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Episodios históricos-Sócrates

Dicen que la cultura europea está fundamentada en las enseñanzas de Sócrates y Jesucristo, aunque ninguno de los dos escribió una sola línea. Picado por la curiosidad, me subí en la máquina del tiempo y establecí las coordenadas espacio-temporales de destino en la Atenas del siglo V a.C.; aparqué en las afueras de la ciudad y me dirigí al ágora, donde según los escritos de sus discípulos solía impartir sus enseñanzas el maestro Sócrates. Distinguí a un grupo de jóvenes sentados en el suelo alrededor de un tipo bajo y regordete, con barba y pelo hirsutos y una enorme nariz aplastada contra un rostro picado de viruela. Conversaban con entusiasmo acerca de cuestiones diversas. Me aposté junto a la columna de un edificio, cerca de donde estaban. -Pero, maestro -graznaba uno de los discípulos estirando el cuello para hacerse oír-, si no sé lo que es el mal, ¿cómo podré evitar causarlo? -¿Por qué crees que no sabes lo que es el mal? -preguntó Sócrates con rostro risueño. Era increíble cómo l...

Episodios Históricos-Primeros agricultores

Como estoy totalmente de acuerdo con Jardiel Poncela cuando dijo que la Historia era la mentira encuadernada, decidí construir una máquina del tiempo para visitar lo que Stephan Zweig llamaría 'momentos estelares de la humanidad' y vivir en persona algunos acontecimientos cuya memoria ha llegado hasta nuestras días inevitablemente alterada por las distorsiones que las personas y el tiempo han provocado sobre la fidelidad de los hechos. Tengan en cuenta que al fin y al cabo soy un extraterrestre, así que los viajes en el tiempo no tienen secretos para mí, excepto cuando son de pago, pero yo siempre trato de evitar los peajes de las dichosas autopistas temporales -algunas cosas son sempiternas- y busco alternativas quizá menos cómodas pero gratuitas, así que una cosa por la otra. De modo que subí a mi máquina y establecí las coordenadas temporales de destino alrededor de la época en que el homo sapiens abandonaba las tareas de caza y recolección de granos y frutos para dedicarse...

El mensajero

Por favor, Irene, no lo hagas. Te lo suplico, no te vayas, no tienes por qué asustarte. No he venido a lo que piensas, no soy ningún monstruo; sólo soy un pobre diablo que no le haría daño a una mosca; vengo a darte un mensaje. Por favor, siéntate y tranquilízate, tengo que hablarte sobre un asunto de extrema importancia. Se trata de tu madre, traigo un mensaje suyo para ti. Si me concedes unos minutos te prometo que luego me marcharé y no volveré a molestarte. ¿Estás mejor? ¿Quieres que vaya a por un vaso de agua? ¿No? Como quieras. Gracias por tu comprensión, ¿cómo? ¡Claro que sí! Faltaría más, ten el número de emergencias marcado en el móvil, pero te juro que no vas a necesitar hacer esa llamada, no soy peligroso, ya te he dicho que sólo soy un pobre diablo, un recadero provisional. Te cuento. Hace unos días conocí a tu madre por casualidad. Nos vimos en el bar del hotel y enseguida simpatizamos, sin malicia, sin intereses ocultos, simple amistad a primera vista, suena raro, ¿verdad...

Pero escribo

Escribo para acordarme de que estoy vivo (porque el día que consigo con esfuerzo rellenar algunas páginas que decido no arrojar a la papelera porque considero que tal vez merecen –ellas, no yo- el regalo de una breve cuarentena tras la cual las releeré quizá con otros ojos, y entonces tal vez decida romperlas, o no, puede que de nuevo las devuelva al cajón donde guardo mis pensamientos errabundos para que sirvan un día lejano como prueba de que en un pasado que coincide con este presente tuve una identidad, fui, de otra forma a como seré entonces, pero sabré que fui, que pensé, que sentí, que escribí para no olvidarme de que estaba vivo.) Escribo porque sin escribir me convierto en lo que soy en mis pesadillas. Camus dijo que todos acabamos teniendo la cara de nuestras verdades. Yo debo de poner esa cara mientras duermo, porque en los sueños no puedo mentirme. Nadie se engaña cuando sueña, porque los sueños son los testigos ocultos de nuestras más íntimas verdades, los intérpretes de...

El ascensor

El escritor se levantó pronto ese día; para variar se duchó, se afeitó y escogió un atuendo que no le sentaba del todo mal. Como remate, se roció con unas gotas de colonia Varón Dandy. Al salir de su apartamento, ubicado en la quinta planta del edificio, coincidió con el banquero y su esposa; él iba al banco y ella a casa de su hermana, madre reciente, para ayudarla con el crío, que no paraba de berrear y ponía a la madre de los nervios. Subieron los tres al ascensor y el escritor no pudo evitar lanzar una mirada encendida a la mujer del banquero, que se ruborizó porque la mirada le recordó la tarde que habían pasado juntos hacía una semana, aprovechando que el banquero debía quedarse hasta tarde en el banco para ajustar unas cuentas –literalmente-. Desde el día que, dos meses atrás, el escritor se ofreció a llevarle las bolsas de la compra tras coincidir en el portal, habían comenzado un lío de pronóstico reservado. El banquero, como todos los cornudos, especialmente si se ganan la ...

Mi tiempo

Las lluviosas mañanas de invierno despiertan mi melancolía en forma de recuerdos perfumados de tristeza. El hecho en sí tal vez no fue triste, pero los años truncan la realidad con la precisión implacable de una segadora mecánica y lo que fue de una manera hoy se me antoja de otra. El ánimo que me envuelve en cada instante matiza mi vida entera de uno u otro color. En cambio los radiantes atardeceres del verano sureño me obligan a mirar hacia el futuro con una esperanza que debe parecerse mucho a la fe que nunca tuve. Veo el mañana con ojos ansiosos y deseo que el tiempo acelere su curso para que la impaciencia por vivir deje de retumbar en mi corazón. Pero me calmo pronto porque sé que el mañana siempre llega, aunque no sea para todos, pero sí para mí, pienso con incongruencia, sí para mí, y descubro que es una súplica que se debe parecer mucho a las oraciones que nunca pronuncié. Las estaciones y los sentimientos se conjuran para alterar sin motivo mis estados de ánimo, mi tornadi...

Perdidos

Nuestras vidas están regidas por el azar, al menos en lo fundamental. No podemos elegir a nuestros padres, ni dónde nacemos, ni qué aspecto vamos a tener, ni siquiera si vamos a ser buenas o malas personas. Si echamos un vistazo a nuestro pasado nos damos cuenta de que la mayoría de los sucesos importantes de nuestra vida han sido fruto de la casualidad. Por eso existe tanta gente trastornada, porque no se resignan a no ser dueñas de sus vidas. Las frustraciones y las neurosis nacen del choque entre nuestros deseos y los designios del destino, en virtud de un proceso mental disparatado que nos lleva a querer modificar locamente el destino en vez de modificar nuestras expectativas. Queremos amoldar el mundo a nuestros caprichos en lugar de marcarnos metas que se adapten a nuestra realidad objetiva. Si, por ejemplo, un señor pretende ser mister universo ha de tener en cuenta que es un requisito indispensable para tal propósito ser alto y guapo. Pero si es bajito y feo y aun así no se b...