Ir al contenido principal

Leer


Un lector compulsivo es una especie de loco, pero de loco verdadero, que son los que parecen cuerdos. La lectura como agente activo de la locura no es una explicación: muchos leen sin volverse majaras. Lo anómalo está pues en el lector, en cierto tipo de lector. ¿Qué impulsa a alguien a leer una vez tras otra una obra? ¿Qué magia o veneno lleva a algunos a la lectura como los podría llevar a la droga? La respuesta, como casi todas, es especulativa: la insaciable curiosidad; el querer saber, y sabiendo, saberse, ser más profundamente uno y sin darse uno cuenta, mejor persona; el irrenunciable ejercicio de la libertad individual que a través de la lectura los emancipa y enajena, los hace otros y hace otros a los otros (mejores personas). La lectura cambia la vida de los lectores, de esos lectores compulsivos, intransigentes, devotos. La lectura ejercida con fiereza tensa cada músculo del cuerpo, desgarra el alma, aturde finalmente, al acabar, el pensamiento; y provoca un sueño agitado lleno de fantasmas literarios, de robinsones, de mosqueteros, de quijotes. Tanto cambia la vida la lectura apasionada que uno termina por querer escribir cuando uno, bien lo sabe, no es más que un lector. Pero un lector ya sin remedio, para toda la vida.

Comentarios

pepa mas gisbert ha dicho que…
Lectora compulsiva a ratos, extrañamente sin leer poesía, o no mucha poesía, ¿que será lo que nos impulsa a escribir?

Entradas populares de este blog

Transcribo el prólogo de la autobiografía del filósofo Bertrand Russell escrito por él mismo: PARA QUÉ HE VIVIDO

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación. He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad,esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura místicala visión anticipada del cielo que han que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin...

La inutilidad de algunos tratamientos

Cuando los padres de Miguelito llevaron a su hijo al psicólogo a causa de unos problemas de adaptación en el colegio se quedaron sorprendidos del diagnóstico: Miguelito era un superdotado para casi todas las disciplinas académicas pero un completo gilipollas para la vida. El psicólogo les aconsejó que no se preocuparan porque esto era algo relativamente frecuente y además se podía intentar solucionar con una terapia adecuada. El niño era un fuera de serie en lo abstracto y un completo negado en lo práctico. Así que se estableció un programa terapéutico que debía dar los frutos deseados en un año a más tardar. Ya desde las primeras sesiones el terapeuta advirtió que los resultados iban a depender en buena medida de la inversión de la gilipollez de Miguelito, que parecía tener más calado psíquico que las habilidades por las que destacaba su mente. A pesar de los diferentes métodos usados por el especialista para frenar lo indeseable y potenciar lo más valioso en la mente del niño, ning...

Vuelvo para quedarme

Hace tanto tiempo que no escribo que tengo la certeza íntima de que habría olvidado cómo se escribe si alguna vez hubiera sabido escribir. Podría ofrecer mil excusas para justificar este alejamiento de las palabras escritas, pero ninguna sería cierta, de ahí que se las denomine 'excusas'. La pura verdad es que soy un vago y un inepto que evita escribir porque poner ciertas certezas sobre un papel me hace comprender la verdadera magnitud de mi desidia. Trato de esquivar mis pensamientos alejándome de todo aquello que los evidencie con su verdadera naturaleza de inevitabilidad. Por eso no me acerco al teclado desde hace meses y he convertido la excusa, cualquier excusa, en una rutina diaria para no acercarme demasiado al territorio de las musas, ni caer en la tentación de probar qué se siente tecleando palabras como era mi costumbre. Hoy he pasado de mi propia censura y me he puesto a escribir estas líneas a ver qué siento. Y lo que siento son cosas contradictorias, buenas...