Ir al contenido principal

El ciego del perro IV


Seguimos con el ciego paseando por la playa agarrado a la cadena de Boniato. Hace viento y empieza a refrescar. Sale bruscamente de sí mismo, se separa de sus pensamientos y decide que hay que regresar. En ese momento Boniato tira de la cadena y con ella de él, que casi cae. Logra conservar el equilibrio porque justo entonces el terreno se empina y él apoya su mano en una ladera imprevista mientras oye al perro ladrar con furia. ¿Qué habrá visto? Los tirones del perro le impiden recuperar del todo el equilibrio y se ve obligado a trastabillar en pos de Boniato subiendo por esa ladera. ¿Qué está pasando? Trata de gritarle al perro que se calle, pero una inquietud repentina le hace callar. Algo no va bien. Oye, lejanas, unas voces, sin distinguir las palabras. Al menos no todavía. El perro se ha detenido y él supone que está en la cima de aquel montículo de piedra y tierra, porque no recuerda que en esa zona hubiese una montaña o un obstáculo de mucho tamaño, debe de ser algo nuevo o quizá algo que siempre estuvo allí pero que por carecer de suficiente relieve él no lo había notado; también pudiera ser un cúmulo de tierra depositado allí desde una obra cercana. Boniato gruñe y ladra con más fiereza; las voces se escuchan mejor ahora; y oye, por fin distingue, nítida, una palabra: ‘¡Dispara!’. A continuación, el sonido de un impacto cercano.

 El ciego siente ahora miedo. Alguien les está disparando, pero le queda lucidez para darse cuenta que a él no le pueden ver, a él no le ha dado tiempo de levantarse del todo, así que Boniato, que estará en la cima del montículo –se ha detenido, la cadena sigue tensa porque él está tirando, tratando de hacer bajar al perro- es lo único que esa gente tiene a la vista. Sin atreverse a darle una orden, tira con fuerza de la cadena y el perro resbala. Ahora oye con claridad el sonido de un disparo. El perro aúlla. A él le entra el pánico, tira con todas sus fuerzas de la cadena y el perro le obedece ahora y le adelanta corriendo. El ciego nota, a pesar del trastorno que le invade, que Boniato cojea. Oye mucho más cercana las voces. “Dispara, coño, dispara”. Un impacto muy cercano le hace correr sin miedo a un obstáculo por primera vez desde el accidente. Corre y jalea al perro, le grita que corra aunque el animal, impedido por la cojera, no puede ir más deprisa. ¿Qué hacer? Dios mío, ¿qué ocurre aquí? Este no era el guión previsto por nuestro protagonista. Pero los guiones nunca son tarea de los protagonistas ni de ningún otro personaje. Ellos no saben que lo que les ocurre está siendo imaginado y escrito por alguien a quien lo peor que le puede pasar es que deje de pensar y por tanto de escribir, alguien que puede tener un mal día y verse obligado a detener la historia; y si sucede eso, a lo mejor la historia se ve alterada por los pensamientos de más que ese creador omnímodo tenga mientras por el motivo que sea no pueda o no quiera centrarse por completo en dicha historia, zambullirse en ella y bucear en sus aguas de infinitas posibilidades, a pulmón si hace falta, y no salir hasta no haber vislumbrado, muy al fondo, el motivo que le ha impulsado a escribir lo que escribe, a torturarse con unas ideas y unos aconteceres que no van a modificar su vida. ¿O sí? ¿Y si es que sí? ¿Se verá su vida alterada en algún sentido por aquello que escribe, con tanto esfuerzo a veces? ¿Tiene sentido que sea así? A lo mejor el creador está empezando a intuir que la literatura no se puede concebir en términos utilitaristas; que es algo que no se puede evitar, que ocurre porque sí –o al menos él debe tratar de que ocurra-, sin otro motivo que un incierto pero abrumador impulso.

Volvamos a la escena. Ciego y perro corriendo por la playa en una carrera salvaje en la que les va la vida. El ciego siente una punzada en una pierna, como una cuchillada instantánea que le hace caer. El perro se detiene y gime. Las voces se acercan. Antes de perder el sentido, el ciego alcanza a oír una sirena. Un coche de la policía, piensa. “¡Alto a la Guardia Civil!”, oye. Se desmaya.

Comentarios

Andrea ha dicho que…
Desde el 23 de marzo esperando y ahora unes a mi angustia de a-fonia y a-nicotina, la angustia de Boniato y el ciego. ¡No me puedo creer que el creador omnímodo no esté para crear! No tengas pensamientos de más y centrate en la historia. No te tortures, ni nos tortures. Da libertad al impulso y una solución a lo que empezó siendo un paseo playero y espero que no termine en tragedia.
Luis Recuenco ha dicho que…
A Somerset Maugham le criticaron que su libro "Servidumbre humana" tuviera un final feliz, y él adujo que era él único final que admitía el libro. En cuanto a la creatividad, hago lo que puedo, que no es mucho, el tratamiento o una sobredosis de doctores está mermando mi salud y mi ánimo.
Andrea ha dicho que…
Como a S.M. ¿podría tu relato no admitir más que un final feliz? Sería bueno para todos.
Creo que te dije alguna vez que hasta para ser feliz hay que utilizar la moderación; mucho más con los médicos que pueden llegar a crear adicción y dependencia. Creo que vas a tener que volver a leer a Moliere.
Sigue creando, seguro que sí puedes mucho más.

Entradas populares de este blog

Resumen de un cuento de fantasmas

Me encantan los cuentos de fantasma. Aquí les apunto uno de los más sintéticos de Washington Irving, “El estudiante alemán”, que H.P. Lovecraft clasificó como ejemplo de la “Desposada cadáver”, tomado de la compilación “Fantasmas” de Eduardo Berti..
En “El estudiante alemán”, el joven Gottfried Wolfgang es un apasionado de la lectura que cree en un mundo imaginario al margen del mundo real y que todas las noches sueña con un mismo rostro de mujer. En el inicio del relato, Wolfgang camina por las calles de la Francia revolucionaria cuando, al llegar a una plaza, ve una persona junto a una guillotina. Para su asombro, la persona es la mujer con la que él sueña y de la cual se ha enamorado. Wolfgang y la mujer mantienen este diálogo:

-¡No tengo amigos sobre la tierra! -dijo ella. -Pero tiene hogar -replicó Wolfgang. -Sí, ¡en la tumba!

El estudiante recoge a la mujer y le ofrece que vivan juntos para siempre. “¿Para siempre?”, pregunta la desconocida, con solemnidad. “¡Para siempre!”, repite W…

Me pregunto

Llevo ya seis años con esto de la escritura. Me pregunto cómo no descubrí a más temprana edad esta vocación. Me pregunto cómo descubriéndola tan tarde no me doy más prisa. Me pregunto a cuento de qué esos miedos que tanto me paralizan. Me pregunto si ser un inmaduro me sujeta la pluma. Me pregunto si antes de que lo fuera algo me la podría sujetar. Me pregunto por el convencimiento del sentido de uno en la vida, que nunca llega porque tal vez no lo haya, a pesar de Viktor Frankel y sus teorías persuasivas. Me pregunto si uno escribe porque ese es su sentido o para descubrir cuál es. Me pregunto por qué desde chico leo tanto, y por qué lo sigo haciendo a pesar de que ya no todo -ni, por desgracia, una parte menor- lo que leo me hechiza. Me pregunto si el hechizo es la finalidad de la escritura, un hechizo justificado así solo lo sienta un solo lector, o solo el escritor. Me pregunto si dar vueltas a las cosas me modifica, me hace mejor. Me pregunto de nuevo si el sol sale para que veam…

Un cuento epistolar

Querida Montse: Ya sabes el motivo que me impulsa a emprender este viaje, así que no mencionaré más el tema para no violentarte; sólo espero que a mi vuelta el tiempo y tu acentuada capacidad de discernimiento te hayan hecho reflexionar sobre el futuro de nuestra relación -de momento, y para mi congoja, inexistente. He decidido que voy a escribir una carta al final de cada jornada en la que te relataré lo que la misma haya tenido digno de destacar, así como mis pensamientos e impresiones del día. Después te las iré enviando, o tal vez no, tal vez me las guarde y nunca sepas de ellas, como no sabes de la verdadera dimensión del amor que te profeso, ingrata musa testaruda y esquiva, lucero de mi mañana, estrella polar de mis noches insomnes, alma gemela; siento en lo más profundo de mi ser que tu corazón de pedernal tiene una coraza a prueba de halagos, pero yo descubriré un resquicio, una mínima grieta en esa armadura para filtrar por ella mi hechizo de amor, para cautivarte con artes …