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Solidaridad

  No sé si siempre, pero al menos en las últimas décadas se ha hablado mucho de solidaridad. La realidad a la que se refiere la palabra es variable y, por tanto, depende de lo que por ella entienda quien la emplee; es decir, que solidario es quien crea que lo es, y lo mismo pasa con vocablos como 'devoto', 'íntegro', 'leal', 'imparcial', 'magnánimo'. El contenido semántico de las palabras, muchas veces ambiguo, proporciona a quienes las usan un arma letal de la que no siempre son conscientes, un instrumento de manipulación y una coartada para sus propias conciencias. Decir es ya decir demasiado ('Toda palabra es una palabra de más', Ciorán); callar es incluso peor. Somos nuestras palabras, de ellas dependemos y a ellas nos encomendamos. Cuando, años más tarde, nos recuerdan aquello que dijimos tal vez a partir de una alegría cuyo fin trajo el remordimiento y el arrepentimiento de lo dicho, no sabemos qué cara poner; incrédulos (desmemoria...

El más allá

Hay una especie de obsesión con los cuerpos de las personas muertas, sobre todo cuando la muerte ha ocurrido en circunstancias violentas y el cadáver no aparece. Los familiares afirman invariablemente que no podrán descansar hasta que el cuerpo muerto de sus ser amado descanse a su vez en paz, dándole adecuada sepultura y oficiando los ritos pertinentes para garantizar su eterno descanso, aunque lo que recuperen del cadáver solo sean unos huesos cubiertos de jirones de piel muerta. El cuerpo, que tanto condiciona la vida de la persona, pierde toda entidad humana en la muerte, y por más que las religiones o supersticiones hagan creer lo contrario, no es más que despojos sin vida que en nada se diferencian de los de un gato muerto. Rendir honores a unos restos ya inhumanos es ridículo y sólo se explica por el afán de creer en una vida posterior a la que nos toca vivir aquí, aunque nunca haya habido constancia e esa otra vida de ultratumba. La esperanza frente al desencanto siempre ha ...

Amistad

Amistad: Relación caracterizada por el desinterés y la estima. Aristóteles distingue la amistad real de las relaciones establecidas por placer o conveniencia, “porque en estas últimas el amigo no es amado por lo que él es”. Los problemas filosóficos que plantea la amistad consisten en explicar: 1) en qué otro sentido puede ser valiosa la amistad si no lo es por placer o conveniencia, puesto que, como Aristóteles observa, “nadie elegiría una existencia sin amigos a cambio de poseer todas las otras cosas buenas del mundo”; 2) cómo puede la amistad, al igual que las relaciones familiares, generar obligaciones que no se tienen para los que no son nuestros amigos; 3) cómo puede justificarse que yo ame a alguien como amigo mientras rehúso la amistad de otros que poseen las cualidades que yo estimo en mi amigo, puesto que comportarse de otro modo no es (por ejemplo) “amarte a ti mismo y no a tu cabello rubio” (Yeats). Diccionario Oxford de filosofía. Parece que Aristóteles, que s...

La intolerancia sin tiempo

El veto al velo musulmán no es un fenómeno contemporáneo, la xenofobia y el fanatismo siempre han existido y cobrado numerosas víctimas entre las minorías étnicas que han cohabitado un espacio y un tiempo con mayorías recelosas que no han dudado en ir contra sus propios intereses incluso -o sobre todo- económicos en aras de una depuración étnicas cuyas ventajas nunca se han podido demostrar. Cito a continuación un texto muy ilustra tivo: “ ...es mi merced y voluntad y mando que, además de lo en las dichas mis cartas contenido, ningunas personas, de cualquier edad que sean, de las mujeres de los dichos nuevamente convertidos no puedan traer ni traigan almalafas ni cubiertas las caras, pasados los dos años primeros siguientes, que se cuenten desde el día que esta mi sobrecarta fuere pregonada y publicada en las ciudades del dicho reino, que este término les doy para que puedan gastar las dichas almalafas que tienen hechas. Y pasados dos años, traigan mantos de paño y descubiertas l...

Un círculo del tiempo

Jenny siempre fue una niña muy despistada, y también una lectora empedernida. Leyendo los libros de la biblioteca familiar se le iban las horas y los días, porque era incapaz de interrumpir la lectura de un libro sin haberlo terminado. Leía y leía echada en su cama, apoyada sobre un codo y dando la espalda a la puerta, con su mano libre se mesaba el pelo rojizo que caía en tirabuzones sobre sus hombros desnudos. Así pasaba Jenny los días de su infancia, leyendo con ansiosa indolencia sobre su cama, hechizada por las tramas de aquellos volúmenes, por sus personajes y sus historias, por su misterio. Tanto le absorbía la lectura que no se dio cuenta, hasta que terminó la lectura de aquel libro enorme siendo ya un fantasma, que en algún momento de la historia se había tenido que morir. Le costó un poco aceptar su nuevo estado, pero más por la curiosidad insatisfecha de averiguar cómo es eso de morirse que por el cambio de naturaleza que la muerte le había traído. Ahora era un fantasma y...

Tiempo y duda

Lo que tal vez me lleva a escribir con cierta asiduidad es la posibilidad de enmienda que brindan los escritos, la tachadura que borra lo que al leerlo nos parece incorrecto o improcedente o desmesurado, que es muy parecido a modificar el pasado, a reescribir la propia historia para intentar librarnos de la culpa o escapar de la nostalgia. La palabra se diluye en el aire o se deslíe en el papel, se borra con una facilidad que quisiéramos para los recuerdos, se tergiversa en última instancia con un cinismo que duele menos que el inventario de nuestros actos en el tiempo. Porque uno debe rendir cuentas, si no ante otro -u Otro- ante sí mismo, de lo que uno ha vivido y por qué lo ha vivido así y no de otro modo, de por qué hizo lo que hizo o no hizo lo que acaso debió hacer, de por qué sí o por qué no, ya que cada uno de los actos, por mínimos o triviales que pudiesen parecer en su momento, tienen trascendencia siempre y a menudo de un modo trágico, aunque eso lo percibe uno muy a tras...

Otro despiste

  Tras mantenerme despierto recurriendo a cantidad de sistemas, todos dentro de la ley, hasta estas horas de la madrugada dominguera, he podido comprobar que, una vez más, mi simpático despiste me la ha jugado. Otra vez. Quería mantenerme despierto para ver en directo la final del torneo de tenis de Miami entre Nadal y el serbio (no acierto a escribir su nombre sin erratas). No sé cómo creí entender que esa final se jugaba a las dos y media a eme de este domingo, pero acabo de comprobar que será este domingo pero a las siete de la tarde. Cojonudo. Me siento un capullo de bandera, como seguramente soy. Y lo pongo por escrito para que, si se me olvidara, alguno de ustedes (de vosotros) me lo recuerden cariñosamente en cualquier momento y con los colores me venga también el coraje para buscar un instrumento de cordura que me sirva para no terminar atrapado por mi propio caos vital. Pero no creo que a estas alturas... Para matar el aburrimiento y calmar el cabreo ha aprovechado para...