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Ayer

 Ayer mi vida se vio sacudida por un seísmo de proporciones apocalípticas. Ya no podrá volver a ser la misma por más que yo lo pretenda. Como nunca me había ocurrido algo semejante estoy falto de referencias para expresar con claridad el suceso extremo que me perturbó ya para siempre. Fue algo brutal y dulce al mismo tiempo, un alud de nieve y un incendio furioso, una colisión astral en el jardín de mi casa. Acontecimientos así te marcan para siempre, alteran tus códigos, prioridades, preferencias y te abandonan, empapado del sudor del miedo, en medio de un campo en barbecho, tu vida en barbecho, tu vida hasta entonces predecible como las estaciones y apacible como un trigal dejándose mecer por el viento. Ayer pude oír una frase (“¿Papá, vamos esta tarde al cine?”) que volvió mi mundo del revés. Una frase dicha por una niña de seis años en cuyos ojos negros vi reflejada la cara de mi muerte. Los ojos de mi hija, la que no tuvo la menor oportunidad de nacer y en cuya alma inexistente pensaré hasta la locura los días que me sean concedidos. Eso fue ayer, cuando aún vivía entre vosotros.

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Transcribo el prólogo de la autobiografía del filósofo Bertrand Russell escrito por él mismo: PARA QUÉ HE VIVIDO

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