Sé que divago en mis simplezas, pero aún así me parece escandaloso el miedo que las grandes potencias muestran hacia Gadafi. Que no es porque el hombre se comporte como cualquier dictador en sus cabales haría, sino porque es como si la situación de conflicto en el país del 'que reconcilió el islam con el comunismo' -ahí es nada- pillara a esas supernaciones en ropa interior y con el paso cambiado. Gadafi tiene la virtud de ser previsible, otra cosa es que los responsables de asuntos internacionales no hayan querido prestar la debida atención a su previsibilidad, o que habiéndolo hecho, sus superiores -siempre políticos con horizontes cortoplacistas- hayan considerado exagerados los informes de esas personas. Esto se da muy a menudo, a pesar de que el menosprecio de la potencialidad del enemigo haya sido la principal causa de ruina política de los gobiernos en la historia. Gadafi es un dictador psicópata al que se le ha permitido desplegar su paranoia porque los jugosos beneficios de su único recurso nacional, el petróleo, los recogían quienes ahora claman por su cabeza. La política internacional es un juego de intereses que difícilmente encuentra justificación tras el tamiz del tiempo historiográfico. Un dirigente estadounidense dijo una vez : “La mejor política es la honestidad... pero hay otras políticas”. El cinismo en la cumbre de la sociedad, gobernándola pérfidamente, no puede ser la vía de crecimiento humano, individual y grupal, al que toda sociedad tiene derecho. Dejense ya los estadounidenses y sus acólitos de retóricas demagógicas y pasen a la acción. O que se callen de una puta vez y dejen al mundo supurar pus por sus heridas.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
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