Desde que leí a los psicólogos constructivistas de la escuela de Palo Alto soy capaz de compaginar mi necesidad de escribir con mi desgana para hacerlo sin el menor remordimiento y sin sentir que vivo una contradicción. Hay necesidades tan radicales que si una no las satisface muere, por ejemplo comer, dormir o ver un ratito a Zapatero en la tele; se trata de necesidades vitales de, valga la redundancia, primera necesidad. Otras son en cambio relativas y se manifiestan de modo lateral o tangencial; tales son las del espíritu, como por ejemplo escribir, coleccionar sellos o asesinar en serie. Estas últimas exigencias dimanan de nuestro más íntimo ‘yo’ y no satisfacerlas siempre produce un desasosiego en el alma, pero admiten postergaciones, a menos que uno sea un egoísta de tomo y lomo, como lo son casi todos los niños, algunos deficientes y los españoles, que exigimos a Zapatero acciones y no lirismo. Es por ello que, en mi caso, sentir la llamada de la pluma -no me malinterpreten, por favor- y hacer oídos sordos es todo uno, lo que me ocasionaba no pocos dolores de cabeza por sentir que faltaba el respeto a mi destino natural. Pero, como he dicho, los constructivistas me han revelado que el único sentido posible de la vida es el sentido común, del que nadie me puede acusar de poseer siquiera una pizca, así que mi conciencia se mantiene calmada y mi pluma inactiva por mucho que se desgañite mi contumaz aunque huidiza musa, que a modo de Pepito Grillo, se empeña sin éxito en llevar a cabo armada de razones lo que mi difunto padre conseguía en un santiamén con un par de hostias. Ahora, libre por desgracia de la contundencia académica de mi progenitor, deambulo cada día con mayor descaro por soporíferas regiones de ángeles asexuados y musarañas que se obstinan en mantener en secreto lo que son, con el impreciso propósito de poner algún día manos a la obra y solucionar esta crisis que me atenaza y que me pasará factura por mucho que yo me niegue a ver lo evidente; igualito que Zapatero.
El viento de fuego abrasaba su piel y le mantenía vivo y alerta. La vasta extensión de arena que se extendía ante su vista era la alegoría de la superación del sufrimiento por la voluntad que él buscaba cuando se adentró solo en aquel desierto tétrico. Siempre tuvo la remota sospecha de que algún día, de alguna manera, tendría que poner a prueba su capacidad de supervivencia, porque el mundo cómodo y abúlico que le había tocado en suerte lo rechazaba desde el fondo de sus entrañas, abominaba de él y de los que lo habitaban, por eso siempre fue solitario y huraño. No pasaba día sin dedicar unos minutos de desprecio a cuanto le había sido concedido sin haberlo él solicitado. Tenía la certeza de haber nacido para encontrar sus límites y vivir en el territorio fronterizo de la muerte, vivir allí y sólo allí con plenitud, con la euforia del suicida que demora voluptuosamente el instante definitivo, con la paz de espíritu que proporciona una hemorragia de adrenalina. Pocas cosas aprendió e...
Comentarios
Un saludo
Un abrazo, ya escribí no hace mucho que frente a la pereza solo nos queda la vanidad
Un saludo.