Tengo que decir que soy piloto de avionetas, y aunque para ello la preparación requerida diste mucho de la que se exige a los pilotos de grandes aviones, hay conocimientos elementales comunes. Por ejemplo, que aunque sea siempre recomendable evitar tormentas, atravesarlas no tiene por qué entrañar un peligro grave para el avión, a no ser que el fenómeno atmosférico sea excepcionalmente grave. Si además el aparato es de alta fiabilidad, como suele ser común en aviones comerciales, el riesgo de siniestro es mínimo. Por eso no doy crédito a las ambiguas noticias sobre el accidente del avión de Air France desaparecido en el Atlántico. Ambiguas y contradictorias; y para colmo insuficientes. Descartada la posibilidad de recuperar la caja negra, sólo cabe preguntarse por qué se desatendieron hasta veinticuatro solicitudes de auxilio en el corto espacio de cuatro minutos. Graves negligencias se adivinan que no deben quedar sin dilucidar. Por la tranquilidad de los familiares de los fallecidos y de los viajeros que vuelan con asiduidad.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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