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Entradas

El olvido

Nacemos y morimos en completa soledad. Así ha sido desde que el mundo existe y así habrá de ser hasta que se extinga. Somos apenas una pequeña mota de polvo en el universo, una especie ignorante y engreída que trata de ocultar su miedo intentando creerse neciamente el ombligo de cuanto existe, de lo infinito y de lo eterno, cuando nuestras estrechas mentes ni siquiera tienen capacidad para entender   esos conceptos en toda su extensión. Nuestro limitado entendimiento está condicionado por el espacio y el tiempo de tal modo que no podemos ni siquiera intentar atisbar un concepto que carezca de estas dimensiones, que las desborde o las omita, que exista al margen de ellas. Somos, lo queramos o no, para bien o para mal, espacio y somos tiempo y al igual que el ciego es, en esencia, oscuridad, en la que vive y de la que se nutre y no es capaz, por grande que sea el esfuerzo que haga, de entender qué cosa es un color, de qué está hecho y qué apariencia tiene, y al que debe indefectible...

Preguntas

En los instantes finales de los crepúsculos veraniegos me suele anegar un pesimismo tan agobiante que me entra frío. Al tiempo que la luz solar se apaga con lentitud dejando paso al brillo rutilante de las estrellas todas las preguntas acuden a mi mente y el vértigo que me produce la infinitud de las posibilidades me aturde y me trastorna. La vida, mientras dura, es eterna. El universo, en cambio, tiene fecha de caducidad. ¿Tienen una causa todos los efectos? ¿Por qué siendo plenamente el que ahora soy añoro sin embargo el que fui? ¿Es éticamente correcto envejecer? ¿Son los celos una enfermedad del alma o una deficiencia de carácter de los imbéciles? ¿Por qué los animales nos castigan con un silencio de tan insoportable elocuencia? ¿Es la maldad un fallo de diseño de la bondad? ¿Cuándo presentará el Demonio sus excusas a Dios por haberse atrevido a poner en duda su indudable incapacidad? ¿Pasará la selección de cuartos de una puñetera vez? Y yo qué coño sé. Y lo que es más, ¿a mí ...

Lectores y lecturas

La literatura artística utiliza como materia prima las palabras, y ocurre que las palabras -el lenguaje- son un instrumento de comunicación y de difusión del conocimiento además de un medio de arte. Tenemos así una ‘literatura de conocimiento’ y una ‘literatura de imaginación’, o bien una única literatura con dos dimensiones: una dimensión utilitarista o de uso y una dimensión hedonista o de disfrute. En el primer caso no hay posibilidad de error porque tanto el autor como el lector son conscientes de su finalidad, que no es otra que el incremento del nivel de conocimiento que poseemos y la mejora de nuestra capacidad de pensar y reflexionar sobre los sucesos de la vida. En el segundo caso, la literatura de ficción, la cosa no está tan clara, y tanto el autor como el lector suelen incurrir en errores de bulto a la hora de abordarla. No es infrecuente que algunos autores de ficción intenten colarnos en sus escritos su propia filosofía de vida o doctrinario filosófico. El lector experto ...

Lamento

Entro en una farmacia y oigo un retazo de conversación que despierta mi interés y azuza mi imaginación. Aventuro que son dos amigas que se acaban de encontrar tras un tiempo; cuarentonas. "Hay pocos y la mitad son gays", dice la que despierta mi curiosidad; es maciza, pechugona, sólida. "Así que leo, voy al gimnasio, paseo, en fin, ya sabes". La otra asiente, sabe, o imagina que sabe. La del lamento sereno tiene la mirada hambrienta, ojos suaves de gacela en celo que imagino transformados en sus momentos amargos de soledad impuesta en ojos huraños de perro resabiado, en ojos iracundos de pantera despreciada, en ojos húmedos de cenicienta en eterna espera del portador de su zapato de cristal. Hay pocos y la mitad son gays. ¿Y qué pasa con la otra mitad? ¿Son demasiado exigentes? ¿No les bastan tus curvas algo excesivas pero aún firmes, tu rostro moreno de mejillas arreboladas? ¿Se asustan quizá de tu mirada ansiosa, evidente, sin misterio? Se pierde la habilidad de s...

Hipocresía literaria

Si la tarea de escribir ya es de por sí costosa, agotadora en ocasiones, imaginen si encima el libro alumbrado tras semanas de trabajo creativo fatigoso y absorbente lo firma otro. Es lo que les pasa a los ‘negros’ literarios. Escriben por encargo sobre un tema con un margen de maniobra más o menos   pactado, y su producto final, el libro, se distribuye bajo la autoría de alguien que en ningún momento intervino en su elaboración, o si lo hizo fue sólo para fastidiar. Debe de ser frustrante, ¿no? “Cuánto sabría ese hombre si hubiera leído todo lo que ha escrito”, dice un chascarrillo mordaz pero lleno de certeza, o tal vez sean las palabras de alguna autoridad que desconozco. Y la cara que se le debe de quedar al verdadero autor si el libro se vende bien y los medios no paran de entrevistar –y darle de paso entidad como escritor- a quien se limitó a estampar su firma al pie del manuscrito y bajo cuya apócrifa autoría el libro es adquirido por lectores ingenuos que se creen todo lo que...

José Tomás

Ha vuelto a Las Ventas el torero José Tomás. Sin cámaras de televisión, por expreso deseo suyo. Una manía, una superstición, cualquiera sabe, los toreros, sobre todos los de mayor empaque, son bastante maniáticos, o eso se dice. El caso es que cortó cuatro orejas, dos a cada toro si la aritmética no me traiciona. Salió a hombros por la puerta grande, él que es al parecer tan tímido y le apabullan las multitudes a la par que los elogios. Le vi mala cara mientras era transportado entre baqueteos a su furgoneta. Como si todo aquel clamor le intimidase, le viniese grande o no fuese con él. “¿Qué habré hecho yo para que me zarandeen así?” parecía preguntarse con un gesto compungido en la cara, en la misma situación en la que cualquier otro diestro se fundiría complacido con el fervor del público entregado y compondría un gesto de agradecimiento aunque sólo fuese por deferencia a ese público del que todo torero depende para formar parte de los escogidos para la gloria. Pero Tomás no es a...

Teoría del Caos

Es curioso cómo los humanos inventan sin cesar teorías que expliquen la complejidad de los fenómenos que tienen lugar en el mundo en el que habitan, que les sirvan para simplificarlo, tratar de entenderlo y, algún día, llegar a controlarlo. Una teoría se enuncia por alguna autoridad en la materia (física, química, biológica, humanística) que tras arduos experimentos y fatigosas elucubraciones consigue resumir en una formulita el comportamiento de los fenómenos que fueron el objeto de su obsesiva dedicación durante años. Al principio dicha fórmula es recibida por la comunidad científica con cierto escepticismo e incluso una displicente indiferencia. Con suerte y alguna que otra ayuda, el postulante consigue demostrar que en efecto su teoría sirve para explicar ciertos fenómenos. En tal caso su fama comienza a crecer y sus colegas científicos sienten por él respeto, envidia o ambas cosas. Su nombre empieza a sonar y, si las cosas vienen de cara, se lleva el premio Nobel. Cuando aparece...