Sube y sube la adrenalina a mi cabeza. Es como una adicción, no sé parar, no lo controlo. Procuro no mirar pero mi vista se desvía a veces hacia los diminutos muñecos allí en el anfiteatro. Mi cuerpo tiembla entonces y eso puede hacer peligrar mi vida. El psicólogo me lo dice, no mires, no te distraigas, pero la satisfacción de saberme sobrecogedoramente, abismalmente admirado, es una droga demasiado poderosa. Están a mi merced y yo a las de ellos. No hay equilibrio emocional, lo sé, sólo equilibrio. Aún así los miro, los desafío, juego mis cartas. Eso es la vida para mí, un continuo rebelarme, engallarme, ante quienes jamás conocerán los secretos mortales de mi ocupación, ante quienes por el precio de un mísero ticket tienen el derecho a contemplar mi vida dependiendo de un hilo. He sobrevivido multitud de veces a sus rostros, reflejo de sus almas, deseando mi desgracia, mi catástrofe. El doctor me lo advirtió, algún día confundiría mi vértigo con la enfermedad, y eso sería el final. Palabras agoreras. Sigue subiendo la adrenalina hasta embotar mi cabeza, la vara de equilibrio me pesa por vez primera en años. Creo que voy a perder el conocimiento. No hay red, nunca la hay. Si sobrevivo, dejaré el circo, me pondré en tratamiento.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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Un abrazo.