El niño viajaba en el columpio con la
precisión de un reloj de péndulo. Reía a carcajadas, su encrespado
cabello apenas movido por el viento generado por su bamboleo desenfrenado. Hoy
era el día, su día. Había esperado con la paciencia de las
tortugas, con la inconsciente sabiduría de los escarabajos, con la
desesperada determinación de quien domina su tiempo. Vivió años
largos y monótonos, vivió aguantando la respiración años
interminables hasta que el destino lo liberó y pudo al fin gritar y
reír y bailar en torno a su pasado, sin sentir melancolía por sus
seres queridos, con la plenitud de saber que ahora ya era él mismo,
de nuevo, viviendo otra epifanía sin nostalgias ni recuerdos, sin
pasado. Su pelo blanco y encrespado surcando un huracán de alegría
infantil pese a sus ochenta años. Una vez más se había producido
el milagro, una vez más era por fin libre. Cuando los servicios
sanitarios, avisados por alguna madre madrugadora, lo encontraron
sentado en aquel columpio, no pudieron dejar de preguntarse cómo un
hombre tan anciano se parecía tanto a un niño dormido.
Las molestias corporales, cuando por algún motivo se enquistan y se vuelven insidiosas, desmejoran notablemente la calidad de vida. Yo, por ejemplo, debido a una pequeña pero irreductible infección que se manifiesta en forma de perenne cansancio, me veo impedido para escribir mi obra maestra y, quién sabe, tal vez la piedra angular de la literatura del siglo XXI. Nadie recordará dentro unos años (¡qué digo! Unos meses y gracias) las inserciones banales en un blog de un aspirante a escritor. Pero si pudiera escribir esa obra excelsa, es más que probable que estas escasas líneas se subastasen algún día en Sotheby’s y que algún potentado con tanto talento para los negocios como escaso criterio para la apreciación del arte pagase por ellas una fortuna. A veces, muchas veces en mi opinión, la fama es cuestión de detalles, como conocer a la persona adecuada en el momento oportuno, o con más probabilidad ser hijo, sobrino, cuñado o amante de la querida de un subsecretario con menos méritos ...
Comentarios
Pero te compensa este microrelato intimista y cierto de lo que llegaremos a ser en unos años....
niños con cuerpos de ancianos.....