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A veces, tal vez demasiadas, cuando me encuentro en una encrucijada de caminos, me encasquillo, cojo perlilla y no sé hacia dónde tirar. Me suele pasar más cuando uno de los caminos tiene que ver con mi salud, cosas de ser hipocondríaco. Me ofusco de tal manera que lo veo todo negro o rojo -tanto da- y no hay luz al final del túnel ni voz meliflua que me anime a ir hacia ella -hacia la luz-. En esas ocasiones me siento tan ínfimo y tan pusilánime que llego a despreciarme como humano y también como ser viviente porque ni al débil instinto que aún me queda atiendo. Me limito, lo confieso, a sentarme enroscado sobre mí mismo, con la cabeza entre las piernas y las manos tapandome los oídos, esperando el vano milagro de que todo se solucione por arte de magia y yo salga bien parado del atolladero que de seguro he provocado yo mismo. Como la situación de espera milagrosa no puede durar, a menudo soy presa de la ansiedad y la angustia, que combato con ansiolíticos y angustiolíticos de fácil acceso: alcohol, valiums, y poco más. A veces surten efecto, a veces no, y siempre que la ingesta haya sido moderada las consecuencias, al día siguiente, apenas se notan. Pero cuando a uno se le va la mano... En fin, como corolario extraería la máxima de que siempre que se pueda no se enrosque uno tapándose las orejas para no escuchar lo inevitable, porque lo inevitable es lo que nos sucede habitualmente. O sea, la vida.

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