Según el afamado psiquiatra Víctor Frankl, el número de personas con depresión disminuye significativamente en tiempos de convulsión social extrema, como es el caso de una guerra. La angustia vital que produce no encontrar un sentido a la vida desaparece –o pasa a un segundo plano- cuando la vida misma, esa que antes de aparecer el conflicto carecía de sentido -y esa ausencia de sentido vital propiciaba la depresión-, pasa a estar en riesgo permanente de exterminio. También es curioso, y muy probablemente tenga estrecha relación con lo anterior, que se practique el sexo, desesperado y a la menor ocasión, bajo las mismas circunstancias de peligro persistente. Se folla, sin preámbulo previo de coqueteo, de ligue, con sólo una mirada de angustia entre dos personas, que saben, o suponen, que tal vez sea el último polvo. También cabe imaginar que aquí interviene un mecanismo oculto de la especie para asegurar su supervivencia: si corremos peligro de desaparecer, follemos indiscriminadamente para que la especie continúe con nuevos retoños. El caso es que los parámetros morales que gobiernan nuestras vidas en sociedad desaparecen y dejan paso al instinto más primitivo, ese que tal vez garantizó nuestra supremacía como especie a través de los milenios.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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