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Fantasmagoría


A veces pienso que mi imagen en los espejos es el único testimonio de mi existencia física. Siempre he adolecido de una tendencia insana hacia la transparencia, o hacia la disolución de mi cuerpo, que pasa a ser por completo gaseoso, pero de un modo cohesivo, para que mis moléculas no se dispersen y acaben formando parte del cosmos. Esta tendencia ya la advirtió mi madre siendo yo muy chico; a veces ella iba a ver si dormía y se encontraba la cuna vacía, y aunque yo me volvía corpóreo ante sus gritos de horror, el susto se le quedaba en el cuerpo durante días. Se llevaba unos sofocos que no fueron superados ni cuando, ya crecidito, decidí un día que quería ser político. “Tú lo que vas a ser es gilipollas”, sentenció mi padre sin mirarme desde su sillón de ver el fútbol. Creo que no andaba tan desencaminado como yo suponía.

No hay una causa definitiva para mi cambio de estado físico, o al menos no me ha sido diagnosticada, pero yo sé, a despecho de lo que digan los médicos, que tiene mucho que ver con mi aversión a las enfermedades. Mi madre, cuando estuvo segura de que mis efímeras desapariciones no eran producto de su mente enferma –seguridad cuya adquisición le costó un riñón en consultas con psicoanalistas de diferentes escuelas, cada uno de los cuales le daba un diagnóstico no vinculante aunque bastante oneroso, teniendo todos ellos en común mis múltiples complejos aún en fase embrionaria como origen del problema- decidió llevarme a una clínica especializada en trastornos de la personalidad de los demás causados por un mismo origen, en este caso un servidor. Fueron tantas las pruebas que tuve que soportar, tanto el sufrimiento que me causaron, tan empecinados los médicos que me trataron y que no querían dejarme ir sin haber obtenido un diagnóstico mínimamente razonable, tan palurdos como obtusos dichos médicos, tan repelentes las enfermeras, en fin, todo fue tan desagradable que acabé por desarrollar una comprensible fobia al gremio médico y, por ende, a las enfermedades que a ellos tarde o temprano me conducían. Y, aunque parezca paradójico, esa fobia me creó tal estado de tensión que acabé por convertirme en hipocondríaco. Y, como era de esperar, esta situación acabó por alimentarse a sí misma, como suele suceder cuando los miedos irreales se coadyuvan unos a otros, y me induce, en el momento menos oportuno, un proceso de angustia creciente que sólo puedo detener volviéndome etéreo; de manera involuntaria, por supuesto, pero que veo venir con anticipación.

Y si fue esa volatilización el origen de todo, pensarán ustedes con razón, ¿cómo es que ahora es la consecuencia? No es coherente, o no tiene sentido. Ni una cosa ni la otra, les respondo, es un hecho simple que cualquiera que no base sus inferencias y deducciones sobre el universo en una concepción espacio-temporal lineal e inalterable del mismo comprenderá de inmediato, y que yo no dispongo de tiempo suficiente –ni ustedes de paciencia- para explicar. Pero es. Me evaporo, me exhalo, me desvanezco. Para la gente, literalmente, desaparezco.

Últimamente me ha dado por pensar si esa conversión, ese cambio de estado de mi materia, no será el resultado de algún complejo que he heredado y por tanto explicaría que este asunto enojoso apareciera tan temprano en mi vida. Algún complejo inespecífico cuya aceptación fuese tan inadmisible para mí que prefiriese esa desmaterialización, con todo lo que ello comporta, incluida una inexcusable falta de etiqueta para quienes son testigos demudados del fenómeno, a recurrir a la ayuda de un especialista para buscar una solución. Pero no puedo hacer tal cosa porque tengo aversión a los médicos, así que mi hipocondría se acentúa cada vez que pienso en ello y termino, como siempre, por volverme etéreo.

Los que me conocen ya se han acostumbrado y ni se inmutan. Lo que me preocupa es que, cada vez con mayor frecuencia, gente que no me conoce tampoco se sorprende de la transmutación. El otro día hice la prueba en el zoo. Me introduje en estado etéreo en el recinto de los osos, volví a mi estado sólido y, antes de ser atacado por los plantígrados desaparecí. Los únicos sorprendidos fueron los osos. La gente no mostró señales de haberse dado cuenta, y había mucha gente. ¿No será que tal vez esta cualidad o habilidad mía ha alterado mis genes de tal forma que ahora sea invisible todo el tiempo, incluso cuando yo pienso que no? No es imposible que en alguna de las reordenaciones de mis moléculas durante el proceso de recuperar el estado sólido –o la visibilidad- haya ocurrido un accidente y mi esencia corpórea se haya visto afectada, porque constato con creciente terror que mi imagen continúa apareciendo en los espejos, pero mis conocidos ya no es que no me saluden, sino que ni dan muestras de haberme visto; y lo peor de todo es que, para colmo, ahora veo que puedo atravesar paredes y puertas, que ya nunca tropiezo con nada porque lo atravieso sin darme cuenta con mi cuerpo ficticio, irreal, cinematográfico. El problema se agrava por momentos, y va tomando un cariz alarmante. Creo que lo mejor será enfrentarme a mis miedos e ir a ver a un doctor; el problema es que, si no me puede ver, ¿cómo demonios me va a curar?

Comentarios

Andrea ha dicho que…
No aborrezcas las enfermedades, aunque se lo merezcan. Es pérdida de tiempo, que es algo que no se debe hacer aunque se sea joven. Trátalas, pero no les hagas ni puto caso y se cansarán y se irán. Da resultado, te aseguro. No te diluyas y menos en el cosmos, que te sentirás perdido. Mírate en el espejo para confirmar que estás y, si no hay causa física, ya sabes qué elemento tienes que varear.
Luis Recuenco ha dicho que…
Sabio consejo. Haré por seguirlo.

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