso servirá como bálsamo en esos postreros días? ¿Quién te pondrá su mano caliente en tu cara y dirá: “Mira cómo caen las gotas de lluvia, no es hermoso, mi amor”? Y tú siempre estás dispuesto a contestar :”Mientras tú existas y estés conmigo todo será hermoso.”

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En “El estudiante alemán”, el joven Gottfried Wolfgang es un apasionado de la lectura que cree en un mundo imaginario al margen del mundo real y que todas las noches sueña con un mismo rostro de mujer. En el inicio del relato, Wolfgang camina por las calles de la Francia revolucionaria cuando, al llegar a una plaza, ve una persona junto a una guillotina. Para su asombro, la persona es la mujer con la que él sueña y de la cual se ha enamorado. Wolfgang y la mujer mantienen este diálogo:

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