Ir al contenido principal

Entradas

Soneto arcaico

D e tu infierno cruel las llamas tristes No queman ya mi alma encallecida Pura costra dura, inmune a la encendida Hoguera que por mí sólo prendiste. Olvida tu odio ya, fiera enemiga (Que tiempo ha mi sonriente amiga fuiste) Pues con ganancias tu misión cumpliste Ajando mi alma ingenua de por vida. Cumpliste tu misión, Circe exquisita: Palpita hoy mi pecho malherido Y rebosa de él pena infinita. Sin juicio previo me diste tu castigo Y no hay lugar donde aliviar mi cuita, Pues vaya donde vaya, voy conmigo.

Viena

Siempre he preferido la balsámica soledad y el olor añejo de las antiguas iglesias al bullicio de las aglomeraciones. Me gusta la paz de las soledades, el misterio del recogimiento, la penumbra eterna de los rincones donde nunca habitó el sol, el olor místico del moho de los siglos, los muros y las columnas pensados para el recogimiento del alma, el frescor agradable de los claustros. En los monasterios y en los conventos, con un poco de suerte, uno atisba fugazmente las respuestas a las grandes preguntas, las intuye sin aprehenderlas, como estrellas fugaces en una noche sin luna. Por eso, cuando visito ciudades grandiosas de glorioso pasado, lo primero que hago es visitar sus templos y sus santuarios: mezquitas, pagodas, iglesias, tanto da. Así lo hice en Viena. Ciudad monumental que fue eje de toda una cultura, Viena ofrece al viajero una hospitalidad cosmopolita que forma parte de su herencia milenaria. Herencia de otros tiempos en los que ser vienés significaba ser moderno, cul...

Pues eso

Si la vida es una continua elección, un escoger a cada instante una opción y desechar las restantes, también es entonces una continua renuncia. Si cada persona es la suma de sus elecciones también es la suma de todas sus renuncias y llega un momento en la vida de cada uno en que inevitablemente se pregunta: “¿a cuánto he renunciado por ser lo que soy? ¿Qué me he perdido? ¿Han sido mis elecciones acertadas? Y, si lo han sido, ¿por qué no soy feliz?” Ser buena persona no conduce necesariamente a la felicidad, si acaso a la tranquilidad de espíritu, pero tampoco eso está garantizado. Ser buena persona, para el universo, tiene tan poca importancia como ser mala persona; y para la humanidad, desgraciadamente, también. Cada hombre es muchos hombres, no sólo por la variabilidad que significa el paso de los años, sino también en cada instante. Yo ahora soy la persona que ha decidido escribir estas líneas, pero podría ser la persona que decidió comerse un helado o la que escogió darle una p...

El verano

El verano madura y se deshace en calor y en playa y en rayos de luna que hienden el mar. Las noches se adornan con el rutilante deambular de los veraneantes insomnes, infatigables en sus ansias de ocio, que ahogan la evidencia de su inevitable regreso a lo cotidiano buscando maneras distintas de disfrutar, para acabar, como cada verano, aburriéndose con los mismos esparcimientos repetidos y cansinos, tan rutinarios como la misma vuelta a la rutina. Ocio y trabajo, amistad y amor, estancias del alma mal amuebladas, incompletas, vacías, o peor, decoradas con mal gusto, el mal gusto de los que no saben llenar su tiempo, de los que se dejan llevar por el viento de la vida como cometas a la deriva. Ocio y amor, trabajo y amistad, ilusiones, desengaños, esperanzas, olvidos, mareas que suben y bajan, reflujos, odios y celos, desencuentros, despedidas, la vida que se va, que no sabe esperar, que hay que saber atrapar, que atreverse a atrapar, aferrarse a ella o morir, o estar ya muerto y no ...

Salzburgo

Salzburgo transpira historia y transmite fantasía. La ciudad vieja, presidida por la catedral y custodiada por una elevada fortaleza, está tapizada de arte, cuajada de iglesias donde se entreveran diferentes estilos arquitectónicos, moteada por el colorido variado de sus hermosos castillos medievales. En Salzburgo, hasta Zara se engalana con atavíos bizantinos. Uno quiere perderse para siempre en las calles de esta histórica ciudad, no encontrar jamás la salida de su laberinto de calles empedradas y empinadas, eternizarse en sus rincones de misterio y sueño. Aquí parió Mozart su mejor arte y uno se convence de que en ningún otro lugar pudo haberlo hecho con tanto acierto; la ciudad tuvo, sin duda, mucho que ver en el feliz parto; hizo de sabia comadrona, contribuyendo con su vetusta sabiduría y su maternal arrobo al milagro del alumbramiento de la genialidad hecha música. Casi sin advertirlo, uno deja en Salzburgo parte de su alma; y reanuda el viaje con melancolía, ya para siempre...

Innsbruck

A Innsbruck, bonita ciudad tirolesa famosa por sus nevadas montañas y sus pistas de esquí, el tórrido sol agosteño le sienta como a un santo dos pistolas. Nunca creí que pudiese hacer tanto calor en una ciudad alpina. Entre la abundante cena de la noche anterior, el tormento calórico del soleado día y los dos cafés que tomo para espabilarme –en Austria hacen un café riquísimo-, me agarro unas cagaleras que me obligan a correr cada media hora hacia el bar más cercano para aliviarme. Entre carrera y carrera voy descubriendo la ciudad, sus estrechas calles llenas de tiendas con souvenirs, sus puestos de comida para llevar, sus restaurantes de platos típicos servidos por camareros vestidos con trajes tiroleses. Todo teñido con esa pátina de falsedad que recubre las ciudades turísticas fuera de temporada, piensa uno si se deja llevar por la primera impresión. Obligada a forzar hasta el límite sus propios tópicos para seguir atrayendo turistas y subsistir hasta el próximo invierno, a In...

Graz

Paseo por la bonita ciudad de Graz, en Austria. No llevo mapa, pero adivino que estoy en el centro porque veo una tienda de Zara. Es la Innerstadt, el centro histórico, con su iglesia -tal vez catedral, no pregunto-, su ayuntamiento y su museo. Pequeñas calles como venas zigzagueantes trazan un bonito laberinto por donde transitamos los turistas sin perdernos, porque todos los caminos conducen a Zara. Hace un tiempo húmedo e inestable, caen gotas espaciadas sobre los puestos de comida de la plaza. Siento hambre y me acerco a uno a comprar unas manzanas. Me atiende una hermosa muchacha que sonríe con una sonrisa que ilumina la tarde. ¿Diecisiete? ¿Veintiuno? Es difícil precisar la edad de las personas que viven etapas de la vida muy alejadas de la nuestra. Quiero pensar que la pícara sonrisa que me ofrece junto al cambio no es sólo de cortesía. Pero, en fin, como si lo fuera. Recorro comiendo una manzana estrechas calles con olor a sombra, intento perderme en ellas, detener por unos min...