
Como soy varios Bvalltus al mismo tiempo (el que creo que soy, el que finjo que soy, el que los demás piensan que soy y el que en realidad soy) hay días en que ya no sé quién soy. Mi memoria portentosa me está empezando a abandonar, debido sin duda al hecho de que se siente explotada por mí: no sólo le pido que tenga disponibles, en los momentos más intempestivos, recuerdos archivados hace varios siglos, sino que le exijo además que almacene cada minuto de cada nuevo día, porque le tengo miedo a la demencia senil y porque estoy convencido de que el día menos pensado mis varios yoes acabarán provocando conflictos que sólo se resolverán si existe un testimonio fidedigno de lo que de verdad ha ocurrido en cada momento. Por eso los recuerdos son tan importantes. Nos mantienen anclados a la realidad, nos proporcionan un hilo temporal al que aferrarnos, y dan fe de que se puede ser gilipollas infinitas veces sin que eso afecte a nuestro sueño. Y también sirven, cuando se alcanza la senilidad, para contar batallitas que nunca ocurrieron.
Si algún día tuviera nietos –para lo que haría falta el trámite previo de tener hijos- les contaría una mentira tras otra, falsearía la realidad para confundirlos y vengaría en ellos mi para entonces previsible falta de tiempo en esta vida legándoles todos mis terrores. Sería el perfecto abuelo cabroncete. Y es que, a esas alturas de la vida, lo único que se puede ser plenamente es un hijo de puta. Y, como corolario, tratar de que tus nietos también lo sean. Y después morirte con la tranquilidad de conciencia que suministra el cumplimiento del deber. Y es que, como dijo aquel, "sólo se muere una vez, ¡y es para tanto tiempo!"
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