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Pequeños demonios

Los padres suelen encontrar en sus hijos el faro de sus vidas. Tal vez por eso hay tanto padre desnortado cuando, al paso del tiempo, sus retoños pierden la luz y se pasan al lado oscuro. Los hay precoces en dicho viraje de rumbo, y con sólo unos añitos se desprenden del aura de querubines y les salen cuernos y rabo, se arman con tridentes y eructan vaharadas flamígeras que huelen a azufre. Se les conoce como pequeños hijos de puta, aunque las madres no siempre participen, al menos de modo activo y consciente, en la maquiavélica conversión, y no sean por tanto merecedoras de tan zahiriente calificativo. Ocupa la habitación contigua a la mía un matrimonio con un pequeño, ya converso, que no cesa de transgredir con sus berridos el límite permitido de decibelios. Habría que multarlo, o quitarle al menos puntos, a descontar, es un poner, de los créditos de su futura carrera, o de su poco probable y también futura paz conyugal. O simplemente, habría que darle dos hostias, por bárbaro y por ...

Novela histórica

Desde mi hotelito en la serranía de Ronda trato de ahuyentar el espíritu incómodo de mi pertinaz alergia. No lo consigo del todo, pero me distraigo leyendo a Mújica Láinez y sus soberbias novelas históricas, plenas de acierto literario y de fidelidad a lo acontecido -de toda la fidelidad que un saber, el histórico, tan escurridizo como propenso a la malicia testimonial permite-, me sumerjo en sus páginas hechiceras y huyo del tiempo, buceo a pulmón en ignotas simas históricas y recupero aconteceres dignos de ser rescatados del olvido de los mostrencos del zapping y la play station. Yo de mayor quiero ser escritor de historia novelada, o novelesca, como Thorton Wilder, o Margarite Yourcenar, o Mika Waltari, o Gore Vidal; o, por supuesto, el mismo Mújica. Una novela histórica debe ser, para ser buena, ante todo una novela bien escrita y no, como sucede a menudo desde que se puso este género de moda, una amalgama de datos y sucesos pasados más o menos hilvanados por una trama de pésima ca...

La lluvia

Como cada Semana Santa, la lluvia ahoga las saetas y anega las calles de mi ciudad. A los visitantes les cae como un jarro de agua fría y habrán de esperar otra vez al año próximo para calentar en la playa los cuerpos maltratados por inacabables noches de parranda. Algunos tronos no podrán salir y los feligreses locales, resignadamente decepcionados, gozarán de todo un año para reponerse del varapalo frecuentando piadosamente la iglesia, el bar, o ambos sacrosantos lugares. Nunca llueve a gusto de todos, dice el tópico, pero aquí el enojo que produce la lluvia semanasantera es un sentimiento generalizado, tal vez lo único en lo que están de acuerdo todos los ciudadanos, de modo que lo que quita en ardor religioso lo pone en concordia democrática. Y todos descontentos.

Cokito

T engo una ratita que se llama Cokito. Es menuda y bonita, con pelo sedoso y sonrisa cantarina de jilguero. Sus ojos luminosos irradian alegría y su mirada es bondadosa y agradecida. Cuando veo la tele ella se acomoda en el sofá, siempre cerca de mí, y mueve sus manitas sin parar, como si estuviese tejiendo. A veces siento un agradable calor y la miro con el rabillo del ojo: ella me está mirando embelesada y amorosa, y yo me siento mejor persona. Soy afortunado de que se haya fijado en mí y de que le guste estar a mi lado. Ella me hace crecer por dentro y me siento seguro cuando estoy a su lado. Su alma es frágil, así que es muy fácil hacerle daño. Entonces, lágrimas de seda resbalan por su bonita mejilla y yo daría media vida por hacerlas desaparecer. Hoy es su cumpleaños y, como soy un desastre, no le he regalado nada. Ella no me lo tendrá en cuenta: me quiere tal como soy. ¡Feliz cumpleaños, Cokito! Gracias por existir, gracias por elegirme, gracias por tu eterna sonrisa. “La muje...

Yo y yo

Los humanos, cuando crees que su crueldad no conoce otros límites que los del hastío que acaba por producirles tanto esfuerzo por hacerse daño, te sorprenden con gestos tan opuestos a lo atroz en el espectro moral que podría pensarse que hay dos personalidades distintas, dos grupos sociales contrarios en el seno de cada persona y de cada sociedad, respectivamente. Y no le faltaría razón a dicho postulado, porque pareciera que alguien depositó en el alma atávica, tanto singular como grupal, del hombre y de sus colectividades, dos semillas diferentes que al germinar otorgaran a un mismo organismo la capacidad para lo mejor y para lo peor. Según el psiquiatra Víktor Frankl, que sufrió durante años la crueldad de un campo de concentración nazi -y la pérdida, a manos de ellos, de su seres más queridos-, un oficial de la Gestapo de afamada crueldad con los prisioneros a su cargo vivió los últimos años de su vida dedicado a procurar el bienestar del pueblo argentino que sin saberlo lo albergó...

La fantasma

El otro día tuve un extraño sueño. Soñé que iba en coche por una revirada carretera de montaña en medio de una bruma que dificultaba la visión. Suaves copos de nieve caían sobre el parabrisas. El coche lo conducía mi amiga, digamos Gema, el nombre no importa. De repente, una curva mal calculada hizo patinar al vehículo, que derrapó y chocó contra el guardabarreras, rompiéndolo y precipitándonos por una pendiente hasta el fondo de un barranco. No sé cuántas vueltas dimos, pero, tras un breve período de inconsciencia, tuve la certeza de que estaba muerto, de que mi nueva realidad, lo que ahora veía y sentía y palpaba, no lo experimentaba como Bvalltu, sino como el fantasma que en que me había convertido en un instante. Curiosamente no sentí miedo, sólo sorpresa y una vaga sensación de alivio: morir, después de todo, no era para tanto. De inmediato me preocupé por Gema, que parecía malherida. Salió ensangrentada del vehículo y comenzó a subir, a trepar más bien, por la escarpada pendient...
Sólo una catástrofe de dimensiones apocalípticas me haría renunciar a dos cosas. Embelesarme con mi lechón-ternero, mi Mae West preferiada y mi Julian Sorel particular sería una. De la otra no me acuerdo. “Sed buenos y pensad en vuestro padres, cabrones”. Recuenco, Luis.