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El fantasma

   Como cada mañana abro la puerta de mi piso y me dirijo al dormitorio. He salido hace solo un rato camino del trabajo, después de ducharme, afeitarme y ponerme el traje azul con la corbata magenta. En la calle he dado media vuelta y he regresado al piso sin saber muy bien por qué, como cada mañana desde hace algún tiempo (no sabría decir cuánto, el tiempo fluye en completa inmovilidad últimamente, es más una nebulosa de momentos imprecisos que la dimensión inmutable y segura donde suceden las cosas, el escenario donde se escenifica la vida, esta vida que ya no sé si es mía, ni siquiera si es real, lo único cierto es que ya no es como era: mis rutinas ya no son predecibles instantes que se repiten sino derivas sin rumbo y sin sentido por un laberinto sin salida).    Me detengo ante la puerta del dormitorio, dudo si abrir, me noto nervioso, ¿por qué? ¿A qué temo? Me sudan las manos y me aprieta la corbata. Al fin me armo de valor y abro la puerta. Allí está...

Más paz

El premio Nobel de la paz considera que la mejor manera de conseguir más paz en Afganistán es enviar 30.000 soldados de refuerzo. La lógica de su decisión es inapelable: más fuerza equivale a más paz. Y si alguien tiene dudas al respecto que le pregunte al Presidente de los Estados Unidos, quien diplomáticamente derivará la cuestión al premio Nobel de la paz para que nadie le malinterprete ya que sólo sigue los dictados del corazón de un egregio pacificador que sólo un azar imposible le ha podido conceder un parecido tan cabal con él mismo. El asunto es sencillo por más que algunos malpensados o simplistas insistan en complicarlo. Pasa como con el premio Planeta, que si quien lo recibe resulta que es escritor puede haber lugar a malentendidos. Yo propondría, para acabar con dudas y suspicacias, que se otorgara sólo a escritores de reconocida pluma el Nobel de la paz y a Presidentes de los Estados Unidos el Planeta; total, no se iba a notar la diferencia. Queda la cuestión de a quién s...

Ya te digo

¿Cuál es el momento más adecuado para decir basta? ¿Cómo reconoce uno el instante en el que hay que parar? Y no me refiero a las relaciones sentimentales -aunque también-, sino a los diferentes episodios que suceden en la vida, cuya suma la articulan y le dan sentido. Porque ese final nunca avistado marca la diferencia entre lo que fue y es y lo que pudo haber sido y podría ser, entre lo existente y lo ausente, entre lo que somos y lo que ya nunca podremos ser. Y hay un componente de negligencia en esa ceguera que nos impide detenernos a tiempo, antes de que lo previsiblemente imprevisible determine nuestra realidad, porque decir que no a la siguiente copa, a la estéril llamada, a apretar el pedal del coche, a responder a un agresivo, a una indiferencia ante un ser querido, a tantos gestos prescindibles, es una responsabilidad tan decisiva que si lo supiéramos en su momento nos lo pensaríamos dos veces. Y pensar dos veces es la asignatura pendiente de la humanidad. Nuestra negligencia ...

Un tal Nico

Un colaborador del periódico 'El Mundo', Nico Rey, denosta a la inefable Pilar Rubio, inubicable en la taxonomía periodística, pero en mi opinión desenfadada showwoman de los programas de cotilleo sin veneno y además una chica de muy buen ver, porque al parecer de este periodista Pilar es una chaquetera. ¿Por qué? A su entender por haber decidido con libre criterio trabajar para otra cadena de televisión. No sé cómo abordar el tema sin usar epítetos descalificadores para don Nico. No se me ocurre ningún argumento aparte del obvio, que tiene que ver con el libre mercado y la respetabilísima opción que cada cual tome dentro de las reglas de ese mercado. Las obviedades se resisten a ser asistidas, argumentadas, defendidas, obviamente, sobre todo si pertenecen al universo de las libertades individuales dentro de un estado democrático del que durante algunas décadas estuvimos excluidos. Señor Nico, ¿a usted le pagan por sus escritos? Porque si es así, ya es más chaquetero que la po...

Las vueltas de la vida

Fue su mirada lo que me alertó. Una mirada cortante, sigilosa e inmisericorde tras la que se adivinaba un poso de melancolía, como de halcón herido. Sus ojos ambarinos la dirigían, taladrándolos hasta desnudar sus auténticos pensamientos, hacia quienes merecían su ira o tal vez sólo su incomodo, como una linterna traspasa la oscuridad y desvela lo que realmente oculta. Era una mirada certera y despiadada en esas ocasiones, aunque luego se volvía lánguida, inerme, sin substancia: ese era su disfraz, parecer inocua e indefensa para ocultar su condición letal. Así era, recordé, la mirada de Fernandito, al que hacía más de veinte años que no veía, desde el final del bachillerato, que al igual que primaria y secundaria cursamos juntos, como camaradas inseparables, en el Sagrado Corazón. Y así era también la mirada de aquel hombre al que había estado siguiendo durante días, un cuarentón del que poco sabía aún, salvo que su mirada le otorgaba, al menos provisionalmente, la identidad del mejo...

La pluma de Onetti

Hace poco tuve un sueño no sé si dormido o despierto. Debería haber una manera de distinguir los sueños según el estado en que los tuvimos, pero al menos en mi caso no hay manera. Así que confundo a veces lo soñado en sueño y lo soñado en vela. Y es una lata, ya que la huella evocativa que me abruma o me regocija durante horas o días después de soñar sueños dormido se ha reproducido en los sueños de vigilia, de tal modo que mis estados de ánimo de soñador sempiterno oscilan a merced de ese poso de sentimientos que ahora también me producen mis sueños desvelados. No sé que diría Freud al respecto, pero repito que es un fastidio. Pero quiero hablar de ese sueño que soñé tal vez dormido, tal vez despierto y que alteró la rutina de mis apetencias y caprichos durante algunos días. Soñé que yo era la pluma de Onetti, la misma con la que escribía sus líneas anárquicas y geniales. Como comprenderán, no tenía un horario de trabajo, ni un lugar fijo de descanso, aunque frecuentaba mucho la ...

El mismo mal

La burocratización excesiva de las organizaciones sociales y políticas es un fenómeno tan antiguo como las propias sociedades y ha sido uno de los primeros síntomas de su decadencia. Pero en un mundo como el actual donde la velocidad de los cambios se ha convertido en su seña de identidad y en el factor histórico diferencial, el lastre que supone la burocracia para reaccionar ante esos cambios vertiginosos y adaptarse a circunstancias en continuo movimiento es tan pesado que simplemente está consiguiendo que asistamos impotentes al espectáculo de nuestra propia destrucción. No hay que olvidar que fue su opresiva burocracia uno de los factores determinantes de la caída de la URSS, un gigante artrítico, social y políticamente anquilosado, incapaz de moverse bajo el peso de esa burocracia excesiva. La rigidez social, el cretinismo político, la parálisis moral, son lacras comunes a todos los países occidentales y las comparten por igual gobiernos de izquierdas y de derechas. El vendav...