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La propia justicia


A propósito del delicioso microrrelato de Manu Espada que ganó un concurso en una cadena de radio, me viene a la memoria un corto de Hitchcock donde una mujer violada en su caravana y trastornada por la infame experiencia ve impotente junto a su marido la ineptitud de la ley para dar caza al criminal, que queda impune. Prosigue el matrimonio su marcha en la caravana cuando ella, en una calle de otra ciudad señala histérica a un individuo acusándole de ser su agresor. El marido, tras cerciorarse de que su mujer no albergaba dudas al respecto, decide tomarse la justicia por su mano y da muerte al tipo. Reanuda de nuevo el matrimonio su marcha itinerante en la caravana y llegan a otra ciudad. En una de sus calles la mujer, de nuevo presa del histerismo, señala a otro individuo como  su agresor, repitiendo neuróticamente los aspavientos con que había acusado al primero y ya cadáver. El marido comprende tarde la locura de su esposa. Y que se ha visto arrojado a un sumidero del que no podrá salir. ¿Hay peor condena que la que te deparan tus seres más queridos aún sin quererlo? ¿Mayor dolor que el haber tomado la espada de la justicia de manera equivocada, irrevocable? Lo dudo

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En “El estudiante alemán”, el joven Gottfried Wolfgang es un apasionado de la lectura que cree en un mundo imaginario al margen del mundo real y que todas las noches sueña con un mismo rostro de mujer. En el inicio del relato, Wolfgang camina por las calles de la Francia revolucionaria cuando, al llegar a una plaza, ve una persona junto a una guillotina. Para su asombro, la persona es la mujer con la que él sueña y de la cual se ha enamorado. Wolfgang y la mujer mantienen este diálogo:

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Transcribo el prólogo de la autobiografía del filósofo Bertrand Russell escrito por él mismo: PARA QUÉ HE VIVIDO

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