Roma es un buen sitio para perderse. Te sientes ajeno a tu tiempo, reconstruyes, con sus calles mágicas, el laberinto destruido de tu infancia; vagabundeas sabiéndote a a la vez que perdido, en tu sitio verdadero, en el que desearías estar para siempre. Pero te pierdes de todos modos, y te sabes perdido pero no quieres encontrarte ni que te encuentren, sino seguir perdido eternamente y alquilar una moto para perseguir al tiempo y detenerlo -‘Vacaciones en Roma’,Gregory Peck y Audrey Hepburn- o contemplar el tiempo en una fontana aguantando las ganas de lanzarte al agua y violar a una sirena -'La dolce vita', Anita Ekberg y Marcello Mastroiani-. Roma es caos y paz, multitud y soledad, serenidad y angunstia. Roma es eterna y fugaz; un suspiro que dura siglos; una perdición. Hay que perderse en Roma.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...

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Un abrazo.