A veces, tal vez demasiadas, cuando me
encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo
perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno
de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser
hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo
-tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me
anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan
ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y
también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me
queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí
mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los
oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte
de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he
provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede
durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato
con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol,
valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre
que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día
siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En
fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda
no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo
inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente.
O sea, la vida.
Ayer fui al cine. Alien versus Predator. La gente chillaba y hacía todo tipo de aspavientos. Mi sentido del miedo, muy distinto del de los humanos, no se ve afectado por ese tipo de imágenes y secuencias manidas de supuesto terror. En mi planeta, esa película equivaldría a una actuación de Epi y Blas, como mucho. El monstruo de las galletas, ese sí que se gana el sueldo, ¡qué monstruo! –literalmente-. A mí también me encantan las galletas, sobre todo las que tienen tropezones –las inglesas, esas son las que rompen-. Gastronomía. No sé qué comen en mi planeta –se lo preguntaré a mi madre en nuestra próxima comunicación mental interestelar-, pero aquí, en la Tierra, según el sitio a veces no hay forma de ingerir lo que te sirven. Otras veces, en cambio, hay que reconocer que el paladar advierte el esfuerzo y buen hacer del chef o cocinero mayor y agradece el resultado, aunque por lo que a mí respecta no logro alcanzar las cimas de placer gastronómico a las que algunos entendidos...
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