El niño viajaba en el columpio con la
precisión de un reloj de péndulo. Reía a carcajadas, su encrespado
cabello apenas movido por el viento generado por su bamboleo desenfrenado. Hoy
era el día, su día. Había esperado con la paciencia de las
tortugas, con la inconsciente sabiduría de los escarabajos, con la
desesperada determinación de quien domina su tiempo. Vivió años
largos y monótonos, vivió aguantando la respiración años
interminables hasta que el destino lo liberó y pudo al fin gritar y
reír y bailar en torno a su pasado, sin sentir melancolía por sus
seres queridos, con la plenitud de saber que ahora ya era él mismo,
de nuevo, viviendo otra epifanía sin nostalgias ni recuerdos, sin
pasado. Su pelo blanco y encrespado surcando un huracán de alegría
infantil pese a sus ochenta años. Una vez más se había producido
el milagro, una vez más era por fin libre. Cuando los servicios
sanitarios, avisados por alguna madre madrugadora, lo encontraron
sentado en aquel columpio, no pudieron dejar de preguntarse cómo un
hombre tan anciano se parecía tanto a un niño dormido.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
Comentarios
Pero te compensa este microrelato intimista y cierto de lo que llegaremos a ser en unos años....
niños con cuerpos de ancianos.....