Un lector compulsivo es una especie de loco, pero de loco verdadero, que son los que parecen cuerdos. La lectura como agente activo de la locura no es una explicación: muchos leen sin volverse majaras. Lo anómalo está pues en el lector, en cierto tipo de lector. ¿Qué impulsa a alguien a leer una vez tras otra una obra? ¿Qué magia o veneno lleva a algunos a la lectura como los podría llevar a la droga? La respuesta, como casi todas, es especulativa: la insaciable curiosidad; el querer saber, y sabiendo, saberse, ser más profundamente uno y sin darse uno cuenta, mejor persona; el irrenunciable ejercicio de la libertad individual que a través de la lectura los emancipa y enajena, los hace otros y hace otros a los otros (mejores personas). La lectura cambia la vida de los lectores, de esos lectores compulsivos, intransigentes, devotos. La lectura ejercida con fiereza tensa cada músculo del cuerpo, desgarra el alma, aturde finalmente, al acabar, el pensamiento; y provoca un sueño agitado lleno de fantasmas literarios, de robinsones, de mosqueteros, de quijotes. Tanto cambia la vida la lectura apasionada que uno termina por querer escribir cuando uno, bien lo sabe, no es más que un lector. Pero un lector ya sin remedio, para toda la vida.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
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