lunes, 23 de enero de 2017

Machismo asesino

De entre los crímenes que se han estatuído como habituales en casi todas las sociedades contemporáneas me resultan especialmente repugnantes las agresiones sexuales. Cualquiera puede ser una víctima pero los grupos de riesgo más elevado con diferencia son las mujeres y los críos. Los niños son víctimas potenciales de casi todo por su indefensión biológica y psicológica, y esta invalidez propia de sus pocos años está más que asumida por los mayores quienes mediante el instinto de protección y las leyes especiales para infantes ponen un especial empeño en protegerlos. Y aún así son los niños quienes más sufren y menos defensas tienen cuando suceden tragedias del tipo que sea. Pero ese peligro extra al que están expuestos es inherente a la niñez y toda la sociedad lo tiene asumido.

Con las mujeres la cosa es bien distinta. El innegable hecho de su inferioridad física respecto a los hombres y el detalle fisiológico de que no haga falta que la mujer se excite sexualmente para que el hombre pueda obtener placer de ella es una maldición que padecen las féminas desde el principio de los tiempos y las ha convertido en las principales víctimas de la violencia sexual machista. Por muchos avances sociales que hayan acaecido en casi los dos últimos siglos en cuanto al reconocimiento de sus derechos como ciudadanas, equiparables a los de los hombres, y por más que ya nadie ponga en duda sus idénticas capacidades de desempeño en todos los puestos de la pirámide laboral; incluso aunque supusiéramos ingenuamente que de hecho tienen las mismas oportunidades de ganarse las habichuelas que los hombres, jamás habría una igualdad real en el plano de ciudadanos libres debido a ese plus de peligrosidad que deben sobrellevar en sus vidas y que puede llevarlas, si llegan a sufrirlo con la virulencia propia de estos delitos, a su destrucción como seres humanos.

He leído en la prensa que un grupo de hooligans descerebrados -creo que la expresión es redundante- del Osasuna han desplegado una pancarta durante el partido del equipo pamplonica contra el Sevilla F.C. mostrando su apoyo a un miembro de 'la manada', aquel quinteto de sevillanos que violó salvajemente a una chica en los sanfermines. El macho, reducido a sus instintos más primitivos y violentos, tiende a confraternizar con los de su ralea y aúna sus causas trogloditas con sus iguales para mayor gloria de la hombría, de lo que ellos entienden por hombría, que no es más que frustración, estulticia y cobardía amparadas y justificadas por el abrigo del rebaño.

Lo más triste es que los responsables de evitar este tipo de comportamientos de apoyo a la violencia en los estadios siempre encuentran el modo de exonerar a esta gente que los protagoniza, supongo que porque son los mismos que montan pollos en las gradas para poner nerviosos a los árbitros y también, llegado el caso, los que libran batallas campales en las calles repartiendo leches a sus homónimos del equipo contrario y hasta arrojando a alguno al río para dejarlo morir ahogado. Yo los he llamado hooligans que en inglés significa gamberros, apelativo que por suave puede llamar a engaño sobre la verdadera naturaleza de estas bandas mafiosas que por desgracia son los principales valedores de los equipos de los que son fanáticos. Se les suele llamar 'ultras', pero el término tampoco es determinante -es casi eufemístico- porque se aplica a personas que sostienen ideologías políticas extremistas, pero las ideologías están compuestas de ideas y dudo mucho que esos individuos hayan usado la cabeza para algo distinto de dar cabezazos en las peleas.

En mi opinión, ese apoyo incondicional a un encausado por delitos de violación, vejación, agresión y robo es la cara más abyecta al tiempo que la verdadera esencia del machismo violento. No les basta con destruir a una joven indefensa sino que además tienen que alardear del crimen, regodearse en él, grabarlo y subirlo a internet, como si el hecho en sí fuera digno de loa, un acto encomiable del que presumir. Cinco hijos de la gran puta haciendo de todo a una joven sin la menor posibilidad de defenderse.

Les voy a contar un suceso del que fui partícipe hace ya unos años. Estaba en un bar con unos amigos una noche cualquiera y vimos entrar a una joven blanca como la pared que apenas coordinaba sus movimientos y no podía hablar. Tras un rato de preguntas e intuyendo ya lo que podía pasar no pude evitar salir a la calle donde, como suponía, había un fulano con el bolso de la chica. La esperaba supongo que para rematar la faena en cualquier callejón oscuro. Le hablé despacio y con voz pacificadora para reclamarle el bolso a cambio de dejarlo marchar. Se encaró, era su obligación de machote.

-¿Y que pasa si no me sale de los cojones dártelo?

-Entonces acabarás la noche en el hospital- respondí suavizando, casi almibarando el tono de mi voz.

Se llevó la mano al bolsillo trasero. Supe en el momento que no iba a sacar su cartera. Acabó en el hospital.


La chica se pasó de nuevo por el bar al año o así. Habría engordado unos veinte kilos y no era difícil adivinar que se medicaba una depresión. Aquel episodio le arruinó una parte de su vida. Y episodios similares suceden todos los días, y muchos de los criminales quedan impunes. Criminales de esta clase proliferan en todos los estamentos de la sociedad. Y si no que pregunten a los fantasmas que habitan la Casa Blanca en Washington.

1 comentario:

Maribel Jiménez dijo...

Me alegra tu vuelta Luis !!! Me gusta leerte .
Totalmente de acuerdo contigo, esos neanderthales debían desaparecer del mapa .