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A veces, tal vez demasiadas, cuando me encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo -tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol, valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente. O sea, la vida.

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Resumen de un cuento de fantasmas

Me encantan los cuentos de fantasma. Aquí les apunto uno de los más sintéticos de Washington Irving, “El estudiante alemán”, que H.P. Lovecraft clasificó como ejemplo de la “Desposada cadáver”, tomado de la compilación “Fantasmas” de Eduardo Berti..
En “El estudiante alemán”, el joven Gottfried Wolfgang es un apasionado de la lectura que cree en un mundo imaginario al margen del mundo real y que todas las noches sueña con un mismo rostro de mujer. En el inicio del relato, Wolfgang camina por las calles de la Francia revolucionaria cuando, al llegar a una plaza, ve una persona junto a una guillotina. Para su asombro, la persona es la mujer con la que él sueña y de la cual se ha enamorado. Wolfgang y la mujer mantienen este diálogo:

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Me pregunto

Llevo ya seis años con esto de la escritura. Me pregunto cómo no descubrí a más temprana edad esta vocación. Me pregunto cómo descubriéndola tan tarde no me doy más prisa. Me pregunto a cuento de qué esos miedos que tanto me paralizan. Me pregunto si ser un inmaduro me sujeta la pluma. Me pregunto si antes de que lo fuera algo me la podría sujetar. Me pregunto por el convencimiento del sentido de uno en la vida, que nunca llega porque tal vez no lo haya, a pesar de Viktor Frankel y sus teorías persuasivas. Me pregunto si uno escribe porque ese es su sentido o para descubrir cuál es. Me pregunto por qué desde chico leo tanto, y por qué lo sigo haciendo a pesar de que ya no todo -ni, por desgracia, una parte menor- lo que leo me hechiza. Me pregunto si el hechizo es la finalidad de la escritura, un hechizo justificado así solo lo sienta un solo lector, o solo el escritor. Me pregunto si dar vueltas a las cosas me modifica, me hace mejor. Me pregunto de nuevo si el sol sale para que veam…

Transcribo el prólogo de la autobiografía del filósofo Bertrand Russell escrito por él mismo: PARA QUÉ HE VIVIDO

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad,esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura místicala visión anticipada del cielo que han que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- …