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Ausencias

Ella tenía la seguridad de que él siempre estaba en otra parte, aunque estuviera con ella. Lo que comenzó como una oleada de despistes que lo atacaban en cualquier momento y lo apartaban de ella durante unos minutos interminables, se fue agudizando con el paso de los meses para transformarse en una ausencia completa de identidad siempre que ella estaba junto a él, en un estar y no estar, o un ser y no ser, porque para ella, durante esos inacabables segundos y minutos y hasta horas en que él se ausentaba sin marcharse de su vera, durante los que se vaciaba interiormente y dejaba en su lugar aquella cáscara hueca que a ella cada vez le costaba más identificar con su cuerpo, en aquellas ocasiones para ella él ya no era aquello por la simple razón de que aquello no era él, sencillamente no estaba, se había esfumado o volatilizado o tal vez su esencia, su alma –se resistía a usar este término, alma, porque no era creyente- había subido a los cielos o bajado a los infiernos dejando allí su...

El cartero

Esta mañana el cartero ha llamado al timbre. Dos veces, como siempre. El reconocimiento de la cotidianidad del hecho calmó mis nervios alterados por el primer timbrazo. Asumí resignado, mientras lo recibía de manos del funcionario, la pérdida de tiempo que la lectura del correo me acarrearía. Bancos, aseguradoras y proveedores de servicios telefónicos y de Internet han usurpado prosaicamente la costumbre epistolar de acordarse de uno que hace décadas era más propia de novias y amigos, aunque en mi caso esas epístolas se han mantenido siempre dentro del ámbito del deseo secreto, de un anhelo de romanticismo literario mediante el cruce de cartas no menos banales que las conversaciones telefónicas y otros métodos modernos que las han acabado por sustituir. Hoy en día la novia te envía un email y el director del banco te escribe una carta, en una suerte de romanticismo inverso que despoja de encanto los contenidos, sobre todos los de los emails amorosos, porque un comunicado bancario de ...

Creer o no creer

La credulidad es un asunto escurridizo, y no admite teorías ni soporta criterios, pero sí se puede asegurar acerca de ella que ha sido la base de los más cruentos odios entre los pueblos que en el mundo han sido. Hay quien sólo cree cuando ve, aun a riesgo de ser traicionado por el incierto sentido de la vista, y sólo a su veleidosa certeza se remite para sustentar la creencia recién adquirida; luego hay quien cree y entonces ve, y ve al parecer algo muy diferente de lo que había visto hasta el momento glorioso de la revelación, y eso le transforma la vida para bien y lo hace más feliz porque le da sentido, lo acerca a la verdad, o al menos a su verdad, aunque no siempre ocurra lo mismo con quienes le rodean, sobre todo si ellos no han conseguido ver también, o sí han visto pero ha sido algo diferente, y entonces la cosa ya se complica; también hay quien no cree ni aún habiendo visto; y quienes creyendo siempre no consiguen nunca ver. Pero cuando la creencia arraiga en los corazones ...

La palabra

No creo pecar de reduccionista si afirmo que, en mi opinión, la historia del ser humano es desgraciadamente muy corta: comienza a)cuando uno de ellos, sin otra ayuda que la voz, debidamente articulada y estructurada para producir sonidos que representaban ideas, ideas que, envueltas por dichos sonidos, fueron de repente y por vez primera incomprensiblemente comprendidas al ser recibidas por los oídos de otros seres humanos, creándose como por arte de magia lo que después los lingüistas denominaron “comunicación a través del lenguaje”, pues ese ser humano, parlante primerizo, le dijo a su hermano en un lenguaje prehistórico aunque efectivo: “alcánzame esa laja de sílex, por favor” (la traducción es mía); y termina b)cuando cinco minutos más tarde (más o menos, el tiempo geológico siempre es difícil de cuantificar en nuestras magnitudes habituales), cinco minutos más tarde, digo, ese padre de la palabra, en un extático arrebato de celebración de su recién estrenado poder, degolló con e...

A M.J.

Tierno caballero andante El de la Triste Figura Que confunde en su locura A molinos con gigantes.   Su corazón vacilante Divide su chaladura: De Dulcinea, la hermosura, Y el brío, de Rocinante.   Sabios consejos sugiere Su escudero fiel, ajeno Al mal que a su dueño hiere   Y le lleva en pos del sueño de mejorar si pudiere este mundo con su empeño.    

Amor de posguerra

Fue su risa de hiena lo que le delató. Supongo que mis ojos me delataron a mí. Se quedó mirando mi rostro, escrutándolo con una sonrisa de intriga y de asombro, como si mi descubrimiento le hubiera sorprendido. Te había infravalorado, parecía pensar, y su sonrisa transmitía su pensamiento. Se levantó y fue hasta el aparador que había tras él, pegado a la pared del salón. Abrió un cajón, lo cerró y volvió a sentarse. Dejó la pistola sobre la mesa, cerca de su mano. Entonces empecé a hablar, mis palabras salían de mi boca como un torrente de miedo inagotable; no podía parar de hablar, sabía que si lo hacía, si me callaba, me mataría. Hablé de mi niñez en el orfanato, de las monjas, de Elvira, de todo. Le resumí mi vida en una larga perorata que iba transformando su rostro en una máscara de carnaval, que transformó su sonrisa en una mueca irreal, como la de una careta de fiesta de disfraces. Su sonrisa enigmática y cruel, serena y devastadora, siempre obsequiosa, balsámica, incluso tier...

Miedos

Como vivía con el miedo permanente de ser envenenado por alguno de sus sirvientes, sobornado por alguno de sus innumerables enemigos, hizo torturar a cada persona que servía en palacio, desde el chambelán hasta el último palafrenero, convencido de que el culpable confesaría la villanía que se estaba fraguando contra él. Murieron varios de los torturados y el restó quedó muy afectado, algunos desgraciados de por vida. Tres se confesaron culpables para acabar con los sufrimientos. Se les ajustició públicamente, a pesar de lo contradictorio de sus declaraciones, que formaban tal galimatías que hasta el jefe de seguridad de palacio tuvo que admitir para sus adentros la inocencia de aquellos desgraciados. Como el pensamiento de que alguna de sus esposas le era infiel le trastornaba el sueño, hizo comparecer ante él a todo el harén y, una por una, acusó a todas sus mujeres de adulterio. Cada una se defendió como pudo y todas esgrimieron en su defensa el argumento de que sólo trataban con...